La historia dominicana suele comenzar, en los manuales, con la llegada de los conquistadores. Sin embargo, antes de que la isla fuera llamada colonia, ya existía una resistencia moral y política encarnada en figuras indígenas que entendieron, con claridad sorprendente, el valor de la dignidad humana. Entre ellas, Enriquillo, cacique taíno del Bahoruco, ocupa un lugar singular: no solo resistió al poder imperial español, sino que lo obligó a negociar.
Orígenes de un líder indígena
Enriquillo nació a finales del siglo XV en la región de Jaragua, dentro de una estirpe de alto linaje taíno. Era sobrino de Anacaona, la célebre cacica ejecutada por los españoles en 1503, hecho que marcó profundamente la memoria colectiva indígena (Las Casas, Historia de las Indias). Tras la destrucción del cacicazgo de Jaragua, Enriquillo fue criado bajo tutela española, educado en el convento de los franciscanos, donde aprendió el idioma, la religión y, paradójicamente, el derecho castellano (Moya Pons, 2010).
De vasallo a rebelde
Durante años, Enriquillo intentó vivir dentro del sistema colonial. Casado con Mencía, también de origen taíno noble, fue sometido al régimen de encomienda y sufrió abusos reiterados por parte de colonos españoles, incluyendo violaciones a su esposa y despojo de tierras. Enriquillo acudió a los tribunales coloniales, apelando a las propias leyes de la Corona, pero encontró solo dilación e injusticia (Rodríguez Demorizi, 1971).
Cuando comprendió que el sistema no estaba dispuesto a reconocer su dignidad, tomó una decisión trascendental: alzarse en resistencia armada, no contra España como civilización, sino contra la injusticia como práctica.
La guerra del Bahoruco: resistencia con legitimidad
A partir de 1519, Enriquillo lideró una insurrección indígena en la Sierra del Bahoruco, que se prolongó por más de catorce años. No fue una rebelión caótica, sino una guerra de resistencia organizada, con conocimiento del terreno, disciplina interna y una ética clara: proteger a su gente y exigir el cumplimiento de las leyes reales que reconocían la humanidad de los indígenas (Cassá, 2014).
Lo extraordinario del liderazgo de Enriquillo es que nunca buscó la aniquilación del adversario, sino el reconocimiento de derechos. Su lucha coincidió con los debates en España sobre la condición humana de los indígenas, impulsados por figuras como fray Bartolomé de las Casas, y con la promulgación de las Leyes Nuevas de 1542, que limitaban los abusos del sistema de encomienda.
El tratado: una victoria moral
En 1533, la Corona española, incapaz de derrotarlo militarmente, optó por negociar. Se firmó un acuerdo que reconocía la libertad de Enriquillo y de su gente, les concedía tierras y los eximía del régimen de encomienda. Enriquillo se convirtió así en el único líder indígena del Caribe que logró un tratado formal con el Imperio español (Mira Caballos, 2000).
Este hecho no solo fue una victoria personal, sino un precedente histórico: el reconocimiento de que incluso dentro del orden colonial, la resistencia legítima podía abrir grietas en el poder imperial.
Enriquillo en la conciencia histórica dominicana
Desde una perspectiva contemporánea, Enriquillo no fue solo un rebelde indígena; fue un precursor del pensamiento de soberanía y justicia en la historia dominicana. Su lucha anticipa valores que siglos después serían centrales en la identidad nacional: dignidad, resistencia frente a la opresión y uso de la ley como herramienta moral.
Enriquillo no fundó un Estado, pero fundó una idea: que ningún poder es absoluto cuando se enfrenta a la dignidad humana organizada. En ese sentido, su figura dialoga con otros grandes referentes de la historia dominicana, como Duarte, en la convicción de que la libertad no se mendiga, se defiende.
Epílogo: el legado que permanece
Hoy, el nombre de Enriquillo está inscrito en lagos, provincias y textos escolares, pero su legado va más allá de la toponimia. Representa la primera gran resistencia anticolonial del territorio dominicano, una resistencia que no se basó en el odio, sino en la justicia.
Recordar a Enriquillo no es un acto arqueológico; es un ejercicio de memoria crítica. En tiempos donde el poder vuelve a tentar con la deshumanización, su vida recuerda una verdad esencial: la dignidad no tiene época, y la resistencia justa nunca es inútil.
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