Durante mucho tiempo, la modernidad se pensó a sí misma como el triunfo definitivo de la razón sobre el mito. El desarrollo científico, el avance tecnológico y la consolidación del pensamiento racional parecían anunciar una época en la que las antiguas estructuras míticas perderían progresivamente su lugar dentro de la cultura. La técnica prometía transparencia; la ciencia, explicación; y la información, acceso inmediato al conocimiento. Sin embargo, el presente parece desmentir parcialmente esa expectativa. En plena era digital, atravesada por algoritmos, inteligencia artificial y flujos masivos de datos, lo mítico no ha desaparecido. Por el contrario, ha regresado bajo nuevas formas.

Este retorno no implica la reaparición literal de los mitos antiguos, sino la persistencia de ciertas estructuras simbólicas que continúan organizando la experiencia contemporánea. El mito no debe entenderse únicamente como relato fantástico o creencia arcaica, sino como una forma de producir sentido colectivo, de ordenar el caos y de ofrecer narrativas capaces de explicar aquello que resulta incierto o incomprensible. Incluso en sociedades altamente tecnologizadas, el ser humano continúa necesitando relatos que den coherencia a su experiencia.

La cultura digital ha intensificado esta necesidad. Paradójicamente, el exceso de información no ha eliminado la incertidumbre; en muchos casos la ha multiplicado. Vivimos expuestos a una circulación permanente de imágenes, opiniones y acontecimientos fragmentarios que dificultan la construcción de una percepción estable de la realidad. Frente a esta saturación, emergen narrativas simplificadoras que operan de manera muy similar a los antiguos mitos: organizan el mundo mediante oposiciones claras, producen figuras heroicas o demoníacas y ofrecen explicaciones totalizantes frente a fenómenos complejos.

Las teorías conspirativas constituyen uno de los ejemplos más evidentes de este fenómeno. Aunque suelen presentarse como formas alternativas de conocimiento, muchas veces funcionan como estructuras míticas contemporáneas. Construyen relatos donde fuerzas ocultas controlan el mundo, identifican enemigos invisibles y ofrecen una lógica narrativa que transforma el caos social en una historia coherente. En contextos de crisis política, incertidumbre económica o transformación tecnológica acelerada, estas narrativas adquieren una fuerte capacidad de seducción simbólica.

Lo mismo ocurre con ciertas dinámicas de las redes sociales. Las plataformas digitales no solo distribuyen información: también producen imaginarios colectivos. Influencers, figuras mediáticas y líderes de opinión son muchas veces construidos mediante mecanismos cercanos a la mitificación. La cultura digital tiende a transformar individuos en símbolos, condensando sobre ellos deseos, aspiraciones o rechazos colectivos. El sujeto hiperexpuesto de internet se convierte así en personaje narrativo, en figura que excede su propia individualidad para ocupar un lugar dentro del imaginario social.

La tecnología contemporánea también ha generado nuevos relatos de salvación y trascendencia. El discurso tecnoutópico, por ejemplo, presenta frecuentemente a la innovación tecnológica como solución absoluta para los problemas humanos. La inteligencia artificial, la automatización o las promesas transhumanistas son acompañadas muchas veces por narrativas que rozan lo mesiánico: la tecnología aparece como fuerza capaz de superar las limitaciones del cuerpo, eliminar el sufrimiento o incluso vencer la muerte.

En este sentido, ciertos discursos tecnológicos funcionan casi como religiones seculares. Prometen redención mediante el progreso técnico y desplazan hacia las máquinas expectativas que antes pertenecían al ámbito espiritual. La fe en los datos, en los algoritmos y en la optimización permanente revela hasta qué punto la racionalidad tecnológica puede adquirir dimensiones simbólicas y afectivas profundamente intensas.

Sin embargo, el retorno de lo mítico no se limita a fenómenos de manipulación o irracionalidad. También responde a una necesidad más profunda relacionada con la experiencia humana del sentido. La lógica puramente instrumental de la técnica no logra responder completamente a preguntas vinculadas con la identidad, el deseo, la muerte o la pertenencia. El mito reaparece allí donde el cálculo resulta insuficiente para explicar la complejidad de la existencia.

