El pensamiento dominicano post muerte de Trujillo envuelve una soledad no tan evidente ni tan desconcertante como para rasgarse la vestidura. Su drama es externo, testimonial e ideológico in crescendo, contrario al de antes del ascenso de Trujillo al poder. Lo anterior suena a paradoja. Tal vez lo sea. Cuando se dice “Pensamiento”, puede estar vinculado el drama, entendiendo como tal lo que no tiene salida normal, tradicional. Lo anterior no significa que el pueblo dominicano no arrastre la soledad, sin darse cuenta de que esa soledad es un animal muerto que lo acompaña despierto o dormido. 

Podría llegar a pensarse, partiendo del enunciado con que comienzan estas palabras destinadas a la reflexión del lector, que antes del ajusticiamiento del dictador la soledad primaba en cómo el dominicano se sentía, al preguntársele que cómo estaba de salud, siempre decía que muy bien, mejor que nunca. Es posible, pero le acompañaba el drama sin soledad. Se le puso fin al drama de la dictadura y sobrevino la caricatura de libertad, que cuando se consigue a “plenitud” se convierte en “soledad sonora”, al decir de la poesía. Nuestra poesía de la dictadura, nuestras novelas, relatos, cuentos, ensayos históricos, exceptuando a Moscoso Puello con su Cartas a Evelina entre otros, carecían de soledad. 

Los géneros literarios cultivados se desenvolvían tímidamente en su corpus teórico y no era para menos. De ahí que, ajusticiado Trujillo, se abrió un volcán expresivo, pero más que de soledad o de drama con calidad escritural, estaba vinculado a la expresión escrita más pobre, por estar llena, repleta de adjetivaciones grandilocuentes, más cerca de un estilo vargaviliano que de demostrar, dar con la raíz de un verdadero pensamiento reivindicador de esos años tenebrosos en ascenso. Para salvar un poco a Vargas Vilas, de la parte peor de sus obras, harto conocida por la sociedad de cultura general y no tan general del país. La retórica exterior no permite ni por asomo el encuentro consigo mismo para ver la verdad del espíritu a salvar cuando la opresión es insostenible.  

El preciosismo tanto en la ficción como en el pensamiento no conduce a intimar con ese “otro” que puede ser hasta sí mismo, en la búsqueda de la “verdad última” que encierra toda obra escrita para transformar, que es la raíz de la soledad de una buena prosa, un buen poema o cualquier especulación, sea histórica, sociológica, filosófica, política y psicológica del pensar. Donde hay retórica y preciosismo nada hay que buscar sino páginas escritas sin vida para el lector futuro. Nuestra literatura tanto de pensamiento (ensayos históricos) como de ficción (novelas, cuentos y poesía) está repleta de ello. No es que no estén bien escritas según la academia, los istmos literarios o el autodidacta. 

¿Dónde buscar la soledad sino dentro del que escribe para que se esté en la sociedad? Sino está dentro del creador de ficción, del pensador y un extenso etcétera, cualquier búsqueda es en vano, en la escritura, en el discurso, en el pensar.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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