Si la semana pasada me referí a la evolución de la conciencia musical entre Puerto Rico y los Estados Unidos continentales, esta semana le toca al extremo oriente. En alguna de las miles de plataformas que nos acosan continuamente a través del teléfono, vi rápidamente la emotiva y elogiosa reacción a la participación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl por parte del dueño de un puesto de comida fusión asiática-mexicana.
Al oírlo, se comprendía que haberle abierto el espacio a un cantante puertorriqueño implicó que otras comunidades, además de la boricua, se sintieran representadas en este espectáculo de 13 minutos de duración. Me quedé con la interrogación de cómo otros grupos con origen geográfico e histórico común se ven manifestados en la música de los Estados Unidos.
El primer balance refleja que lo más común ha sido estar en el lugar que le correspondía a Puerto Rico con West Side Story. Es decir, cuando eran los nacidos en el territorio continental los que escribían, componían y producían canciones o espectáculos inspirados en su contacto con “los otros”. Fue el caso del musical South Pacific (1949), ambientado en el Hawaii de la Segunda Guerra Mundial y basado en “Sucedió en el Pacífico”, una colección de cuentos escrita por James A. Michener, nacido y criado en Pensilvania. Esta obra fue musicalizada y producida por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein
Entusiasmados con el éxito de esa obra, los mismos productores decidieron concentrarse en otro grupo del extremo oriente. La migración china a los Estados Unidos se había iniciado en el siglo XIX con la búsqueda del oro en el oeste y la construcción de la red ferroviara que enlazara todo el territorio nacional. Por ello, en los años cincuenta ya había suficientes migrantes como para que algunos se sintieran inclinados hacia la literatura y tuvieran el talento y la oportunidad para dedicarse a ella. Uno de ellos, Chin Yang Lee, escribió “The Flower Drum Song”, que fue un éxito de ventas. Sin embargo, parece que los productores se tomaron tantas libertades que el musical fue un rotundo fracaso.
Muchos años después, otro equipo realizó Miss Saigon (1989), ahora sobre la guerra con Vietnam, un conflicto bélico que ha ocupado tanto espacio en la psique colectiva de los norteamericanos desde el año 1964, cuando el congreso de los Estados Unidos autorizó el uso de la fuerza militar para intervenir en la confrontación entre vietnamitas y franceses.
Parecería que falta mucho para que las producciones de Broadway reflejen mayor diversidad de lugares de origen de sus compositores. De todos modos, persiste el sueño de que haya un norteamericano de origen hindú, chino, vietnamita, coreano que siga los pasos de Lin Manuel Miranda, hijo de puertorriqueños que pasaba los veranos “en la isla” y que escribe espectáculos musicales tanto sobre su comunidad actual (In the Heights) como una pieza de inspiración histórica que refleja adecuadamente que uno de los padres de la patria de los Estados Unidos es caribeño: Alexander Hamilton. Ya existen tentativas que unen talentos anglófonos y de personas del medio oriente. Es el caso de los musicales “Bombay Dreams” (en realidad inglés, pero la música la compuso alguien nacido en Madrás), y “Maybe Happy Ending” (estrenada en Seúl y colaboración entre nacionales de los Estados Unidos y de Corea).
Compartir esta nota
