En RD, lo “de lujo” nunca ha sido solo un objeto caro. Es un símbolo histórico de poder y exclusión que aún hoy desnuda las desigualdades sociales.
En la colonia, el lujo era más que porcelanas europeas o muebles importados. Los esclavos mismos podían ser considerados piezas de lujo. Un esclavo con habilidades especiales —música, cocina refinada, lectura— costaba más que uno destinado al campo. Además de utilidad, su posesión garantizaba prestigio. Era un recordatorio de jerarquía y dominación.
Tras la abolición en 1822, el concepto se transformó, pero no desapareció. Las élites criollas mantuvieron la lógica de que lo caro y exclusivo era un marcador de superioridad. Carruajes, casas en zonas privilegiadas y luego hoy automóviles y torres urbanas se convierten en los nuevos signos de distinción. Así es como el lujo continuó siendo un lenguaje de poder heredado de la colonia.
Ya en pleno siglo XXI, lo “de lujo” conserva esa carga simbólica. En un país donde gran parte de la población enfrenta desigualdades estructurales, el lujo funciona como espejo incómodo: un objeto puede ser útil, pero su verdadero valor está en marcar distancia social. Un carro de alta gama, una torre en Naco o Piantini (en la capital), un reloj suizo… cosas que si bien le hacen la vida a cualquiera, en verdad normalizan jerarquías.
La paradoja es evidente: en una nación que abolió la esclavitud gracias a la acción haitiana, el lujo sigue siendo un recordatorio de las desigualdades heredadas. La memoria de la esclavitud y la colonia se refleja en cómo entendemos lo exclusivo: que en vez de simples excesos, dan el tono como símbolo de poder que perpetúa diferencias.
Pues sí, hablar de “cosas de lujo” en RD es hablar de historia y de cómo el consumo se convirtió en un lenguaje de dominación, y, sobre todo, de cómo esa herencia aún marca las brechas sociales. Por supuesto que no basta con reconocerlo. Urge repensar el consumo y la memoria histórica.
Como el lujo continuará perpetuándose como instrumento de clase y expresarse como elocuente un espejo de desigualdad, entonces la verdadera transformación está en construir una sociedad donde en lugar de esta humillante exclusividad, sea la dignidad el verdadero símbolo de prestigio.
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