Lo primero que preciso decir es que de quien hablo, como dice Silvio Rodríguez, no es un hombre común; mejor prefiero hablarle de un espécimen humano cuya mejor identidad es la de un carpintero del amor y de profunda sensibilidad para con sus gentes. Hablo también de un pequeño gigante de la bondad, forjado en la fragua de la generación del 42, donde cada fibra del honor se tejió en el calor solidario y fundido en un amor eterno para sus congéneres.

Rijo Ortega fue un hombre de etiqueta pueblerina, desde cuando su pueblo, en los 60, cuajaba el amor en el sonido de las velloneras, cuando allá, profundamente en la lontananza, se escabullía un silbido romántico de son, bolero y guaguancó que, en el tiempo, abraza la simbología del Bonao del ayer y el paso tuntún de los bohemios contertulios de las madrugadas, en las que unos trinos del conjunto de escalas cromáticas o las primas de guitarras serenateras recogían las penas de unos amores perdidos o, quizás, el propio despertar de otros encontrados, pero, en sí, catarsis de la esperanza perdida de un pueblo que ahogaba sus agonías en sus bohemias nocturnales que, en las penumbras de las noches, rumiaban lo que en el día su sitio sufría.

Al mirar el balance de los vivos, la sorpresa se me fue contigo. Y ahora, contando el pasado de aquellos días, y teniendo alas para volar en solitario, te recuerdo cuando por todos emprendiste soportado por tus aleteos y sin descuidar la simetría triangular de las manadas que rompen el aire de la soledad y, al sentir tu imponente gloria de tu solidaridad, siempre pienso en el pan que, a flor de entrega, llevabas para mitigar el hambre de tus pares, ya vecinos, ya familia, ya cualesquiera transeúntes, por quienes en paz tu vida no dormía, llevando tus ofrendas a sus manos y espantando hambres de tu pueblo que, de aires y espasmos, sus vientres les dolían, mientras soñaba que sus andorgas carentes de migajas y la propia escasez de las comidas retumbaban con fuertes aullidos y gruñidos los estómagos que gemían persiguiendo la esperanza a cambio de mitigar sus agonías.

¡Cuidado, no hagan escándalos!, ¡que anoche, como todas las noches, se acostó con sus ojos despiertos sin poder cerrar los párpados, casi en espera de las próximas madrugadas para levantar vuelo a cazar comidas para sus comensales de su Bonaire, que bajo el rocío de las madrugadas perseguían las viandas que en sus fogones para tertuliantes preparaba! ¡Cuidado, te dije, que no hagas bulla…, que lo despiertas de su camino de nuevo peregrino que, durmiendo, ha salido detrás de su nuevo camino!

¡Caramba! ¿Y ahora qué hago? Ahora suena el A-8 de la Bonaire y de su vellonera sale, como un silbido de espanto, la voz de Bienvenido Granda y que, con su Percal, también despertará a Prieto Ortega, que ahora también duerme el descanso del danzón que otrora bailaba con su Gladys al ritmo de pasos estirados y con zapatos de stilettos o tacón de aguja, y que no quiero que también se despierte a coger la pista con su cadencia de puntillas y ritmos que a la vida dibuja.

¡Y no desesperes, Rijo!, que si la Gloria se logra con bienes al prójimo, ellos estarían inscritos en las cartillas de San Pedro en varios tomos y esperando por ti para cruzar contigo en las monturas celestiales, en las zancas de sus lomos. ¿Y viste, Rijo, tu sarcófago? ¡Que te sirvió como el traje de la Logia!, que no hubo que martillarlo para entrar silente al camposanto en compás de los que fueron tus juramentos odfélicos de llenar de obras tu ejercicio de vida de 84 abriles y, sin lamentos, cuando los seres de tu guarda el amor dejaron cerrados y su corazón tapado cuando trataste de tocarlos. ¡No importa, Rijo, aquí estamos los vivos, y no nos duelen las puyas de las jeringas de las insulinas; simplemente nos duele tu dolor de dejarnos sin ti cuando el cálculo de tu longevidad quebró el instinto de tu sorpresa de irte a destiempo con tantas vidas pendientes.

¡Y así mismo, no te vayas, quédate! ¡A ti nadie te mandó a marcharte creyendo que te irías!, y sin saber que en Bonao tu impronta tenías. Y mira cómo era: una simple casona con olor a tablas de costaneras, pero cubierta por el lienzo de la inmortalidad que por siempre te espera. Y aquí me confundo; no sé cómo mejor la historia cotidiana te recordará: si como Rijo Bonaire, ejemplar padre, consejero de los afligidos, duende de la bondad, correcamino de itinerante huésped que se paseaba por los calderos de la abadía Orteguiana a probar si en sus anafes de carbón o leñas los gatos no dormían por falta de ofrendas… Y como le dijo Luna al sacerdote que la ungió en su frente de niña confundida con la vida o la muerte, o si la última es sueño o la otra es partida: «¡Padre, Rijo murió y se fue para el cielo!», o como pregunta su compinche Andy, su biznieto de 3 años: «¿Y dónde está Rijo?», en su lenguaje balbuceante, «que no lo veo. ¡Quiero jugar con él con mi espadachín de coores —en su jerga infantil— verdes!». «Ve, Caolín —su madre—, búscalo que aquí su chilla está vachía…». Y la otra, Luna, de las proles de su Maritza Ortega y cuatro años, en sus oraciones de acostarse, aún dice: «Oremos por esta noche mala». «¿Y por qué mala, mami?». «Porque Rijo se fue con Papá Dios, y yo lo amaba, y lo voy a extrañar».

Y os dijo de despedida inicial, porque presiento que estarás vivo hasta que el mundo muera y, según la espera final, estaremos juntos hasta que la propia vida deje de respirar. Pero nada, Rijo; si acaso se ha ido algo de ti, no será nuestro recuerdo eterno, y no solo por mí, sino por tu siembra que por siempre germina en el reciclaje de tu nombre que hoy, simplemente, se monta en el carrusel de los inmortales que formaron las trovas del Bonao del ayer. Y te digo una cosa en silencio, de oído a oído: ¿me escuchas? Tus hijos, desde Félix, Alex, Dinorah, Ely y Maribel, este o aquel, deberán montarte la guardia por siempre honrando tu nombre sin dividir jamás tu gloria y candor, aquel que forjaste a sangre, fuego y sudor para legarles tu estirpe que relucirá por siempre como un hechizo de honor. ¡En paz descanses hasta que vuelvas a buscar tu vida, al declararte en eterno celibato, solo en espera de tu Maritza Abreu, que grifas te ponía el alma cuando a leguas recordabas en tu calma su calor y aquellos días de bohemio soñador! ¡Adiós, Rijo Ortega!

José Lino Martínez Reyes

Abogado

Politólogo, abogado, docente en asuntos políticos y electoral. Y Magister en Estudios Políticos y Electoral.

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