Debe haber un retrato en alguna parte. No necesariamente colgado de una pared, cubierto por una tela, escondido en una habitación a la que nadie entra. Los tiempos han cambiado y ciertas cosas ya no necesitan marcos de madera ni casas antiguas en Londres. Ahora los retratos caben en la palma de la mano. Los llevamos con nosotros. Los despertamos antes de levantarnos de la cama y los consultamos por última vez antes de ir a dormir. Tal vez Oscar Wilde no pudo imaginarlo; o tal vez sí. Tal vez por eso escribió a Dorian Gray.
Dorian solamente pidió un deseo, aunque a veces lo que parece una sola petición termina conteniéndolo todo: quería permanecer hermoso; que envejeciera el cuadro. Que se arrugara el lienzo; que cada exceso, cada crueldad, cada pedazo de alma perdido quedaran atrapados allí mientras él continuaba atravesando los salones con el mismo rostro posible. Los demás mirarían a Dorian. Dorian miraría el retrato. El acuerdo parecía perfecto hasta que dejó de serlo.
A pesar de que siempre he hecho la analogía sobre ese retrato, últimamente he pensado mucho en el porqué vivimos una época curiosa, una época en la que casi todo puede mostrarse y, sin embargo, cada vez resulta más difícil saber quién está realmente detrás de lo que vemos. Una mujer se fotografía veinte veces para escoger aquella en la que más se parece a una mujer que no existe. Un hombre alquila por unas horas un automóvil que jamás podría comprar y se fotografía apoyado sobre él.
Alguien coloca una taza de café junto a un libro que probablemente no leerá; en otra fotografía, la cena antes de probarla. Hay quien sonríe frente al mar mientras por dentro se desmorona. Y nosotros miramos y deslizamos el dedo. Una vida. Otra. Otra más. Un rostro, un cuerpo, un viaje, una casa, un vestido, un plato, una frase sobre la felicidad escrita por alguien que quizás esa misma noche lloró hasta quedarse dormido. Seguimos deslizándonos.
A veces pienso que hemos inventado una forma extraordinariamente eficiente de no detenernos jamás, porque detenerse puede ser peligroso. Cuando uno se detiene y piensa, a veces recuerda. Y cuando uno recuerda, puede terminar encontrándose consigo mismo. Quizá por eso hacemos tanto ruido. Quizás por eso necesitamos llenar cada silencio con una pantalla, no vaya a ser que en algún descuido aparezca el retrato.
La superficialidad, por supuesto, no nació con nosotros. Sería demasiado arrogante concedernos semejante mérito. Siempre hubo espejos, palacios, vestidos, títulos, apariencias y hombres desesperados por parecer aquello que no eran. Pero algo ha cambiado. Antes, la banalidad era una distracción; ahora corre el riesgo de convertirse en una manera de existir. Hemos aprendido a medir lo inconmensurable. Contamos con amigos, seguidores, reacciones y visitas. Contamos los años como si fueran una enfermedad y las arrugas como si fueran una derrota.
Y después de contarlo todo, todavía no sabemos cuánto vale una persona. Quizá porque las cosas importantes tienen la desagradable costumbre de no dejarse contar. No sabemos ponerle una cifra a la decencia, ni al conocimiento, ni a la ternura, ni a la capacidad de permanecer junto a alguien cuando ya no tiene nada interesante que mostrarnos. No sabemos cuántos puntos vale una conciencia tranquila. No existe una aplicación que calcule el peso de una palabra cumplida. La dignidad no tiene seguidores; la bondad casi nunca se vuelve tendencia y una persona puede tener millones de ojos observándola y no tener una sola mano que la sostenga cuando se apagan las luces. Pero seguimos contando. Tal vez porque contar es más fácil que preguntarse, y hay preguntas que hemos aprendido a evitar.
¿Quién soy cuando nadie me mira? ¿Qué queda de mí cuando desaparece aquello que puedo exhibir? ¿Qué parte de mi vida he vivido realmente y qué parte he construido para que otros crean que la viví?
