Las evocaciones recurrentes al trujillismo, tanto de quienes lo añoran como de aquellos que denunciamos su naturaleza perversa, corrupta y criminal, comparten la ausencia de la experiencia de haber vivido en las entrañas de ese monstruo. Los que sobreviven en la actualidad con el recuerdo ya adulto de ese terrible periodo, en su etapa final, superan los 85 años.
Todos, desde la distancia temporal, debemos guardar profundo respeto por quienes enfrentaron a la dictadura, con plena conciencia de que al hacerlo ponían en peligro la vida propia y de sus familiares. Incluso aquellos que luciendo ser fieles al sátrapa desarrollaron acciones en contra del mismo, como el caso de Ramón Marrero Aristy, quien fue asesinado por el monstruo, merece respeto y el recuerdo agradecido. Otros marcharon al exilio y desde el mismo consagraron su vida a luchar contra Trujillo, y existieron los perversos que doblegaron la cerviz y sirvieron al monstruo, incluso después de su ajusticiamiento.
En el caso de los “conversos”, es decir, de quienes renegaron de Trujillo, especialmente al final de la tiranía, se destaca la de los seis obispos y su carta pastoral de enero del 1960, pero la evidencia apunta a que fue Lino Zanini el gran impulsor del enfrentamiento con el sátrapa. La evidencia muestra que alguno de ellos buscó recuperar el favor del tirano posterior a la Carta Pastoral, otros fueron militantes o tolerantes con la destrucción de la democracia en el 1963 e incluso durante la invasión de los estadounidenses uno en particular tomó partido a favor de las tropas invasoras y fue excluido de su puesto por el Vaticano una vez concluido el conflicto. Semejante al caso de la Carta Pastoral del 1960 tuvo que ser un nuncio, Mons. Emanuele Clarizio, quien sirviera de mediador entre los bandos enfrentados en 1965.
El caso de Mons. Conrad Gröber en la Alemania nazi es digno de estudio. De una trayectoria clara de apoyo a Hitler y el nacionalsocialismo, con prédicas claramente antisemitas y hasta aliado de las SS, tiene acciones en su biografía de enfrentamiento con el gobierno fascista que destruyó a Alemania. Opuesto a la mayoría de los obispos alemanes respaldó la protesta pública de la Iglesia Católica contra el llamado del gobierno nazi a boicotear las empresas judías (1933). Su postura llevó a un criminal como Julius Streicher a atacarlo públicamente por sus críticas al régimen, contando el jerarca nazi con la colaboración de un sacerdote, Heinrich Mohr, que aspiraba a ser obispo de la sede ocupada por Gröber.
Para 1938 el obispo de Friburgo era reconocido dentro y fuera de Alemania como un sólido defensor de los derechos de los alemanes frente al autoritarismo del gobierno de Hitler. Formalmente protestó contra el asesinato de los discapacitados físicos y mentales, antes que cualquiera de los otros obispos alemanes. Respaldó a Gertrud Luckner, incluso comprometiendo a Cáritas, en el esfuerzo por defender a la población no-aria, incluidos los judíos, frente a la persecución de los nazis. En cambio, el caso del sacerdote Max Metzger, de su diócesis, sigue generando controversia. Hay evidencias de que Gröber frente a las autoridades reconocía como merecida su condena a muerte, pero a la vez hay testimonios de sus esfuerzos para que se redujera esa pena.
Finalizada la guerra ambas facetas persiguieron al obispo, por un lado, fue reconocido por muchos por sus posturas públicas contra los nazis, pero por otro lado se distanciaba del movimiento de los sacerdotes de los campos de concentración que cuestionaba su inacción frente al asesinato de sus cohermanos.
Ese obispo, tutor de Heidegger, representa en gran medida la desorientación ideológica y moral de muchos hombres y mujeres, en dictaduras y gobiernos autoritarios, para actuar defendiendo la dignidad de todos los seres humanos, sea basado en el Evangelio, en otras tradiciones religiosas o la racionalidad. Ocurrió con el fascismo alemán e italiano, ocurrió con las tiranías de Franco y Trujillo, con dictadores como Pinochet o Videla, y lo vemos en los casos de un Trump o Milei. Pasa ahora frente a la extrema derecha criolla que odia a los haitianos en nuestro país y la pandilla que organizó la marcha al Hoyo de Friusa. Los silencios cómplices o cobardes en el pasado y el presente, en Estados Unidos, España o nuestro país son un escándalo.
Habitar en el seno del monstruo demanda lucidez, ejercicio de la libertad y capacidad de amar. Que la vida de todo ser humano sea relevante. Que ni la pobreza, la raza, lengua, religión o género nos impida comprometernos con el bienestar de cada hombre o mujer. Si nuestras formas de pensar, de razonar, de expresar nuestra Fe, de comunicar nuestra identidad personal o social, discrimina, excluye o humilla a otros seres humanos, se impone someter lo que nos lleva a ello a revisión, a conversión, a cambiar de mentalidad.
¿En que medida la Fe de Gröber o el pensamiento de Heidegger nacen del nacionalsocialismo o lo configuran? Pregunta grave, difícil de contestar, pero relevante en el presente cuando muchos desde su Fe o desde sus argumentaciones respaldan el racismo, la misoginia, la xenofobia o el autoritarismo.
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