Los mercados financieros suelen anticipar los grandes cambios del sistema internacional mucho antes de que la política los reconozca. En ese sentido, el comportamiento reciente del oro —con precios históricamente elevados y una demanda sostenida— no responde a una moda especulativa ni a un evento aislado, sino a una señal más profunda: el orden mundial atraviesa una etapa de incertidumbre estructural, y el oro vuelve a ocupar su lugar como refugio de confianza.
A lo largo de la historia, cada vez que se debilitan las monedas, se erosionan las instituciones o se cuestionan las reglas que sostienen el comercio y las finanzas globales, el oro reaparece con fuerza. No es pasivo de ningún Estado, no depende de la solvencia de un emisor, no puede ser creado por decisión política y conserva aceptación universal. Por ello, cuando aumenta el riesgo sistémico, el oro no busca protagonismo: simplemente cumple su función histórica de preservar valor.
El contexto actual explica bien este comportamiento. Estados Unidos, potencia central del sistema financiero internacional, proyecta señales contradictorias: tensiones comerciales, amenazas arancelarias, confrontaciones con aliados tradicionales, presiones políticas sobre la Reserva Federal, debates recurrentes sobre el manejo de la deuda y un uso cada vez más explícito del poder financiero como herramienta geopolítica. Para los mercados, este conjunto de factores se traduce en imprevisibilidad institucional y en un aumento del riesgo de política, elementos que erosionan la confianza en los activos tradicionales.
Mientras tanto, China avanza con una estrategia paciente y de largo plazo, ampliando su presencia comercial, financiera y logística. Sin confrontar abiertamente el sistema vigente, construye alternativas que refuerzan una transición hacia un mundo más multipolar, en el que ninguna potencia ni moneda ejerce una hegemonía incuestionada. En ese mismo entorno, los países agrupados en los BRICS impulsan una desdolarización gradual: mayor uso de monedas locales, diversificación de reservas y reducción de vulnerabilidades frente a sanciones. En ese proceso, el oro se consolida como activo estratégico precisamente por su neutralidad política.
A todo ello se suma la guerra entre Rusia y Ucrania, que mantiene encendido el riesgo geopolítico global y ha dejado una lección que los mercados han asimilado con rapidez: los activos financieros pueden ser congelados, intervenidos o sancionados; el oro, en cambio, permanece fuera de ese alcance. El resultado de esta combinación es evidente. Los precios récord del oro reflejan una acumulación de desconfianza global y una búsqueda de protección frente a un sistema internacional cada vez más fragmentado.
Este escenario tiene implicaciones que trascienden a las grandes potencias y alcanzan también a economías pequeñas y abiertas. Para países exportadores de oro, los precios elevados fortalecen la posición externa, generan ingresos fiscales adicionales y ofrecen un margen de maniobra valioso en un entorno global volátil. El oro actúa, así como un amortiguador macroeconómico, sin sustituir —pero sí complementando— políticas económicas responsables.
Más allá del alivio coyuntural, este ciclo favorable abre una oportunidad más amplia: convertir ingresos extraordinarios en decisiones estratégicas. En el caso dominicano, donde la inversión pública de capital se ha reducido en el actual período de gobierno a niveles cercanos al 2 % del PIB, claramente insuficientes para sostener un crecimiento robusto, el contexto internacional del oro ofrece una ventana para corregir prioridades y fortalecer la inversión productiva.
Aprovechar estos ingresos, combinándolos con disciplina fiscal y visión de largo plazo, permitiría mejorar la inversión en infraestructura, innovación y productividad sin agravar el endeudamiento. No se trata de gastar más, sino de gastar mejor; no de depender de un recurso, sino de usar inteligentemente una coyuntura global excepcional.
El oro, en definitiva, no solo mide la desconfianza del mundo. También señala los momentos en que actuar con prudencia, coherencia y visión de Estado puede marcar la diferencia entre la inercia y el desarrollo.
Compartir esta nota
