Hay momentos en la historia en los que un partido político no elige a un candidato. Es el candidato quien revela, como un reactivo químico, aquello en lo que el partido se había convertido desde hacía años.
La posible candidatura de Alofoke por el Partido Reformista no constituye una anomalía. Constituye una confesión.
Hubo un tiempo en que el reformismo fue una de las grandes maquinarias políticas de la República Dominicana. Ganaba elecciones, organizaba el poder y marcaba la agenda nacional. Con el paso de los años fue perdiendo peso electoral hasta sobrevivir más como un símbolo de su pasado que como una fuerza capaz de determinar el futuro. Como esos antiguos teatros donde ya no se representan obras, sino visitas guiadas para recordar que alguna vez existieron. Un edificio sin público termina alquilándose para cualquier evento. También ocurre con los partidos.
Hay una vieja ley de la física política: cuando un partido pierde gravedad ideológica, termina orbitando alrededor de quien concentra la mayor atención pública. En ese vacío, cualquier figura con suficiente peso mediático termina convirtiéndose en su nuevo centro de gravedad.
No es una traición al reformismo. Es su consecuencia lógica.
Quizá el verdadero arquitecto intelectual de esta candidatura no sea Joaquín Balaguer, sino Marshall McLuhan. Hace décadas advirtió que el medio terminaría imponiéndose sobre el mensaje. Hoy el mensaje ya ni siquiera necesita existir; basta con dominar el algoritmo.
La política siempre tuvo algo de teatro. Pero el teatro clásico exigía actores que memorizaran un texto. La política contemporánea parece preferir improvisadores que dominen las métricas de audiencia.
Guy Debord llamó a esto La sociedad del espectáculo. Lo curioso es que muchos creyeron que escribía una crítica. En realidad estaba redactando un manual de campaña para el siglo XXI.
El Partido Reformista simplemente llegó tarde a comprenderlo. Durante años buscó dirigentes. Debió buscar influencers.
Mientras otros partidos perdían militantes, el reformismo terminó descubriendo que un millón de seguidores en las redes sociales vale más que un comité municipal.
Y, sin embargo, quizá el reformismo sea hoy el único partido que ha asumido hasta sus últimas consecuencias la lógica política del siglo XXI.
Otros continúan hablando de estructuras, ideologías y militancias; él parece haber aceptado una realidad incómoda: en la era del algoritmo, un millón de seguidores puede valer más que un millón de votantes potenciales. Ya no se conquista primero el partido para llegar al electorado. Se conquista la audiencia, y el partido llega después.
Para entonces, la verdadera batalla política ya se había trasladado al teléfono móvil. Los mítines fueron sustituidos por transmisiones en directo; los discursos, por clips de treinta segundos; la persuasión, por la viralidad. El antiguo comité político fue reemplazado por el algoritmo de recomendación.
Nada de esto debería escandalizar.
Las democracias no suelen morir de manera dramática. Generalmente se adaptan al gusto del consumidor.
El ciudadano deja de ser elector para convertirse en audiencia. El programa de gobierno compite con el contenido de entretenimiento. El candidato deja de prometer un país mejor; promete no aburrir.
Quizá el reformismo simplemente entendió que la política había dejado de disputarse en las plazas para empezar a disputarse en las pantallas.
Sería injusto reírse únicamente de este partido.
Lo verdaderamente inquietante sería creer que esto solo ocurre en República Dominicana. El reformismo no constituye una excepción, sino una versión especialmente visible de una transformación que atraviesa a las democracias contemporáneas. Allí donde la popularidad comienza a cotizar más alto que las ideas, el algoritmo termina ocupando el lugar que antes pertenecía a la deliberación política.
Los partidos, después de todo, funcionan como espejos. Devuelven la imagen de aquello que creen que la sociedad desea contemplar. Cuando un espejo refleja algo incómodo, siempre existe la tentación de culpar al cristal.
Pero el cristal rara vez inventa el rostro.
Tal vez la candidatura no sea el síntoma de la decadencia de un partido, sino la culminación de una lenta evolución cultural donde la popularidad terminó sustituyendo a la autoridad intelectual, la visibilidad reemplazó al prestigio y la capacidad de generar tendencia desplazó a la capacidad de generar ideas.
Si es así, el reformismo no está protagonizando una tragedia.
Está ofreciendo un documental extraordinariamente preciso sobre nuestro tiempo.
Y los documentales, por incómodos que resulten, suelen tener la desagradable costumbre de parecerse demasiado a la realidad.
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