En los últimos años se ha venido manifestando de manera progresiva, pero sostenida, una crisis de legitimidad del sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. El entramado institucional que dio lugar a la Organización de las Naciones Unidas y a los múltiples organismos que integran la arquitectura del llamado sistema universal muestra hoy signos evidentes de desgaste, desconfianza y cuestionamiento. Pareciera que no se trata de una crisis episódica ni de un simple déficit de eficacia, como en ocasiones previas, sino de una erosión estructural del consenso político y normativo que permitió su emergencia y funcionamiento durante décadas.

Una de las causas centrales de este deterioro reside en una transformación estructural del escenario internacional: la redistribución efectiva del poder global y la emergencia de nuevas potencias que reclaman su espacio en la arquitectura global. El diseño institucional del orden internacional se edificó sobre una correlación de fuerzas históricamente situada, en la que un grupo reducido de Estados vencedores asumió el rol de guardianes del orden mundial. Esa hegemonía quedó cristalizada en órganos como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y en mecanismos de privilegio institucional que no siempre han resultado suficientes para una legitimidad fundada en la justicia o la eficacia de sus decisiones para proteger bienes comunes globales.

La presente reflexión no surge únicamente de un ejercicio teórico ni de la observación prolongada de estas dinámicas en el escenario internacional. Encontró un detonante concreto en las palabras pronunciadas por el primer ministro de Canadá durante su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos. Más allá de la coyuntura del discurso, sus planteamientos pusieron en evidencia, con una claridad poco habitual en escenarios diplomáticos la fragilidad de los consensos que han sostenido el sistema internacional contemporáneo. Sus expresiones operaron como catalizador para ordenar un conjunto de ideas que venían gestándose de manera dispersa y que aquí se articulan como una auditoría crítica del orden internacional vigente y de la narrativa de legitimidad que lo acompaña.

El diseño institucional del sistema internacional respondía a una lógica de poder concreta, propia de un mundo que, aunque formalmente multilateral, descansaba en una estructura jerárquica relativamente estable. Sin embargo, el escenario contemporáneo es sustancialmente distinto. La emergencia y el reposicionamiento de nuevas potencias ―algunas con clara vocación hegemónica, otras como potencias intermedias con creciente capacidad de incidencia― han puesto en evidencia la fragilidad de un sistema que no fue concebido para reconocer ni integrar una distribución del poder más diversa y claramente multipolar. Hoy no estamos ante un mundo organizado en torno a un polo único ni dual como en los tiempos de la Guerra Fría, más allá de los anhelos persistentes de determinadas potencias, sino frente a una pluralidad de fuerzas que disputan protagonismo político, económico y estratégico en el escenario global.

La persistencia de estructuras institucionales que no reflejan esta nueva cartografía del poder internacional alimenta una crisis profunda de legitimidad. Se mantiene la ficción de un orden diseñado para una correlación de fuerzas que ya no existe, mientras las nuevas realidades de poder quedan insuficientemente representadas o directamente excluidas de los espacios decisorios centrales. Esta disonancia entre estructura y realidad erosiona la capacidad del sistema para presentarse como un marco equilibrado de regulación global y contribuye de manera decisiva al quiebre del consenso que alguna vez lo sostuvo.

A esta fractura estructural se suma ―como elemento crítico― la crisis interna de las sociedades occidentales. No porque las tensiones globales puedan reducirse a una lectura occidentalista, sino porque el diseño mismo de este sistema es deudor, en gran medida, de una matriz histórica, política y cultural fuertemente influenciada por Occidente. Cuando ni siquiera en las sociedades que impulsaron este orden existe hoy un consenso robusto sobre su legitimidad, resulta aún más difícil sostenerlo en un escenario global marcado por una pluralización del poder y por profundas divergencias ideológicas.

Las polarizaciones internas que atraviesan a muchas democracias occidentales ―en torno a la agenda pública, al rol del Estado, a la noción de derechos, a los límites de la soberanía y a los modelos de convivencia― se proyectan inevitablemente en el plano internacional. No se trata entonces de factores externos que socavan, por sí solos, la legitimidad del sistema universal, sino que también concurren las luchas internas de los propios Estados que históricamente se presentaron como sus principales garantes. Esa pérdida de consenso interno debilita la capacidad de Occidente para sostener un discurso coherente y legítimo en defensa del orden internacional que ayudó a construir.

Félix Tena de Sosa

Abogado

Analista jurídico con estudios especializados en derecho constitucional y más de 15 años de experiencia en instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales. Docente universitario de derecho constitucional, derechos humanos y filosofía del derecho. Apartidista, librepensador, socioliberal, moderado y escéptico.

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