La cultura contemporánea está llena de manifestaciones de esta búsqueda simbólica. El cine, las series, los videojuegos y la literatura retoman constantemente estructuras míticas tradicionales: héroes, viajes iniciáticos, luchas entre orden y caos, figuras sacrificiales o relatos apocalípticos. Incluso muchas narrativas futuristas reproducen esquemas ancestrales bajo lenguajes tecnológicos. La ciencia ficción contemporánea funciona frecuentemente como una nueva mitología donde los conflictos humanos fundamentales son proyectados hacia escenarios digitales o posthumanos.

Las grandes franquicias culturales globales constituyen un ejemplo claro de ello. Universos narrativos como Star WarsThe Matrix o las producciones de superhéroes operan mediante estructuras profundamente míticas. Aunque envueltas en tecnologías futuristas y efectos digitales, continúan organizándose alrededor de arquetipos clásicos: el héroe elegido, la lucha entre luz y oscuridad, el sacrificio redentor o la búsqueda de identidad.

Esto evidencia que la modernidad tecnológica no eliminó la necesidad de mito, sino que la desplazó hacia nuevos soportes y lenguajes. La diferencia es que hoy lo mítico circula aceleradamente a través de medios digitales, algoritmos y plataformas globales que amplifican su capacidad de expansión.

Además, la propia tecnología ha comenzado a adquirir una dimensión casi mágica dentro de la percepción contemporánea. Muchos dispositivos operan como "cajas negras" incomprensibles para la mayoría de los usuarios. Utilizamos sistemas complejos cuyo funcionamiento desconocemos, confiando en ellos mediante una lógica cercana a la fe. El algoritmo, invisible pero omnipresente, se convierte en una instancia abstracta que organiza decisiones, consumos y formas de interacción social sin que sus mecanismos resulten completamente transparentes.

Esta opacidad tecnológica favorece nuevas formas de fascinación simbólica. Lo digital produce simultáneamente racionalización y misterio. Mientras más sofisticados se vuelven los sistemas tecnológicos, más inaccesibles parecen sus procesos internos para el sujeto común. La tecnología contemporánea ya no se experimenta únicamente como herramienta, sino también como entorno casi autónomo que reorganiza la experiencia cotidiana.

En este contexto, el retorno de lo mítico puede entenderse como síntoma de una crisis más amplia de sentido dentro de la cultura contemporánea. La fragmentación de los grandes relatos modernos, la aceleración informativa y la transformación constante de la realidad social generan una sensación de inestabilidad que impulsa la búsqueda de nuevas narrativas organizadoras.

Sin embargo, este retorno también plantea riesgos. Los mitos contemporáneos pueden ser fácilmente instrumentalizados políticamente, utilizados para simplificar conflictos complejos o alimentar dinámicas de polarización. Cuando el pensamiento crítico es sustituido por relatos cerrados y emocionalmente absolutos, el mito puede convertirse en una forma de clausura del pensamiento.

Por ello, el desafío contemporáneo no consiste en eliminar lo mítico —algo probablemente imposible—, sino en comprender críticamente sus formas de funcionamiento dentro de la cultura digital. El mito continúa siendo una dimensión constitutiva de la experiencia humana, pero sus nuevas manifestaciones requieren ser interrogadas desde una conciencia crítica capaz de reconocer tanto su potencia simbólica como sus posibles efectos ideológicos.

En tiempos tecnológicos, lo mítico no desaparece: muta. Cambian sus lenguajes, sus soportes y sus figuras, pero persiste la necesidad humana de producir relatos capaces de organizar el mundo y otorgar sentido frente a la incertidumbre. Quizás la verdadera paradoja de nuestra época consista precisamente en esto: cuanto más tecnológica se vuelve la cultura, más evidente resulta que la razón instrumental nunca logra ocupar por completo el lugar del mito.

Gustavo A. Ricart

Cineasta y gestor cultural

Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.

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