Cuentan las tradiciones, desde por lo menos la época del antiguo Egipto, que uno deja realmente de vivir cuando su nombre es pronunciado por última vez.
El pasado noviembre estuve en Buffalo para ver a Josh Allen y los Buffalo Bills derrotar a Patrick Mahomes y sus Kansas City Chiefs en Highmark Stadium. La experiencia en el estadio fue en sí misma mágica y fantástica, no tan solo por ser la última temporada del estadio, sino también porque la afabilidad de todo el que se encontraba allí era palpable. Al parecer, todos estaban muy al tanto de que estábamos participando en una prolongada despedida a un estadio que durante décadas ha marcado el ritmo social y emocional de una comunidad.
Ya luego de pasada la euforia del juego y la ceremonia humana de la comunidad compartida en una actividad multitudinaria, decidimos hacer un poco de turismo interno y visitar algunos de los pueblos circundantes y disfrutar de sus atracciones. Los pingüinos en el acuario de Niagara, a las cataratas fuimos antes del juego y fue lo mejor, porque esa experiencia en sí es sobrecogedora; el Naval Park en Buffalo City el cual fuimos a visitar en medio de una tormenta, solo para darnos cuenta de que había cerrado el día anterior; la casa de inauguración del mandato de Teddy Roosevelt donde este se tuvo que juramentar de emergencia luego del asesinato del presidente McKinley, y una pequeña librería dedicada a la venta de libros viejos y usados, Old Editions Book Shop & Gallery en Tonawanda.
Tenía muchas ganas de ir allí ya que andaba buscando unos cuantos libros en específico, de los cuales encontré algunos, y otros me encontraron a mi. Pero sin entrar en detalles sobre lo mágico de entrar a un lugar que huele a libros, pero no a libros nuevos, como algunas librerías grandes con luces claras y un sentido de la estética bastante higienizado, sino una de esas librerías que al entrar te transmiten el peso de la historia, de las que me hacen un llamado instantáneo a mi niñez allá en Amantes de la Luz en Santiago.
En esta, luego de dejarme perder por un buen rato entre los miles de tomos y aceptar la triste realidad de que tenía que limitar los libros que me podía llevar por temas de espacio y peso, encontré uno de los libros que andaba buscando: The Influence of Sea Power Upon History 1660-1783 de Alfred Thayer Mahan, una edición de 1970 en perfectas condiciones. Pero al margen, una vez más, de lo que el libro en sí es, que ya es de por sí un hallazgo y un pilar fundamental de la geopolítica, hubo algo que solo noté al volver a casa, y de lo que en realidad quiero hablar. El libro tiene un sello tipo escudo nobiliario con tres bueyes en su centro que arriba lee EX LIBRIS, abajo EXPLORATE EXPLICO y debajo el nombre de su anterior propietario, Carel J. van Oss.
Las palabras en latín se traducen, más o menos en “De la biblioteca de…” y “Explorad y explica”. Alguien que tenga un mejor entendimiento de los usos particulares del latín pudiese dar una mejor traducción, pero para los fines basta con saber que la intención es enunciativa sobre la pertenencia y la intención.
Pero lo que me llamó a curiosidad era el nombre, quién es, o era, Carel J. Van Oss. Así que hice lo que toda persona curiosa ha hecho desde mediados de los 90s, y me adentré en el internet a googlear su nombre, encontrándome con una interesantísima historia que procedo a compartir.
Carel Jan van Oss nació en Países Bajos en 1923 y a los 18 años se unió a la Resistencia neerlandesa trabajando en la falsificación de documentos y fabricando más de 900 identidades falsas para que judíos neerlandeses pudiesen escapar de los nazis a través de Suiza. Además, ayudó a que docenas de pilotos aliados derribados, pudiesen también escapar y continuar su lucha contra el nazismo. Por estos hechos recibió en 1983 la Netherlands Commemorative Resistance Cross.
Luego de la guerra, y de haberse graduado, se incorporó a la Universidad de Buffalo como Profesor Asociado en Microbiología y Jefe del Laboratorio de Inmunoquímica. Fue ascendido a Profesor Titular en 1972. Fue Editor de 3 revistas científicas y 4 revistas académicas, fue autor, coautor o editor de 11 libros en 3 idiomas, y publicó más de 360 artículos y capítulos, auxiliado por su capacidad de publicar en tres idiomas (inglés, francés y neerlandés).
Fue ampliamente reconocido por expandir la teoría clásica de estabilidad de coloides (DLVO), introduciendo el componente de las fuerzas de Lewis ácido-base, lo que permitió entender mucho mejor cómo interactúan las células, las proteínas y los polímeros en medios acuosos. Bajo su mando, el laboratorio de Inmunoquímica de Buffalo se convirtió en un centro de referencia mundial.
Luego, de una larga vida, falleció a los 94 años, dejando 3 hijos y 7 nietos. Además de las incontables familias que pudieron existir gracias a que a los 18 años decidió arriesgar su vida para continuar con el proyecto fundacional de la humanidad, el del sentido de comunidad, de colaboración y de empatía que sostiene toda nuestra larga y rica historia.
No sabemos cuántas historias existen, cuántas vidas han sido transformadas a lo largo de las últimas 8 décadas, solo porque Carel, a los 18 años, decidió que falsificar documentos, que arriesgar su vida, era mucho más valioso que bajar la cabeza y esperar que lo peor pasara. Es probable que él haya conocido a muy pocas de estas personas, es también probable que muchas de ellas ni siquiera sepan su nombre. Pero su historia, su decisión, habla de ese principio fundacional que nos hace humanos: trabajar hombro con hombro para construir un mejor mañana para aquellos que nunca conoceremos, para aquellos que un día nos olvidarán.
Por eso hoy yo quiero recordar a Carel. Un hombre que tal vez, como todos los humanos, fue falible, y que probablemente tuvo muchísimas faltas. Pero que, en un momento, cuando pudo haber elegido entre la antipatía y el sacrificio personal, decidió que el concepto de lo que es ser un humano valía más la pena que el de su vida particular. Y hoy, a miles de kilómetros de sus hazañas, de su vida profesional y de familia, su memoria sigue viva y continuará existiendo un poco más, porque en un rincón del mundo su nombre todavía está siendo pronunciado.
Compartir esta nota