El maestro de la fotografía artística y con alto perfil profesional Wifredo García publicó en el primer semestre del año 1981 su libro: Fotografía, un arte para nuestro siglo, en las acogedoras instalaciones culturales de Casa de Teatro, en la Ciudad Colonial. Al acto de puesta en circulación de aquella noche, el maestro García había extendido la invitación formal a todos sus alumnos de la especialidad, tanto del Departamento de Artes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), como los de la Escuela de Arquitectura de la universidad Dr. Pedro Henríquez Ureña (UNPHU). En ambas academias de educación superior había asumido la enseñanza del arte fotográfico en 1979.

Wifredo García, que con justa razón es considerado el padre de la fotografía moderna en el país, llegó a las aulas de la Primada de América cuando esta aperturaba su nueva oferta curricular: Técnicos en Artes Cinematográficas. El Departamento de Artes de la Facultad de Humanidades administraba ese proceso académico que germinó de manera positiva, pues luego de la primera promoción de egresados celebrada el 28 de octubre de 1983, ha continuado su carrera ascendente hasta el presente.

Ese libro, que era su cuarto, tiene y tendrá un concepto plenamente académico, pues en sus páginas el maestro quiso y logró reunir un mesurado volumen de capítulos que facilitaban tanto a noveles como a fotógrafos de cierta experiencia profesional conocer y dominar a ciencia cierta conceptos y criterios técnicos y estéticos de la fotografía fija y en movimiento.

Esa noche de 1981 conocí Casa de Teatro y sentí el calor de sus muros interiores. Realmente circulaba en el lugar una vibra intensa de sabor a libertad creadora y libertad de acción. Ante la presencia abrumadora del público, apareció el anfitrión de aquel caserón colonial, don Freddy Ginebra. Con sus certeras palabras abrazaba a todos los presentes y destacaba la amistad profesional y personal que le dispensaba al maestro Wifredo García.

Ese momento de alta sensibilidad estética pasó a ser mi primer contacto con Casa de Teatro y su creador y fundador don Freddy Ginebra. Para estas notas al viento prefiero nombrarlo de pe a pa: Freddy Danilo Ginebra Giudicelli, su nombre de pila, muy poco conocido hasta por cercanos colaboradores de su intensa labor cultural de más de cincuenta años.

Me alegra sobremanera traerles al presente ese hecho cultural que marcó la trayectoria profesional de tantos jóvenes artistas, para que entre todos —hacedores y receptores del fenómeno cultural dominicano— ubicados en los días finales de la década de los setenta y toda la de los ochenta, valoremos la dimensión de Casa de Teatro en una etapa en que el país no contaba con un Ministerio de Cultura entre sus organismos estatales para auspiciar su desarrollo profesional y posterior proyección artística.

Ese centro cultural fundado en 1974 asumió la responsabilidad, sin compensación económica alguna, de formar y proyectar los talentos del arte dominicano en todas sus manifestaciones estéticas.

Allí había un germen constante de jóvenes, viejos y no tan viejos, de ambos sexos, buscando el amigo, el respaldo moral que les alentara a continuar con sus proyectos en proceso de conceptualización y posterior producción creativa.

Allí podíamos hablar ampliamente de proyectos imposibles de materializar, pero nos reconfortaba la recepción cálida, oportuna y, sobre todo, solidaria de dos o tres de los muchachos que también visitaban la Casa para armarse de valor y convencer a la novia y luego a la familia de que su poesía, novela, música, dibujos, su fotografía, sus pinturas, la danza y el teatro que practicaban afanosamente tenían cierta calidad y futuro ante el país y el mundo.

Estimo, desde una visión externa, totalmente distante de la opinión del duende mayor, que sus expectativas de una casita pequeña y bonita, con paredes de colores, como escribiera e interpretara Víctor José Víctor (Víctor-Vitico), fueron exponencialmente superadas.

Imaginen ustedes, amigos lectores, que a solo meses de inaugurada, en sus paredes sonaron las voces solidarias de Silverio Rodríguez, Mercedes Sosa, Ana Belén y Noel Nicola, como parte del elenco que vino al país a cantarnos solidariamente en Siete días con el pueblo, evento cultural continental celebrado del 25 de noviembre al 1.° de diciembre de 1974.

