El pasado viernes la aviación nacional perdió a uno de sus principales auspiciadores. Queda en las nuevas generaciones tomar esa antorcha y seguir la misión.
Decir que la aviación es una pasión no logra abarcar el nivel de emociones que la misma genera en sus profesionales y seguidores. La historia más común entre los pilotos de todo el mundo es cómo, desde niños, la aviación fue una pasión que persiguieron toda la vida. El caso de este servidor no es diferente. Es por eso que cada persona que aporta en ese camino hacia cumplir ese sueño deja una huella importante en el profesional que luego vive de la aviación.
En mi caso, como en el de muchos profesionales del sector en República Dominicana, Franklin Polanco fue una de esas personas especiales que aportó un importante granito de arena a mi carrera. Y escribir esta columna, mientras surco los cielos en uno de los aviones más grandes de todo el hemisferio occidental, el Boeing 747-8 (no solo como tripulante, sino como su comandante), me hace reflexionar y recordar a ese joven lleno de sueños que, hace más de 20 años, don Franklin ayudó a encaminar en esa vida de altas y bajas que es la aviación.
Eran ya finales de los 90, y a medida que se acercaba el fin de la secundaria, me preparaba para salir del colegio e iniciar mi vida universitaria. Como joven dominicano de clase media, la aviación resultaba un sueño lejano, y aunque lo llevaba en el corazón desde niño, no veía un camino claro de cómo conseguirlo. En un país donde la aviación civil parecía estancada luego de que EE. UU. había bajado la categoría de seguridad operacional y la única aerolínea de importancia, Dominicana de Aviación, había desaparecido, parecía que la fuerza aérea era el único camino.
Sin embargo, por cosas de la vida no logré ingresar a la academia militar (requisito para ser piloto en la fuerza aérea dominicana), por lo que poco a poco fui abandonando la idea de volar y decidí perseguir mi segundo interés: el derecho. Pero uno de mis más importantes mentores en la aviación, el capitán Pedro Pablo Villanueva, me continuaba animando a perseguir mi sueño de volar, al mismo tiempo que me encontraba en proceso de migración hacia los EE. UU. iniciado por mi padre. Como parte de ese aliento a continuar persiguiendo ese sueño, Villanueva me introdujo a quien en ese momento ya era una leyenda en el sector, don Franklin Polanco.
Don Franklin, desde el primer momento, me impactó como un verdadero “fiebrú” de la aviación, alguien con pasión por el sector y con un corazón enorme dispuesto a ayudar a jóvenes como yo a encontrar la forma de llegar. Una de sus primeras preguntas cuando nos conocimos fue si había volado en un avión pequeño, pues no era lo mismo haber volado en aviones de aerolíneas que en un pequeño avión de aviación general. Nunca me había pasado por mi mente que habría tal diferencia, y al responderle que no, su siguiente pregunta fue si podía estar en el aeropuerto de Herrera al día siguiente temprano en la mañana, pues él me iba a llevar a volar en un avión pequeño, para que de verdad supiéramos si “eso era lo mío o no”.
En aviación llamamos a esto un “discovery flight”, o en español, un vuelo de descubrimiento, en el que la persona es expuesta a la operación de una aeronave pequeña, con la idea de entender si la dinámica de volar ese tipo de aviación es de su agrado (todo piloto inicia en una aeronave pequeña) o si, por temas de nervios o miedo, debe perseguir otro tipo de carrera. Al final, el avión de don Franklin estaba dañado, pero él había hecho las diligencias para enviarme a volar con su buen amigo, don Bobby Delgado. Para mí fue una experiencia mágica, el verme frente a los controles de aquel pequeño avión. Revivió inmediatamente el deseo de volar y el interés de cambiar el derecho por la aviación.
Una vez pasada esa prueba, la siguiente etapa fue buscar cómo y dónde iba a estudiar la carrera. Don Franklin sabía que estaba en proceso de emigrar hacia EE. UU., y como uno de los principales miembros del desaparecido Servicio de Información de la Embajada de los EE. UU. (USIS por sus siglas en inglés) en República Dominicana, él tenía acceso a una que otra información sobre cómo hacerse piloto en ese país. Fue ahí donde descubrí la posibilidad de sacar una licenciatura en ciencias aeronáuticas (algo que desconocía totalmente que existía), y escuché por primera vez de la universidad Embry-Riddle, la más grande y prestigiosa en aviación del mundo, y que luego se convertiría en mi alma mater.
En resumen, don Franklin fue mi guía en mi recorrido entre abandonar mis sueños de aviación y el volver a tenerlo y perseguirlo. Luego de mi mudanza a EE. UU. continuamos en contacto, reencontrándonos años después en ferias de aviación en EE. UU. donde me pedía que contara mi historia a otros pilotos, algunos de los cuales iniciaban también su sueño de volar profesionalmente. Don Franklin fue una inspiración para todos nosotros, un ejemplo de un soñador realizado a través de los logros de los demás, y un fiel creyente en la aviación dominicana y en sus técnicos. Ahora nos toca a los que quedamos seguir su legado, y ayudar a los que vienen detrás a alcanzar sus sueños de volar.
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