Recientemente se publicó el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA 2025). Una lectura del informe desde la lógica de los sistemas nacionales de innovación (SNI) confirma lo que numerosos diagnósticos han venido señalando: la región enfrenta una situación crítica, no por falta de iniciativas, sino por la incapacidad de articular de manera efectiva sus capacidades científicas, productivas e institucionales. América Latina avanza, pero lo hace de forma desigual y fragmentada.
Los países que lideran el índice (Chile, Brasil y Uruguay) no destacan únicamente por niveles de inversión o infraestructura digital, sino por algo más estructural: han logrado grados relativamente estables de coordinación entre gobierno, academia y sector productivo. Desde la perspectiva de la innovación sistémica, ese es el verdadero diferencial. La inteligencia artificial actúa como un espejo que revela las fallas de aprendizaje, gobernanza y escala que caracterizan a muchos SNI de la región.
Los países líderes no solo invierten más en investigación y desarrollo (I+D) como proporción del PIB; también han sostenido en el tiempo una institucionalidad relativamente estable, con políticas de ciencia, tecnología e innovación (CTI) que sobreviven a los ciclos políticos. No se trata de reeditar programas puntuales de digitalización o compras públicas, ámbitos donde República Dominicana ha sido consistente, sino de políticas sistémicas y transformacionales de CTI orientadas a la acumulación de capacidades científico-tecnológicas, al aprendizaje y al desarrollo productivo. En el caso Chile y Brasil sus capacidades acumuladas les han permitido liderar la iniciativa regional LatamGPT.
La República Dominicana ocupa una posición intermedia: puesto 9 de 19, con avances visibles en adopción de IA generativa, conectividad y capacidades emergentes en talento digital. Esta ubicación es suficiente para demostrar potencial y confirmar que el vaso está medio lleno. El país no está rezagado, pero tampoco se encuentra en una posición de liderazgo. Habita el espacio incómodo del casi: ha dejado de ser un espectador pasivo, pero aún no ha consolidado una identidad tecnológica propia. En términos analíticos, el país ha alcanzado una condición de primer orden: un conjunto de capacidades básicas habilitadoras, necesarias para el despegue y reconocidas por el propio ILIA 2025. Aquí resulta útil la metáfora del problema de los tres cuerpos: un sistema se vuelve impredecible cuando varias masas interactúan sin una fuerza común que estabilice su movimiento. El SNI dominicano funciona de manera similar. Sus tres cuerpos (universidad, empresa y Estado) orbitan sin una gravitación compartida, sin misión tecnológica clara ni incentivos consistentes.
La acumulación de capacidades aisladas genera movimiento, pero no trayectoria estable. El resultado es una acumulación intermitente que permite avanzar, aunque con alcance limitado y efectos estructurales débiles. Sin un principio de coordinación que alinee capacidades, incentivos y legitimidad, el sistema permanece en equilibrio inestable. Aquí las condiciones de segundo orden son las que determinan si el funcionamiento del sistema se traduce en una trayectoria de desarrollo.
Desde esta perspectiva, el país aún no ha alcanzado condiciones de segundo orden, las que añaden estabilidad dinámica a los SNI. La pregunta clave no es si existen los elementos básicos, sino qué falta para que estos interactúen de forma coherente y produzcan un salto estructural. De ahí la paradoja dominicana: el vaso está medio lleno en capacidades, pero medio vacío en coherencia institucional.
Los países que encabezan el ILIA 2025 no solo invierten en IA: lo hacen desde estructuras consolidadas de CTI. Chile y Brasil cuentan con ministerios de ciencia que han garantizado continuidad y trazabilidad política, mientras que Uruguay ha desarrollado políticas sistémicas de innovación con trayectorias sectoriales reconocidas. Estos países articulan universidades, centros de investigación y sectores productivos en torno a retos identificados. En contraste, un patrón regional que incluye a República Dominicana es la proliferación de planes de IA sin redes avanzadas ni programas de apoyo como sustento habilitante. En Brasil y Chile, el liderazgo ha sido orgánico, apoyado en redes avanzadas asociadas a clústeres productivos, incluida la aeronáutica en Brasil y el efecto en supercomputación del derrame de la astrofísica chilena. En el Caribe, desafíos como el sargazo, la vulnerabilidad climática y los costos en conservación, turismo, inclusión social, salud, infraestructura y agroindustria justifican programas coherentes de ciencia aplicada e infraestructura computacional.
Volviendo a la metáfora, la triple hélice dominicana no requiere más diagnósticos, sino una masa gravitacional que ordene sus trayectorias. Esto implica tres decisiones estructurales derivadas de una política coherente de CTI: i) financiamiento estable para I+D; ii) infraestructura que garantice acceso a cómputo avanzado y ciencia colaborativa; y iii) un enfoque de innovación abierta orientada a misiones.
Finalmente, el ILIA 2025 muestra que competir en IA o en la economía del conocimiento requiere condiciones de segundo orden que otorguen estabilidad a los SNI. Para la República Dominicana, la ventana sigue abierta, pero hace falta una política coherente de CTI que unifique trayectorias en misiones transformativas vinculadas a retos nacionales: la restauración de ecosistemas y el turismo sostenible, las tierras raras y la minería sostenible, la resiliencia climática asociada a la seguridad hídrica y la agroindustria, la salud pública predictiva, la inclusión y formación de talento, la economía de semiconductores y la transformación del sector manufacturero y de las pymes, tan sólo como ejemplos.
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