"Esto se jodió", "este país es de los ricos", "que se salve el que pueda", "yo no creo en político", "el que cree en político no cree en Dios", "esto solo lo arregla Dios". Estas son, lamentablemente, las expresiones más frecuentes que escucho de los estudiantes cuando propongo discutir temas políticos.
Por otro lado, el conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán, la inestabilidad política en Medio Oriente, la intervención de Rusia en Ucrania, las dificultades económicas globales, el auge del militarismo y la ultraderecha ponen en evidencia el deterioro del orden político global y el creciente pesimismo político de los dominicanos.
En ese sentido, vamos a sostener que el deterioro del orden político internacional y la crisis nacional actual están configurando una compleja subjetividad política en los dominicanos caracterizada por el auge del pesimismo (el fin de las ilusiones), el fundamentalismo y el individualismo.
Sin embargo, debemos comprender que este malestar político se viene configurando desde hace varias décadas. A nivel internacional, para finales de los años setenta, el filósofo francés Jean François Lyotard, en su texto La condición posmoderna, anunciaba el nuevo escenario ideológico que va a predominar en nuestra época, caracterizado por el fin de las ilusiones, de los grandes relatos y utopías que le dieron sentido a la política.
Lyotard, como buen heredero de Nietzsche, advirtió el fin de las ideologías seculares modernas que prometían la salvación universal, como el socialismo marxista y el liberalismo político. Pero a diferencia de Nietzsche, las sospechas del autor no hicieron esperar. A finales de los ochenta se produjo la caída del Muro de Berlín y el colapso del socialismo real en Europa Oriental.
En la década del setenta vivimos el auge de la democracia neoliberal. Sin embargo, ya a finales de los noventa presenciamos la erosión de la democracia y el apogeo de una segunda ola de gobiernos populistas en Latinoamérica. Los casos de Fujimori en Perú y Chávez en Venezuela, y ya sabemos cómo ambas experiencias han terminado.
Del optimismo de la globalización económica de los noventa, con la crisis financiera del 2008, las grandes desigualdades económicas, la crisis fiscal de los Estados, la presión migratoria y el auge del nacionalismo, transitamos a un profundo pesimismo sobre la bonanza del capitalismo global desregulado. En el 2016, mediante un plebiscito, Gran Bretaña decidió salir de la Comunidad Europea y Donald Trump ganó su primera elección en los Estados Unidos, criticando las consecuencias económicas de la globalización y la migración.
En la década del noventa, con la revolución de la tecnología de la comunicación, nació también la ilusión de la democratización de la comunicación. Sin embargo, actualmente, con el poder de los algoritmos, las burbujas informacionales y la inteligencia artificial (IA), transitamos hacia un deterioro de la opinión pública: la subjetividad política de los ciudadanos ya no se construye a través del debate y opiniones bien informadas y documentadas, sino por la reafirmación de prejuicios, odios y manipulación de imágenes e información en contra de los otros que piensan y actúan diferente.
En el marco de este generalizado pesimismo, de un sentido de derrumbe y falta de ilusiones políticas, se ha producido la incorporación de nuevas formas de fundamentalismo religioso y nacionalista en la subjetividad política, como un intento de construir certezas y seguridad en un mundo social incierto, lleno de incertidumbres y precariedades exacerbadas por las plataformas digitales.
El desencanto de la política nos ha llevado también a buscar la vida buena en un nuevo individualismo que llama a desinteresarse de la esfera pública y refugiarse en la esfera privada. Por tanto, no sorprende que la propuesta de la psicopolítica de Byung-Chul Han haya adquirido tanta popularidad.
En ese sentido, ha adquirido gran popularidad el nuevo personaje del individuo meritocrático, muy característico de la aristocracia tradicional, la élite política, empresarial y la clase media alta, que procuran mantener su estructura de privilegios renegando de la esfera pública y refugiándose en sus actividades privadas.
En la República Dominicana, además de la crisis de las grandes ideologías políticas, agravadas por la caída del Muro de Berlín, la desaparición del socialismo real y los espejos de Cuba y Venezuela en la región, se agregan también las persistentes desigualdades estructurales.
Sin lugar a dudas, en la sociedad dominicana se han creado las condiciones objetivas para que se instale en la subjetividad política de los dominicanos un sentimiento generalizado de pesimismo y frustración sobre el futuro político dominicano.
Sin embargo, el pesimismo necesariamente no debería llevarnos a un fundamentalismo de los valores ni a un individualismo que niegue la participación política, sino a construir una nueva forma de hacer política más realista, modesta y contextualizada. Existen ejemplos en la sociedad dominicana de buenas prácticas políticas, como son los casos de la Cementera, las luchas por el 4 % a la Educación, el Movimiento Marcha Verde y la Plaza de la Bandera, en favor del medio ambiente y en contra de la corrupción y el fraude electoral.
La subjetividad política del dominicano, es decir, el sentido de la participación política, ya no puede construirse como hace un segmento de la izquierda, apelando a la ideología de la "revolución", "del derrumbe del capitalismo", "la conciencia de clases", "la estatización de la sociedad" y "la llegada del socialismo". Tampoco como hacen los discursos de la derecha, que fundamentan la política en la bonanza económica, en datos estadísticos del crecimiento económico que son amplificados y bombardeados por los medios de comunicación, pero que muchas veces esconden las grandes desigualdades y vulnerabilidades estructurales del pueblo dominicano.
La subjetividad política de los ciudadanos y los movimientos sociales del país debe estar relacionada con las crisis coyunturales e inmediatas que nos afectan: la crisis ambientalista, ecologista, la desigualdad de género, de edad, los derechos humanos, la política identitaria de las minorías culturales y, como ha demostrado la socióloga Dilenia Medina en su libro Las protestas sociales en la República Dominicana, a partir de las deficiencias de los servicios públicos del Estado dominicano.
En el contexto de la crisis actual en la que vivimos, la política debe adquirir sentido e interpelar a los ciudadanos a partir de demandas puntuales que impacten la calidad de vida de los dominicanos. De lo contrario, este pesimismo —el "esto se jodió"— y los nuevos fundamentalismos que caracterizan la subjetividad política del dominicano se volcarán hacia figuras "mesiánicas" y "líderes autoritarios". Detener o revertir esta tendencia depende de nosotros.
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