La verdad es que me había prometido evitar caer en la tentación de analizar los dichos y la conducta del presidente de la Argentina. La razón: mantenerme lo más lejos posible de un personaje tan despreciable como el inquilino de la Casa Rosada. Un sujeto tóxico, que puede envenenar inclusive a quien lo examina, como el investigador que disecciona a una rata inmunda y que al hacerlo se contagia del hantavirus. Pero sus más recientes agresiones verbales a un hombre de bien y a un digno luchador social como el presidente Luiz Inacio “Lula” da Silva traspasaron todos los límites y me impulsaron a escribir estas pocas líneas sobre el episodio y el personaje.
Ya sus imperdonables declaraciones cuando asistió a la Convención del Partido Liberal de Brasil que oficializó la candidatura de Flávio Bolsonaro reiteraron por enésima vez que la Argentina está gobernada por un sujeto que carece del más elemental sentido de la realidad. Se trata de alguien que se mueve en un revuelto mar de delirios y fantasías en el cual la distinción esencial entre verdad y mentira se desvanece por completo. Es una patología muy alarmante para el común de los mortales, pero gravísima cuando quien la padece es un jefe de Estado. A las huestes mileístas les parece normal que los presidentes se insulten y descalifiquen como lo hace Milei con Lula, con Pedro Sánchez, con Gustavo Petro, con Díaz Canel y, en general, con cualquier “zurdo de mierda”. Para el resto del mundo, no. En las relaciones internacionales, ni siquiera los jefes de Estado de países muy enfrentados se intercambian esa clase de improperios. A las acusaciones formuladas en esa ocasión: Lula, un “corrupto, ladrón, presidiario”, agregó ahora, que “no es inocente” y que si está en libertad es por una falla procesal. Esto ocurre porque Milei no tiene la menor idea de lo que significa ser presidente de una república y de las responsabilidades propias de ese cargo. Él no ha salido, ni nunca saldrá, del micromundo de esos paneles televisivos de cuarta que lo convirtieron en un fenómeno pintoresco y atractivo por las barbaridades que decía. O del coro indigno de pseudoperiodistas incapaces de formularle una pregunta de fondo o de repreguntar ante sus balbuceantes y fantasiosas respuestas.
Pero además, insultar a su colega brasileño significa una imperdonable falta de respeto con un país de fundamental importancia económica, política y geopolítica para la Argentina; un país con el cual la Argentina fundó el Mercosur, que comparten un proyecto de integración gasífera y con el que llegó a establecer un virtuoso nivel de interdependencia productiva. Una conducta lesiva para los intereses nacionales; pero si hay algo que Milei desconoce (aparte de las normas más elementales de la cortesía y la buena educación), son esos intereses porque en el raro y gaseoso mundo en que vive la nación no existen. Y el interés nacional, como la justicia social, son malignos inventos de los zurdos. Solo existen los mercados.
Con sus exabruptos Milei ha desprestigiado a este país como pocos presidentes lo han hecho, con salvedad de los de las dictaduras militares que con algunas intermitencias tomaron por asalto al gobierno entre 1930 y 1983. Con su brutal irrespeto de las normas éticas más elementales ha degradado como nadie antes el lenguaje de la política. El suyo es una jerga tumbera, violenta, agresiva, que lo empequeñece y humilla ante los ojos de casi todo el mundo (“¿quién es este tipo?”, dijo con fina ironía Lula, un estadista, para referirse al fantoche que lo insultó) y que además degrada a la institución presidencial y, por extensión, a las de la república. Sus insultos a diestra y siniestra habilitan a que hoy un ciudadano cualquiera pueda referirse a su presidente como “un facho de mierda”, cosa que habría sido impensable antes de la desgraciada irrupción de este troglodita en la vida política argentina. Si hoy tenemos menos gente que cree en la democracia es a causa de Milei y, ¡a no olvidarlo!, del círculo rojo de las grandes fortunas de este país y del extranjero que se benefician con sus políticas. Recordemos que fue él quien definió como su misión agrandar el bolsillo de los empresarios y destruir al Estado desde adentro.
En pos de un fantasioso equilibrio o superávit fiscal que se basa en el incumplimiento de sus obligaciones elementales como gobierno lo que ha hecho es recortar el gasto público en salud, y destruir al hospital público, lo que produce a diario la muerte de enfermos crónicos que no acceden a sus medicamentos, niños que no pueden ser atendidos, adultos mayores privados de sus remedios o tratamientos médicos a los que no pueden acceder por lo mísero de sus jubilaciones y pensiones; recortarlo también en educación pública, en ciencia e investigación, en las obras públicas imprescindibles para el crecimiento de la economía, en el combate a la pobreza, cuyas cifras oscilan violentamente en pocos días según el desequilibrio hormonal del presidente. Ha hecho públicas cifras ridículas de pobreza que revelan que este señor vive en otra galaxia: 29 % dijo en estos días. Una medición multidimensional de la pobreza, que no se reduzca tan solo a computar los ingresos de los hogares, sino que tome en cuenta el acceso a “un conjunto de derechos ambientales y habitacionales, de empleo, salud, educación o servicios” demuestra que en este país los pobres equivalen a un 67 % de la población.
