Cuesta admitir que el patriarcado no haya existido desde siempre. Sin embargo, incluso algunas teóricas del feminismo decolo nial han reconocido que en antiguas comunidades precolombinas existieron costumbres patriarcales, aunque de baja densidad. Esa admisión me parece una muestra de sensatez teórica, porque permite evitar una explicación única y totalizante según la cual todo, absolutamente todo, habría sido producido por la colonización y la conquista de América. La dominación colonial profundizó, reorganizó y racializó múltiples jerarquías, sin duda; pero de ahí no se sigue que antes de ella no existieran ya formas de subordinación de las mujeres.

Durante mucho tiempo, ciertas huellas de centralidad femenina en viejos órdenes sociales, sobre todo allí donde la filiación se transmitía por línea materna, llevaron a pensar que esas sociedades matrilineales eran también sociedades matriarcales. Pero no es lo mismo matrilinealidad que matriarcado. La primera se refiere a una forma de descendencia y organización del parentesco; la segunda implicaría una estructura de poder efectivamente regida por mujeres. La distinción no es menor. A mi juicio, muchas discusiones feministas y antropológicas se han polarizado en torno a estas dos posiciones: una que sostiene la existencia histórica del matriarcado y otra, a la que me adhiero, que rechaza esa identificación apresurada entre matrilinealidad y dominio femenino. Eso no obliga, sin embargo, a negar que hayan existido grupos humanos en los que las mujeres ocuparon lugares decisivos, influyentes y civilizatorios desde los inicios de la organización social.

Lo que sí parece históricamente verificable es que, hasta hoy, la fuerza del pensamiento y de la acción masculinos, por causas múltiples bien estudiadas por la teoría de género, impidió o limitó gravemente el desarrollo de la participación femenina en la esfera del pensamiento abstracto, de la legitimidad discursiva y de la producción de cultura. A las mujeres se las confinó al espacio de las actividades biológicas y de cuidado, incluso cuando muchas de ellas fueron agricultoras, recolectoras, sanadoras, transmisoras de saberes prácticos, guardianas de memorias comunitarias y portadoras de conocimientos que luego serían despreciados o rebautizados bajo nombres masculinos de prestigio. En no pocos casos, la mujer conocía, curaba, interpretaba y organizaba; pero no se le reconocía el derecho de convertir ese saber en logos legítimo.

No se trata, por supuesto, de un cogito explícito ni de una tesis escrita por un solo filósofo. Se trata del cogito efectivo del patriarcado, de su presupuesto silencioso, de la lógica no dicha que ha atravesado instituciones, religiones, costumbres, ciencias y filosofías.

Todo esto me lleva a pensar que el modo dominante de abordar el mundo, desde el inicio de lo humanamente organizado, ha operado a partir de un cogito universal implícito, no formulado abiertamente como tesis filosófica, pero sí actuante como estructura de civilización: la mujer ha sido identificada con la esclava, la naturaleza y la Otra; el hombre, con el amo, el sujeto y la cultura. Quien haya seguido mis reflexiones sabe que aquí sigo una intuición fundamental de Simone de Beauvoir cuando, en diálogo con Hegel, aplica la dialéctica del amo y del esclavo a la relación entre los sexos, mostrando hasta qué punto la mujer fue constituida como alteridad subordinada y no como sujeto pleno. Beauvoir vio con claridad que la mujer no fue simplemente oprimida desde fuera, sino también definida simbólicamente desde un orden en el que lo masculino se arrogó la universalidad, mientras lo femenino quedó reducido a particularidad, cuerpo, reproducción, inmanencia.

Es verdad que las mujeres hemos avanzado de manera inmensa en nuestra participación fuera de la esfera privada. Hemos irrumpido en la educación, en la política, en las profesiones, en la producción cultural y en la vida pública en general. Pero el ámbito del pensamiento, de la legitimación filosófica, de la autoridad intelectual, sigue siendo especialmente resistente a reconocer plenamente nuestras capacidades. A una mujer todavía se le tolera más fácilmente que trabaje que piense con autoridad; más que enseñe, que funde categorías; más que opine, que produzca teoría. El viejo privilegio masculino no ha desaparecido: se ha sofisticado.