Y, sin embargo, la trampa no es solo para quienes buscan ser admirados. Incluso aquellos que pretendemos rechazar la banalidad, los que intentamos mantenernos a un lado de esta comparsa, guardamos nuestro propio cuadro en la sombra. No para aparentar lo que no somos, sino por el miedo humano y silencioso a que los demás descubran nuestra propia fragilidad; por el pudor de no avergonzarnos de nuestras fisuras, de nuestras derrotas o de una realidad que nos duele aceptar. Al final, con o sin vanidad, el impulso es el mismo: responder aquello que no sabemos cómo sostener a la luz.
Son las verdades incómodas. Dorian también lo sabía. Por eso escondió el cuadro. No podía destruirlo porque, de hacerlo así, significaba enfrentarse a sí mismo, pero tampoco podía contemplarlo demasiado tiempo. Así que hizo lo que hacemos los seres humanos cuando una verdad resulta insoportable: cerró la puerta.
Nosotros hemos encontrado métodos más modernos. Compramos, publicamos, opinamos, corremos, nos fotografiamos, nos distraemos. Volvemos a deslizar el dedo. Una vida, otra y otra más. Y mientras tanto, en algún lugar que no sabemos nombrar, el retrato continúa cambiando. No hablo del mismo rostro. El rostro hará lo que siempre ha hecho: envejecerá. Aparecerán líneas alrededor de los ojos, el cabello cambiará de color y un día descubriremos que el espejo conserva una versión de nosotros que no coincide con la que todavía llevamos en la memoria. Eso no debería de asustarnos.
Hay algo infinitamente más triste que un rostro envejecido: un alma vacía. Porque hemos llegado a tener tanto miedo al tiempo que olvidamos preguntarnos qué estamos haciendo con él. Queremos parecer jóvenes, pero no necesariamente crecer. Queremos ser admirados, pero no necesariamente ser admirables. Queremos ser escuchados, aunque a veces no tengamos nada que decir. Queremos ser vistos. Sobre todo eso, ser vistos como si desaparecer de la mirada de los demás equivaliera a desaparecer del mundo.
Y quizás allí esté nuestra pequeña tragedia contemporánea: hemos confundido la existencia con su exhibición. Sin embargo, hay personas que todavía viven lejos de esa lógica. Personas que hacen cosas hermosas que nadie fotografía, que leen libros que nunca colocarán junto a una taza de café para demostrar que los están leyendo; que cuidan a alguien sin anunciarlo; que envejecen sin pedir disculpas; que saben estar solas; que saben guardar silencio. Que todavía pueden sentarse frente a otra persona y escucharla sin mirar una pantalla.
Quizás ellos hayan entendido algo que Dorian nunca pudo comprender: que la vida no consiste en conservar intacto el rostro, sino en llegar al final pudiendo reconocer aquello que quedó detrás de él. Porque un día, inevitablemente, habrá que entrar en la habitación. No importa cuántas puertas hayamos cerrado. No importa cuántos filtros hayamos utilizado. No importa cuántas personas hayan admirado la versión de nosotros que decidimos mostrarles.
Habrá que quitar la tela. Habrá que mirar y sospecho que entonces descubriremos que el problema nunca fue las arrugas del retrato; ni siquiera sus deformidades. El verdadero horror comenzará si podemos contemplarlo sin sentir nada. Porque Dorian Gray no empezó a perderse cuando deseó permanecer joven, ni cuando el cuadro comenzó a envejecer; ni siquiera cuando comprendió que podía esconder allí las consecuencias de sus actos.
Dorian comenzó a perderse el día en que pudo mirar la deformidad de su propia alma y seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido. Tal vez por eso, el retrato de Dorian Gray continúa esperándonos después de más de un siglo. No para preguntarnos si somos vanidosos, lo cual sería una pregunta demasiado fácil, sino para plantearnos una interrogante que conviene responder antes de volver a deslizar el dedo: ¿en qué momento dejamos de horrorizarnos ante aquello en lo que nos estamos convirtiendo?
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