Hace algún tiempo que no abordo temas filosófico-teológicos, pero el Arquitecto George Latour, mi amigo desde los años de la secundaria, publicó un artículo reflexionando sobre el famoso concepto de Nietzsche: “Dios está muerto y lo matamos nosotros”. Estuvimos luego conversando sobre el tema y decidí exponer lo que desde hace años he venido planteando.
Normalmente los miembros de las religiones se constituyen en dos grupos, uno incluye: los buenos, más fieles, perseverantes, ortodoxos, correctos, practicantes e incluso los fanáticos. El otro estaría conformado por: los deficientes, inconstantes, diferentes, críticos, rebeldes, herejes o pecadores.
Actualmente se habla mucho de tolerancia, y en ocasiones, sólo aludiendo a los miembros de la comunidad LGBTI. Sin embargo, tolerancia supone aceptación de todo aquel que sea diferente, la madurez para escucharlo, intentar entenderlo y buscar puntos de convivencia armónica. Solemos estar convencidos de que nuestro deber es condenarlos, pese a que el maestro nos enseñó que no debemos juzgar a los demás.
Nos sentimos más cómodos con aquellos que no nos cuestionan, que siempre nos dan la razón, pero eso podría impedir nuestro crecimiento.
Los líderes, especialmente los religiosos, no se sienten cómodos con los críticos, contestatarios o rebeldes. Además, por “el deber que tienen de proteger las ovejas”, procurarán apartarlos en la medida de lo posible (para evitar problemas). Ciertamente es su trabajo, pero también podría llevarlos a cerrarse al diálogo con las circunstancias normalmente cambiantes.
Es más simple mandar a callar al que dice algo nuevo o diferente, que escucharlo y analizarlo. Esa conducta supone una rigidez que impide la adaptación a los nuevos retos, y toda inadaptación termina obstaculizando la evolución.
En el caso de las religiones abrahámicas, el lenguaje del Antiguo Testamento tiene más de dos mil años de antigüedad y algunos de cuyos conceptos hoy resultan difíciles de aceptar, pero que se enseñan a recibir sin cuestionamientos.
A manera de ejemplo, en múltiples pasajes bíblicos se señala algún pueblo vecino, quienes tienen “dioses enemigos” (visión politeísta), por lo que nuestro dios está celoso y desea que su pueblo los combata con su ayuda, que permitirá masacrar a todo ser viviente de ese pueblo, como sacrificio agradable para él. Es lo que en las traducciones bíblicas hebreas se denomina como herem y en las griegas como anatema. (Deuteronomio 20:16–18, Josué 6:17–21 y 1 Samuel 15:2–3).
Se requiere una reingeniería de la semántica religiosa de manera que lo que ahora parece irracional pueda entenderse, porque en la medida en que la humanidad se hace más pensante, el discurso religioso presenta una mayor necesidad de adecuarse. Es posible ser científico y tener fe al mismo tiempo.
A muchos intelectuales, les puede resultar difícil conformarse con el lenguaje religioso vigente y no tendría que ser así, porque la esencia de las religiones es demasiado valiosa para que no tengamos la capacidad de transmitirla adecuadamente.
Algunos creen que es peligroso analizar lo sagrado o divino, por una especie de miedo a perder la fe. Siempre podrá haber misterios, pero nunca incoherencias. La verdadera fe no le tiene ningún temor a la ciencia. No tiene sentido que Dios te pidiera que no pienses, siendo el don mayor que te regaló.
A un joven latinoamericano actual decirle que Jesús es la vid y nosotros los sarmientos, que es nuestro pastor o que hay que ser santo, podría no significarle nada. Mensajes como: conviértete, pon la otra mejilla, dale todo lo tuyo a los pobres y sácate un ojo si te hace pecar, ameritan mejores explicaciones.
Existen menos conflictos porque la mayoría de los cristianos no estudia la Biblia y cuando sí lo hace, tiende a memorizar y a repetir sin pensar. Los ejemplos bíblicos son de pastores, pescadores, mercaderes y sacerdotes, pero el mundo ha cambiado, y no es más sagrado el trabajo del pastor que el del maestro o del médico.
No, Dios, no ha muerto. Pero un lenguaje que se mantiene intocable durante miles de años sí puede morir, no por ser falso sino por no adecuarse al mundo presente. Es posible –y necesario– también hablar de Dios con el lenguaje de la ciencia y la tecnología actual.
Cuando Jesús dijo “mi palabra no pasará”, no se refería a las palabras arameas exactas que pronunció y probablemente ni conocemos, sino a su significado que otros tradujeron para nosotros. Los fariseos representan a aquellos que proponen la aceptación de la palabra sin cuestionar y rechazan el análisis inteligente y crítico. Sugiero revisar los argumentos farisaicos en los evangelios.
Las sagradas escrituras son llamadas “palabra viva” por su capacidad de acompañar al hombre a lo largo de su existencia, no por quedarse en el pasado. No podemos pensar que Dios vivió hace muchos siglos, en el medio oriente y que ahora solamente nos resta hacer bellos recordatorios o tratar de visitar su supuesto sepulcro. Según su palabra, sigue vivo y junto a nosotros, aunque como decía Nietzsche, insistimos en matarlo.
Referencias:
Bellah, R. N. (2011). Religion in human evolution: From the Paleolithic to the Axial Age. Harvard University Press.
Berger, P. L. (1999). The desecularization of the world: Resurgent religion and world politics. Wm. B. Eerdmans.
Taylor, C. (2007). A secular age. Harvard University Press.
Ricoeur, P. (1970). Freud and philosophy: An essay on interpretation. Yale University Press.
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