Sin dudas, Milei ha sido el mayor empobrecedor serial de la Argentina moderna. Y si de verdad quiere terminar con la pobreza, que vaya a China, donde sí se acabó ella gracias a las políticas estatales concebidas y dirigidas por los “zurdos de mierda” del Partido Comunista Chino.
El energúmeno pendenciero que nos gobierna no tiene idea del mundo real. No habla con gente de carne y hueso, sino con los prosélitos que se mueven en su círculo más cercano. Miente sistemáticamente, como pocas veces he visto mentir a un jefe de Estado en mi vida, y cree sinceramente en sus mentiras. Decir que este es el gobierno que más ha hecho para avanzar en las negociaciones con el Reino Unido en torno a las Islas Malvinas es un disparate atómico. Podrá ser un admirador de Margaret Thatcher, pero eso no mueve ni un milímetro el amperímetro de la cuasibicentenaria ambición colonial inglesa sobre nuestras islas. Pensar que Trump exigirá a Londres que se siente a negociar sobre el tema con nuestro país es una soberana insensatez.
Decir que nuestra economía crece al 10 % en un país donde desde que gobierna Milei se cerraron 26.000 empresas -el 2 % de las cuales eran de gran tamaño- y el comercio, la construcción y la industria vienen en caída libre, con más de 250.000 nuevos desempleados y con cerca de dos tercios de la población empleada que dice “no llegar a fin de mes” con sus remuneraciones, es otra muestra de su total desconexión con la realidad. En suma, nuestro presidente, aparte de insultar a sus adversarios, confiesa, con sus afirmaciones, que no vive en la Argentina sino que se quedó varado en las divagaciones de Murray Rothbard o Friedrich von Hayek.
Mal podría terminar estas líneas sin hablar de la contracara internacional de la extrema crueldad con que Milei trata a sus compatriotas más débiles y vulnerables. Me refiero a su incondicional admiración por dos genocidas como Donald Trump y Benjamín Netanyahu. El primero, ordenando la ejecución extrajudicial de 221 personas asesinadas por el solo hecho de navegar en supuestas “narcolanchas”, tema ante el cual los tradicionales custodios de los valores de Occidente guardan cómplice silencio. No solo eso, tampoco los conmueve el criminal ataque militar sobre Venezuela y el secuestro del presidente legítimo Nicolás Maduro Moros, a quien materiales recientemente desclasificados por la CIA confirman como el ganador de la última elección presidencial.
Trump y Marco Rubio son también culpables del lento genocidio por goteo que están produciendo con el bloqueo integral a Cuba, privada de combustibles para la movilidad y el transporte, de insumos para sus antiguas centrales termoeléctricas, imposibilitada de recibir turistas y sometida esa isla, solidaria como ninguna, a una presión criminal, sin que nadie en este mundo tenga los atributos que le sobraban a Fidel para enviar un buque petrolero en auxilio del pueblo cubano desafiando la orden imperial. Pero Milei se declara admirador incondicional del otro gran genocida de nuestro tiempo: el premier israelí, implementando la limpieza étnica en la Franja de Gaza, disparando a niños y mujeres inermes, sin casa, sin agua, sin nada, atacando las ambulancias que acuden en socorro de las víctimas de la brutalidad sionista y haciendo gala de una cobardía sólo comparable a la que tenían los jerarcas y la tropa nazi durante el Holocausto. Un régimen neonazi incontenible, que ahora se arroja sobre el sur del Líbano, que también acomete en contra de la población de Cisjordania, robando tierras y quemando viviendas de los palestinos que allí viven. Milei se enorgullece de su afinidad con estos dos grandes criminales, lo que torna innecesaria abundar con más críticas hacia su persona.
Solo cabría agregar que aparte de sus desequilibrios mentales que lo llevan a insultar a un estadista como Lula se le agrega la estupidez: la Argentina fue junto con Estados Unidos e Israel uno de los tres únicos países de la Asamblea General de la ONU que se opuso a una resolución propuesta por Ghana declarando que el tráfico negrero transatlántico practicado durante tres siglos fue “el crimen de lesa humanidad más grave de la historia”.
Hubo 123 países que votaron a favor de esa resolución, 52 abstenciones -en buena parte las viejas potencias coloniales europeas y sus estados satélites- y sólo tres países que votaron en contra, entre ellos la Argentina. La obsesión de Milei de ser “el mayor besatraseros de Trump” en el mundo hizo que cometiera un error monumental: la causa Malvinas se ventilará en fecha próxima en el Comité de Descolonización de la ONU y en el cual la representación de los países africanos es predominante. Ojalá que puedan entender que el infame voto legitimando el comercio de esclavos fue el exabrupto de un sujeto que sólo por una funesta combinación de circunstancias llegó a la presidencia de este país y que de ninguna manera representa el sentir del pueblo argentino.
Compartir esta nota