«Haré todo lo que pueda para ayudarlo, menos bajarme», nos dice Donald Trump mientras se acomoda en este trono inusual: Las espaldas de un hombre. No se trata de una selfie o de una imagen hecha con inteligencia artificial, es la creación del artista danés Jens Galschiøt. La escultura fue exhibida durante tres días en el Parlamento Europeo y como si hubiera cumplido los caprichos del mismísimo presidente, está recubierta de oro.

Así, vemos un Trump orondo, presto a jugar al golf con el palo que sujeta con una mano. Es una jugada difícil –como las elecciones de noviembre–, ya que en la otra se columpia la balanza de la justicia. El hombre que lo soporta no puede acomodarle la pelotita-mundo, pues lucha por evitar hundirse (¿en la desesperanza?). «Estoy sentado sobre la espalda de un hombre. Se hunde bajo mi peso», insiste Mr Donald. Cualquier semejanza con la realidad, como advierten en algunas películas, es mera coincidencia.

La inusual estatua se exhibió antes en Groenlandia (territorio anhelado por…), Munich y Brasil y ahora pudo admirarse en los pasillos del Parlamento Europeo, en Estrasburgo. Los conocedores recuerdan que dicha región estuvo en disputa a lo largo de dos siglos y por eso, en 1949, fue reconocida como el símbolo de la amistad franco-germana, con la creación del Consejo de Europa. Al respecto, el propio escultor señala ese pernicioso estilo de gobernar: «Trump representa una de las mayores amenazas para el orden mundial basado en normas, en los valores democráticos».

Ahora bien, la estatuilla en cuestión proviene de otra anterior. Don Jens concibió a un niño flacucho que se tambalea por soportar una mujer desnuda y obesa. De la desigualdad entre los pueblos, expuesta en la primera obra, conocida como La supervivencia del más gordo, pasamos a admirar la actitud del que se siente dueño de todos los campos de golf. El artista confesaría que también lo inspiró el relato del rey que quiere presumir su nuevo traje pero que en realidad se pasea en cueros y sí, he aquí un nuevo monarca, pero de las injusticias, alega.

Supongo que para quitarle un poco de drama al estado (¿de alerta?) que guarda el (des)orden mundial y sin ánimo mercantilista, el danés hizo unas diez mil réplicas del modelito trumpiano, que quizás envíe a las tiendas de souvenirs de Washington D.C. Claro, omitirá decir que el «recuerdito» se llama La plaga naranja, nombre preciso y que, por desgracia, describe el ejemplo que se extiende por muchos rincones del planeta como tal… Sin embargo, en realidad, las copias las repartirá entre los participantes de la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático COP31, que tendrá lugar en Turquía y donde el señor plaga naranja, digo, la estatua, volverá a exhibirse.

En fin, ya sabemos lo que se dice del cinismo de los políticos: Que se hable de mí, aunque mal sea. Cualquier cosa que se diga de ellos los emociona, incluidas burlas, acusaciones o insultos, ¿y las estatuas satíricas? En un descuido, el mandamás pedirá que Galschiøt le haga otra igual para que adorne el salón de baile que le están construyendo en la Casa Blanca. La ordenará más grande, pues los 2,4 metros no alcanzan a representar su ego y tal vez quiera ponerle algún manto o preferirá dejarla así, al desnudo, para que los fanáticos vean en él al hombre simple y común, que no teme su desnudez, que no se espanta de su poder ilimitado, ni de sus millones que crecen y crecen, ni mucho menos de las críticas sin sustento…

Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Abogado y literato

No es sencillo hablar de uno mismo. Qué decir sin provocar bostezos. Que tengo la dicha de estar en Santo Domingo; que antes anduve por México (de donde soy), Francia y España; que estudié derecho y más tarde literatura; que hoy me dedico a enseñar francés (Alianza francesa, Liceo Franco-dominicano), a leer y, en menor medida, a escribir, ir al cine, nadar…

Ver más