Quise plantear este tema hoy para evitar dañar la fiesta del día de los padres a aquellos que sí son responsables con sus hijos e hijas. Que sí los hay, tengo a algunos a mi alrededor y doy fe de ello.
Pero en general, no solo en nuestro país, sino en muchos otros del mundo, sobre todo en América Latina, la paternidad es abandonada con mucha frecuencia y sin consecuencias, por una gran cantidad de hombres. Socialmente no es valorada, lo cual contrasta con la sobrevaloración de la maternidad que los deja liberados de presencia y amor con esos hijos e hijas que simplemente salen de sus vidas.
La frase que da nombre a este artículo es dicha con mucha frecuencia por las mujeres que atendemos en el Centro de Atención a Sobrevivientes de Violencia. El trabajo consiste entonces en que ella se dé cuenta que estos dos contenidos no caben en una sola frase, pues ya no es posible separar la violencia que vive la madre de la de sus hijos e hijas y que el daño es transmitido directamente hasta ellos y ellas. La violencia que vive le arrebata la posibilidad de estar disponible para los NNA pues le consume toda la energía que requiere para suplir sus demandas de amor y cuidados.
Por otra parte, el mundo emocional es la experticia de los niños y las niñas. Reconocen y saben traducir los gestos, las miradas, los silencios, las ausencias o el murmullo y cuando una mujer está viviendo violencia, por más que ambos intenten ocultarlo, no hay posibilidad de que sus hijos e hijas no se den cuenta de lo que está ocurriendo. El tono emocional cargado, pesado, tenso, triste que se da en las familias que viven violencia es muy real, se siente en la piel, en el alma y se expresa constantemente en la convivencia diaria.
El rostro de mamá es un retrato fiel de lo que siente, de lo que duele, de lo que recibe, de lo que intenta ocultar y esto no hay manera de que no sea visto. Lo que pasa es que como para continuar en la relación, a pesar de la violencia, la mujer tiene que desconectarse de ella misma y cree que el simulacro que hace no es identificado por su familia.
Esa risa que sale como mueca, esa mirada que comienza a apagarse o a dejar de mirar de frente para hacerlo con el rabillo del ojo; esa tristeza que pretende simularse como una jaqueca o como una noche de insomnio, ellos saben cómo se llama mucho antes que ella llegue al consultorio o vaya a poner una denuncia porque la situación llegó a más. Ella pensaba que lo iba a poder contener, cambiar o convencer de que parara, pero esto en la violencia no es posible mientras la mujer esté disociada de ella misma y siga velando más por los demás que por ella, su seguridad y su bienestar.
La familia es el taller donde las personas aprendemos a vincularnos, a querernos, a valorarnos. Papá y mamá modelan cada día, sin darse cuenta, cuánto vale cada persona para él y ella. Es un escenario puesto frente a sus ojos que dice: “así se trata a las mujeres y a los hombres en una relación”. Por más discursos que se den, por más palabras que se digan, por más narrativa que se invente, nada sustituye lo que ellos con sus ojos ven, lo que le dice su neurocepción*, su percepción, y la emoción que están sintiendo en su propia piel.
De manera que no, no es posible ser un buen padre y maltratar a la madre de esos hijos e hijas. En la clínica ya lo tenemos claro, falta que la cultura y la sociedad deje de conformarse con miserias y vínculos paternos pírricos para las personas mas importantes y vulnerables de una sociedad, que son los niños y las niñas.
* “A diferencia de la percepción, se trata de “detección sin conciencia” (Porges, s.f.) una experiencia subcortical que ocurre muy por debajo de los dominios del pensamiento consciente” (Dana,Deb. La Teoría Polivagal en Terapia. Ed. Eleftheria, S.L. 2019)
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