En los primeros veinte años (1974-1994) de crecimiento de Casa de Teatro, la cultura dominicana recibe un soporte contundente para consolidar su presencia en las manifestaciones estéticas del continente, pues su dinámica funcionalidad facilitaba el ir y venir de una infinidad de artistas y creadores. Bailarines, poetas, narradores, actores, pintores, fotógrafos, cineastas, cantantes, diseñadores y músicos querían ser parte de aquel experimento cultural que, independientemente de la Plaza de la Cultura, surgía como el verdadero Ministerio de Cultura que el país no tenía aún. Sin presupuesto estatal, pero con una férrea voluntad y determinación, los proyectos y eventos culturales de cualquier especialidad estética se hacían realidad en ese reducido espacio físico de la Ciudad Colonial.

Todos querían y solicitaban las modestas instalaciones de Casa de Teatro para presentar sus óperas primas en la especialidad de sus ilusiones plásticas. Lo extremadamente fabuloso de esa insaciable inquietud expresiva por mostrarse con calidad ante el país y el mundo era que Casa de Teatro no coartaba ningún talento por raza, color, abolengo o billeteras. Las ilusiones de un artista en ciernes, establecido era, y continúa siendo, el valor institucional y personal de un proyecto que fundó un hombre amante de la cultura para que los viejos y nuevos de la generación 80 garantizaran la cultura dominicana a los habitantes del siglo XXI. Ese hecho es innegable, y todas sus verdades están conservadas en las fuentes hemerográficas del país.

Como es ampliamente conocido por la sociedad dominicana, para el momento en que Casa de Teatro inicia sus actividades en 1974, los jóvenes artistas del país contaban con la Escuela Nacional de Bellas Artes que, desde el año 1942, impartía docencia habitual para formar talentos en pintura, escultura, dibujo, danza y actuación.

En cierta medida, el Departamento de Artes de la Facultad de Humanidades en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) ofertaba una propuesta académica para formar técnicos en artes publicitarias y profesores para la enseñanza de las manifestaciones artísticas en las aulas del sistema educativo nacional. Ambas propuestas habían calado muy bien en la masa juvenil que salía con su certificado de bachiller y necesitaba un título para empezar a producir recursos para ellos y sus familiares.

Además, la academia mayor del país y del continente poseía dos áreas de experimentación artística que funcionaban al margen del Departamento de Artes: la Dirección de Extensión Cultural y el Movimiento Cultural Universitario (MCU). Semestre tras semestre, la universidad estatal del país concedía una beca de estudios para que jóvenes con vocación artística, además de sus estudios profesionales, pasaran a formar parte de los grupos culturales que representaban la academia en actos oficiales, tanto dentro como fuera del país. Entre estos debemos destacar: el Coro Universitario, la Rondalla Universitaria, el Teatro Universitario, el Ballet Folklórico Universitario, el Cine Cultural Universitario, la Unidad de Expresión Cultural, así como el Taller Literario César Vallejo.

Esa concentración de artistas, luego de agotadas amplias jornadas de experimentación tanto en la Escuela Nacional de Bellas Artes como en la UASD, deseaba de manera urgente ponerse en contacto con un público real, exigente, y en un ambiente de alto nivel profesional. Nada más sagrado para esa prueba de fuego que los distintos escenarios de la vieja casona más activa de la Zona Colonial, cuyas paredes inspiraban y expresaban manifestaciones estéticas todos los días del año: Casa de Teatro.

Triunfar allí confería a los noveles artistas de la generación ochenta la seguridad de su talento y un impulso constante a su consagración profesional.

La generación ochenta y siguientes del país poseen una deuda impagable de cincuenta y dos (52) años con Casa de Teatro y su mentor fundamental don Freddy Ginebra. De manera indudable, los artistas del siglo XX y los recién llegados del siglo XXI saben muy bien que pueden tocar las puertas de la casa marcada con el número 110 en la calle Arzobispo Meriño, de la Ciudad Colonial, porque más que dinero, la solidaridad continúa marcando su fecunda existencia cultural.

Agustín Cortés

Cineasta

Agustín Cortés Robles, nace en Santo Domingo, Capital de la República Dominicana el 23 de julio de 1957. Se graduó de Cineasta el 28 de octubre de 1983 en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, formando parte de la primera promoción universitaria de cineastas del país. Posee una maestría y una especialidad en Educación Superior (2003-2005) de la misma Alma Mater. Es miembro fundador del Colectivo Cultural ¨Generación 80¨ del país. Ocupó la Dirección de la Escuela de Cine, Televisión y Fotografía de la Facultad de Artes (UASD), durante dos periodos: 2008-2011 y 2011-2014. En esa unidad docente, además de Director, fue coordinador de las cátedras Teoría e Investigación Cinematográfica y Técnica Cinematográfica. Actualmente es profesor jubilado de la indicada Institución de Educación Superior.

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