¿Qué clase de mundo es este en el que un presidente en ejercicio puede ser capturado por una potencia extranjera y trasladado fuera de su país, mientras buena parte de la comunidad internacional observa en silencio?
Más allá de las simpatías o diferencias que cada quien pueda tener con Nicolás Maduro, el hecho central es otro: si un Estado poderoso decide irrumpir militarmente en otro país, detener a su jefe de Estado y llevárselo por la fuerza, estamos ante un acontecimiento de enorme gravedad para el derecho internacional y la soberanía de las naciones. Diversos analistas y juristas han señalado que una operación de esa naturaleza plantea serias interrogantes respecto a la Carta de las Naciones Unidas y a los principios fundamentales que regulan las relaciones entre Estados.
Lo que resulta inquietante no es únicamente la acción en sí, sino la normalización de la misma. Las instituciones internacionales que durante décadas proclamaron la defensa de la legalidad internacional parecen incapaces de responder con la misma energía cuando los hechos involucran a una superpotencia. La ley internacional parece convertirse en un instrumento flexible: rigurosa para unos, indulgente para otros.
La pregunta entonces no es solamente qué ocurrió con Venezuela. La pregunta es qué precedente queda para el resto del mundo. Si hoy puede hacerse contra Caracas, mañana podría hacerse contra cualquier otro país cuyo gobierno resulte incómodo para los intereses de una potencia. Cuando la soberanía deja de ser un principio universal y se convierte en un privilegio reservado a los más fuertes, entramos en una etapa peligrosa de las relaciones internacionales.
También sorprende el silencio de amplios sectores de la intelectualidad progresista mundial. Allí donde antes surgían manifiestos, declaraciones y campañas internacionales contra las intervenciones extranjeras, hoy predominan la cautela, la ambigüedad o el mutismo. Pareciera que la defensa de principios universales ha sido sustituida por cálculos políticos circunstanciales.
La historia enseña que las grandes tragedias comienzan cuando las sociedades se acostumbran a aceptar lo inaceptable. Primero se justifica una excepción. Luego otra. Después la excepción se convierte en norma. Así se erosionan los principios que sostienen la convivencia internacional.
No se trata únicamente de Venezuela ni de Nicolás Maduro. Se trata del derecho de los pueblos a decidir su destino sin imposiciones externas. Se trata del respeto a la soberanía nacional. Se trata del rechazo a la ley del más fuerte. Se trata de impedir que el planeta regrese a una época donde las fronteras, los gobiernos y los pueblos podían ser sometidos por la voluntad unilateral de los imperios.
El verdadero peligro de nuestro tiempo no es solamente la fuerza militar. Es la indiferencia. Es la capacidad de contemplar hechos extraordinarios como si fueran acontecimientos normales. Es la anestesia moral que convierte el atropello en rutina y la injusticia en noticia pasajera.
Cuando los organismos internacionales callan, cuando los intelectuales progresistas guardan silencio y cuando los medios convierten hechos excepcionales en simples titulares de un día, la humanidad pierde una parte de su conciencia colectiva.
Y entonces la pregunta vuelve a imponerse con toda su fuerza:
¿En qué mundo vivimos, si la soberanía puede ser violada, un jefe de Estado puede ser capturado por una potencia extranjera y el planeta continúa su marcha como si nada hubiera ocurrido?
La respuesta quizás sea la más preocupante de todas: vivimos en un mundo donde el poder pretende sustituir al derecho, y donde la defensa de la justicia depende cada vez más de la capacidad de los pueblos para resistir, denunciar y no aceptar el silencio como destino.
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