Freddie… pero ¿cuál Freddie? ¿El escultor, el pintor o el alquimista de la materia? Ninguno de los tres: simplemente el artista. El que puede ver lo que otros no ven y transformarlo en obra. El amigo con quien, entre un café y un “hasta luego”, el tiempo se curva como en un agujero de gusano donde ayer y mañana parecen uno solo.

Desde que entré a su taller, invitado por la Fundación Fusión de Carmen Inés Bencosme y la Fundación Igneri del maestro Thimo Pimentel, hubo un clic. No solo se activó la curiosidad por la obra, sino por los procesos: desde el instante en que el artista mira la materia cruda hasta el desenlace final de la pieza. Ese trance al que pocos se atreven y menos aún logran convertir energía en arte.

Pasaron años sin verlo dar un solo golpe. Las visitas eran charlas, experiencias, boberías de la vida. Esa vida que uno intenta dirigir y que termina decidiendo por nosotros. En uno de esos encuentros le confesé mi deseo de verlo trabajar un tronco de cabo a rabo. Y la semilla quedó sembrada.

Una tarde cualquiera llegó un viejo tronco. Había sido banquito durante años de un amigo artista que, al sentir que le llegaba la hora, supo que en manos de un alquimista lo que para otros era desecho podía renacer como obra.

Cabral dudó, pero me llamó. No es fácil crear con alguien observando. Sin embargo, por días las cosas fueron distintas: me limité a oler, mirar, habitar el espacio entre maderas y metales. Sin hablar, conectábamos. Llegué a escucharlo dialogar con la materia, a intuir su próximo gesto.

Recordaba entonces sus palabras: durante el proceso no se piensa, se fluye. La materia habla y transmite el camino.

Con herramientas casi rituales —el mazo de cuarenta años, la gubia afilada— comenzó el desbaste. Horas, días, noches. No era cansancio cuando se detenía, sino espera: el instante justo para torcer o sostener el rumbo. Hombre y tronco parecían pactar cada movimiento.

La cámara no entra como juez ni como testigo frío. Acompaña. Respira al ritmo del gesto. Traduce en luces y sombras el diálogo tácito entre hombre y madera.

Construyo entonces una atención delicada: planos cerrados de la fibra, virutas volando, poros abiertos por la herramienta; otros que integran al escultor como parte del paisaje. El proceso se vuelve el personaje principal. Sin ráfagas innecesarias. Cada golpe, cada lija, cada pausa es un acto de conocimiento. Tallar no es imponer: es intercambiar energías.

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Cabral se dobla en oficio y mirada. Su relación con el material es precisa y respetuosa. La fotografía captura ese instante donde confluyen ciencia, técnica y libertad de invención, dejando cicatrices que se convierten en escritura: la escultura.

La serie evita lo meramente estético. Explora contrastes, ritmo, textura, silencios. Convierte la experiencia en un acto poético donde queda la pregunta: ¿dónde termina la intención del maestro y dónde comienza la voluntad de la materia?

Estas imágenes invitan a mirar despacio. A reconocer el sacrificio detrás de la belleza. A entender cómo gestos efímeros se transforman en permanencia.

Visitar la exposición “Rutas del ADN” del maestro Cabral y la muestra fotográfica “En tiempo real” de Martín Rodríguez en el Museo/Galería Freddie Cabral no es pasar el rato: es una experiencia onírica. Y adquirir una de sus obras es, simplemente, un sueño vuelto realidad.

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@mart_rod

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Martín Rodríguez Amiama

Ingeniero, Magister Administración de Empresas, Artista del Lente reconocido con algunos de los premios más importantes del país. Invito a descubrir lo cotidiano e invisible a través de mis ojos, experimentar la belleza, la complejidad y diversidad de la vida capturada en cada foto.

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