Cada generación enfrenta realidades diversas y procesos de socialización diferenciados que determinan su temperamento en las más variadas situaciones de la vida. Y, aunque cuesta admitirlo cuando se es adulto, siempre han existido juegos y prácticas de entretenimiento juvenil que parecieron absurdas a las generaciones anteriores. Es algo humano ver cómo cambian las tendencias en cada época y asumir que las nuevas generaciones, con sus excentricidades, van mal encaminadas.
Todo padre o madre afronta en algún momento esa incertidumbre crítica de cómo reaccionar a lo que hacen sus hijos e hijas. Cada niño, niña, adolescente o joven enfrenta esa incomodidad natural del cuestionamiento o la validación no solicitada de los adultos. Aunque no logro decodificar plenamente todos los componentes del “farmeo de aura”, abordo aquí la interrogante: ¿cómo comprender una práctica generacional nueva sin reducirla inmediatamente a una patología social o una forma de decadencia cultural?
Estas líneas, por tanto, no están pensadas como un ejercicio de paternalismo o condescendencia etaria, sino como una conversación con mis pares para recordarles que una vez también nosotros enfrentamos la incertidumbre generacional. De ahí la mesura al abordar esta práctica lúdica, trasladada desde el mundo de los videojuegos a la vida real, y que hoy convoca a decenas ―si no cientos― de jóvenes en diversas ciudades del mundo a divertirse en unas supuestas “batallas” donde a partir de ciertos movimientos los participantes parecen disputar estatus, identidad y visibilidad social.
No escapa a mi comprensión que realizar movimientos cool para mostrar quién tiene más estilo es algo que siempre hemos visto en múltiples momentos, sin que le hayamos puesto un nombre. Esto puede apreciarse en la simbología detrás del breakdance de las décadas finales del siglo pasado o en el espectáculo de la lucha libre con el que crecimos varias generaciones, si se me permite utilizar el neologismo para calificar movimientos como el “no puedes verme” de John Cena, la cruza de brazos en forma de X de Triple H o la “ceja del pueblo” de La Roca, que forman parte esencial del arsenal escénico.
Estoy consciente de que el breakdance requería técnica y la lucha es guionizada, pero el punto a destacar no es la equivalencia formal, sino la simbología que representan y cómo supusieron un cambio que no fue asimilado con rapidez por las generaciones precedentes. Por eso, no resulta extraño que las batallas de farmeo de aura desaten la incomodidad de quienes las asumen como un ejercicio de imbecilización colectiva o una tendencia decadente contra las buenas costumbres.
Se ignora así la potencialidad socializadora que contienen y cómo ayudan a trazar un puente entre el mundo virtual y el mundo real, al viabilizar una interacción en la que los participantes puedan expresarse cara a cara, aunque sea para grabar contenido. Es, pues, una oportunidad para que esta generación disfrute a su manera de algo que pudimos tener otras: un espacio público para compartir más allá de la escuela y las actividades extracurriculares, para jugar y divertirse sanamente haciendo tonterías que los adultos no entenderemos a cabalidad, pero que no buscan dañar a nadie.
Sin embargo, coincido en que el farmeo de aura no está exento de los riesgos habituales que enfrenta toda dinámica de grupo, en la que el talento, las capacidades y la sinergia pueden ser indispensables para encajar, y el miedo a hacer el ridículo opera como presión psicológica. Pero eso no es razón suficiente para su rechazo. La socialización humana opera inevitablemente sobre diferencias de capacidades, intereses y talentos que hacen de cada quien un ser único e irrepetible. Esas potencialidades diferenciadas son las que terminan por viabilizar las diversas dinámicas de grupo y las integraciones distintivas, que van desde la amistad hasta la escogencia de un oficio o una profesión.
De ahí que sería absurdo cuestionar esta nueva experiencia de socialización por algo que es consustancial a toda socialización humana. Esto no supone pasividad ni resignación. Necesitamos seguir creando las condiciones para interacciones complejas que permitan a cada persona ―en ejercicio del libre desarrollo de la personalidad― encontrar su lugar en el mundo sin que las condiciones de los otros la opaquen o la hagan sentir inferior; enseñar a valorarse a sí misma, a respetar a los otros y a esforzarse cada día por ser su mejor versión sin sucumbir a la presión ajena (resiliencia).
Acostumbrados como estamos los adultos a competencias de contacto (como el boxeo), de destrezas físicas (como el béisbol, el fútbol o el voleibol), de habilidad intelectual (como el ajedrez), de coordinación motora (como el baile) y otras tantas formas de competencia que exigen un despliegue riguroso de talento y disciplina, es entendible que algo tan evanescente como las batallas de farmear aura nos parezca un sinsentido, cuando no una degradación de la inteligencia colectiva o una absurda moda pasajera que desaparecerá tan pronto aparezca otro reto viral.
No me malinterpreten: en mi propia casa, mis hijos de 17 y 12 años consideran el farmeo de aura una tontería; pero cuando veo a otros jóvenes divertirse en el espacio público, no puedo evitar recordar mi propia niñez. La diferencia fundamental es que lo que nosotros hacíamos ―correr, saltar, inventar juegos sin sentido― no quedaba grabado en ningún soporte duradero; solo en la memoria de los presentes. Hoy, cada gesto puede ser eternizado y viralizado a través de las redes sociales.
Pero ―y esto es quizá lo verdaderamente importante― son ellos, los niños, niñas, adolescentes y jóvenes, quienes dotan de sentido esa práctica y resignifican el espacio público en el que interactúan. Por eso, en vez de criticar o cuestionar con juicios de valor altisonantes, sería más conveniente promover más actividades lúdicas que ayuden a las nuevas generaciones a complementar la presencia virtual con la necesaria socialización del entretenimiento en el mundo real.
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