Si una persona pudiera vivir la experiencia de pasajero aéreo de la década de los 60 del siglo pasado, y pudiera compararla con la experiencia actual, se daría cuenta que poco ha cambiado estructuralmente en las aeronaves, y que realmente los cambios han sido más económicos y sociales que tecnológicos. Aunque en ese aspecto hemos evolucionado con grandes avances en la eficiencia de las aeronaves y en los sistemas de navegación, la forma básica de volar no ha cambiado; el ser humano no anda en carros voladores o autopistas en el cielo.
Para los que nacimos en el siglo pasado, y esperábamos ver para estas fechas aquellos carros voladores de los dibujos animados, ha sido ciertamente desconcertante que a esta altura de juego el ser humano no haya logrado cambiar la física del vuelo controlado. Las mismas cosas básicas que han aumentado la complejidad de la operación aérea son las que se necesitan para elevarse al aire, adicionales a la avalancha de regulaciones y requerimientos. Y es que, aunque Tesla nos presenta un carro que realiza maniobras en el aire y las grandes ciudades llevan décadas preparándose para drones y taxi voladores, al final del día todo esto es tecnología antigua pintada de moderna, con muy poco cambio y, en su mayoría, poco uso real.
Los taxis voladores
Lo más cercano que hemos llegado a los carros voladores de los Supersónicos son los denominados vehículos eléctricos de despegue y aterrizaje vertical (eVTOL por sus siglas en inglés). Estos pequeños vehículos con varias hélices parecen grandes drones diseñados para llevar 4-5 personas, cual vehículo familiar. Sus pequeñas hélices giran para proporcionar la sustentación necesaria para elevarse y aterrizar de manera vertical, operando básicamente como pequeños helicópteros.
Pero los eVTOL no han terminado de despegar económicamente por una simple razón, que todos los que estamos en el mundo de la aviación conocemos: las regulaciones de seguridad operacional. Y es que, hoy en día, volar no es solo elevarse en el aire y moverse del punto A al punto B; es una operación altamente regulada, que salvaguarda la seguridad de los que están en el vehículo, así como de aquellos que están en sus alrededores. Esto conlleva una plétora de requerimientos de diseño, certificación y entrenamiento, lo que ha resultado demasiado para la gran mayoría de estos proyectos.
Por ello volvemos al punto inicial: la aviación nos ha demostrado que es mucho más compleja de lo que pensábamos. Y aquellos soñadores que nos mostraban un siglo XXI lleno de carros voladores pecaron de inocentes ante una industria que se rehúsa a cambiar frente a lo que mejor sabe: mantener la seguridad operacional.
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