Fascismo no es una palabra que meta demasiado miedo en toda Iberoamérica y mucho menos en República Dominicana. El término es demasiado europeo para designar con fuerza hechos tan claros y ominosos como pinotechismo, trujillismo o simplemente dictaduras militares. Tal vez la cosa cambia un poco si preferimos hablar de nazismo, pero esa referencia al fascismo germánico tampoco creo que le diga lo suficiente al común de nuestra gente. Por cierto, con diferencias entre unos y otros países, el propio apelativo de ultra-derecha tampoco es que a mucha gente le quite del todo el sueño.

Que tal o cual palabra no le resulte particularmente odiosa a mucha gente no quita, empero, que se refiera al propio demonio. Nada más la Segunda Guerra Mundial dejó más de 80 millones de muertos y bien se sabe que fue un acontecimiento provocado directamente por el fascismo. Si se suman los millones de víctimas posteriores ocasionados por regímenes claramente identificables con esta ideología (en Iberoamérica, África, Asia), la cuenta aumenta a niveles mucho más horrorosos.

El fascismo es una hidra de interminable número de cabezas y que puede adoptar múltiples nombres, incluido el nombre de democracia.

¿Qué es el fascismo? La respuesta aquí no puede ser tan corta como decir que se trata de un régimen represivo. Lo es por antonomasia, claro está, pero bien sabemos que esta característica la comparte con otras doctrinas, incluidas ciertas expresiones que se reivindicaban como socialistas. Ni hablar de regímenes teocráticos, por ejemplo. El fascismo, para ser tal, tampoco requiere adoptar los rasgos originarios el régimen de Mussolini de principios del siglo XX, ni del nazismo hitleriano. Ni tiene por qué estar referido al origen de la denominación (fascio: haz, manojo, símbolo romano del poder senatorial). La naturaleza del fascismo, la de cualquier momento, tiene que ver con un totalitarismo violento basado en el odio, la exclusión de sectores sociales, étnicos y de género y el nacionalismo exaltado, siempre bajo la premisa de una supuesta superioridad sobre lo “otro”. Es una doctrina y una práctica necesariamente clasista, aporófoba (desprecia al pobre, aunque se trate de sí mismo o misma), racista, homofóbica y machista. Es resueltamente anti-democrática, anti derechos y anti-inmigrantes. El fascismo se alimenta de la búsqueda de culpables, preferiblemente asumibles como débiles. 

Históricamente, el fascismo es una expresión del capitalismo rabioso y temeroso de dejar de ser capitalismo. Esto, por supuesto, no siempre aflorará con mucha claridad. Sabemos, por ejemplo, que la doctrina neo-liberal (la del supuesto libre mercado) se proclama buena amiga de las libertades y del achicamiento del Estado. Los hechos “corrigen” bastante esta proclama: el tal achicamiento del Estado es solo en su función de redistribución de las riquezas y en cuanto a las libertades, mejor deberían ya dejar del tema. El caso del chile de la dictadura no tiene nada de presentable. Y en cuanto a los pichones actuales de fascismo, del tipo Milei, Noboa, Bukele o el recién instalado De la Espriella (sin hablar del chileno Kast, hijo de un reconocido nazi que además fue funcionario de Pinochet), mírense caso por caso cuánto han significado en libertades y en uso del Estado.

Como toda ideología, el fascismo no es abrazado solo por poblaciones a las cuales, de algún modo, les sentaría materialmente bien –lo cual, de algún modo, obedecería a cierta racionalidad, aunque perversa–, sino también por sectores sociales y culturales a los que su discurso logra seducir, naturalmente teniendo que pagar por igual sus efectos. El odio y el desprecio al otro, la “patria” en “peligro”, la “pureza” racial y étnica, en fin, la “amenaza” sobre un “nosotros” real o supuesto, se levantan como motivos suficiente fuerza como para concitar adhesiones, al menos en algún grado. Es la vieja dinámica del consentimiento del perjudicado ante opresor. Y si las opciones diferentes no son capaces de mostrar a tiempo y contundentemente tanto el peligro de ese discurso como las bondades propias, el resultado será la consumación de aquel afilar cuchillo para la garganta propia.  

No se requiere mucho esfuerzo para ubicar las fuentes más eficientes de fascismo actual. Esas fuentes y representantes principales llevan por nombre Estados Unidos de Norteamérica y el estado sionista de Israel. Detrás de ellos, pero solo detrás, se arrastran diversos países, partidos y líderes vasallos. No sé si el actual cuadro mundial conducirá a la temida guerra mundial, en el sentido que impusieron las dos guerras mundiales anteriores. Lo innegable es que el peligro crece y que el fascismo sigue siendo, como antes, el factor de riesgo principal. El cuento aquel sobre el lobo que se anunciaba y nunca llegaba… hasta un día, debería representar una buena enseñanza.

En una entrega próximo sería bueno detenernos en “nuestro” fascismo criollo, que también viste y calza.

Luis Ulloa Morel

Pedagogo, profesor y político

Luis Ulloa Morel es pedagogo, profesor y activista social y político. Autor de Los caminos del aprendizaje, Enseñar el fácil, Estado Iglesia y Educación en la República Dominicana, Vocabulario político-social básico, entre otros trabajos. Ha sido articulista de numerosos periódicos del país.

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