Y no debería sorprendernos del todo. Desde los inicios de la filosofía occidental, el acceso femenino al logos fue problemático. Aristóteles es, en este punto, una referencia inevitable, porque su filosofía natural y política consolidó una jerarquización de los sexos que pesó durante siglos. En Platón la cuestión es más compleja y admite lecturas distintas, pues junto a pasajes claramente marcados por el horizonte griego de su tiempo, también hay momentos en que abre una posibilidad mayor para la formación de las mujeres, al menos en el marco de la ciudad ideal. Por eso conviene no nivelarlos sin matices. Pero, aun con diferencias, el saldo histórico es contundente: la tradición filosófica se constituyó en gran medida desde un universal masculino que hablaba como si hablara por toda la humanidad.

Aquí es donde me parece útil introducir, con cierta libertad crítica, la idea de los “cogitos”. El cogito cartesiano, en sentido estricto, no dice simplemente “pienso, luego existo” como una frase psicológica. En Descartes, el cogito es la certeza fundante del sujeto pensante: mientras dudo, pienso; y mientras pienso, no puedo negar que soy. Es el momento en que el yo se afirma como indudable ante la crisis del conocimiento. Ese gesto inaugura una modernidad filosófica centrada en el sujeto.

En Sartre, sin embargo, ya no estamos exactamente ante el mismo cogito. Sartre no se limita a repetir el “pienso, luego existo”. Más bien radicaliza la conciencia como presencia inmediata a sí misma, pero sin convertirla en sustancia cerrada. Su cogito no es una cosa pensante al modo cartesiano, sino una conciencia intencional, vacía de contenido propio, que existe siempre dirigida hacia el mundo. Por eso, si quisiéramos condensarlo muy libremente, habría que decir no “pienso y existo”, sino algo más cercano a esto: hay conciencia de mundo y, en esa apertura, hay existencia. El cogito sartreano es prerreflexivo antes que sustancialista.

En Heidegger la matización debe ser todavía mayor. Hablar de un “cogito heideggeriano” puede ser útil en un texto periodístico solo si se aclara que, en rigor, Heidegger no propone otro cogito, sino más bien una crítica del sujeto moderno como fundamento absoluto. Su pregunta no parte del “yo pienso”, sino del ser del ente que nosotros mismos somos, el Dasein, entendido como ser-en-el-mundo. Heidegger no es postmoderno en sentido estricto; es anterior a la llamada posmodernidad y, más bien, uno de los pensadores decisivos para la crisis de la subjetividad moderna. Si se le va a incluir en esta serie, habría que decir que con él el pensamiento ya no se organiza en torno al yo, sino en torno a la existencia situada, finita y arrojada.

Precisamente por eso creo que puede proponerse, con intención crítica y política, un cuarto cogito, más antiguo que todos los formulados por la filosofía moderna y, a la vez, más persistente que ellos: eres mujer, luego no existes. No se trata, por supuesto, de un cogito explícito ni de una tesis escrita por un solo filósofo. Se trata del cogito efectivo del patriarcado, de su presupuesto silencioso, de la lógica no dicha que ha atravesado instituciones, religiones, costumbres, ciencias y filosofías. Un cogito histórico según el cual la mujer podía estar presente físicamente, trabajar, parir, cuidar, sostener, intuir, crear, sufrir y hasta civilizar, pero sin acceder plenamente al rango de sujeto universal del pensamiento.

Vuelvo, pues, a una frase que escribí hace años en un periódico feminista del CIPAF, bajo la dirección de Magaly Pineda, pionera mayor del feminismo dominicano, hoy inmortalizada en nuestra memoria colectiva: “Soy mujer, luego no existo”. La retomo ahora no como simple evocación, sino como la formulación más descarnada de una verdad histórica. Porque la civilización patriarcal ha funcionado durante siglos sobre ese supuesto infame: que la mujer puede vivir, trabajar, parir, cuidar, sostener, inspirar y acompañar, pero no existir plenamente como sujeto del pensamiento y de la historia. Ese ha sido su cogito secreto. Eres mujer, luego no existes. No existes en el canon, no existes en la autoridad del concepto, no existes en la universalidad del logos. Y precisamente por eso hay que decirlo, escribirlo y combatirlo. Porque cada vez que una mujer piensa con rigor, habla con autoridad, crea mundo y produce sentido, desmiente el más antiguo de los prejuicios filosóficos y derrumba, piedra por piedra, la ontología del patriarcado.