En esta serie, hemos discutido cómo los precios de los bonos suben y bajan, predicen crisis, castigan errores y recompensan la credibilidad. Sin embargo, queda una pregunta persistente, quizás la más importante: ¿Por qué importa a la gente común? ¿Por qué debería importarle a un trabajador, una familia, un pequeño empresario o un estudiante algo que parece reservado para mercados distantes y pantallas especializadas? La respuesta es clara: el mercado de bonos influye silenciosamente en el costo de vida, la calidad de los servicios públicos y las oportunidades futuras de una sociedad.

Los bonos son la forma en que los gobiernos se financian cuando los ingresos son insuficientes. Es decir son hoy el instrumento de deuda más recorrido para financiar el déficit presupuestario

Cuando el precio de los bonos es alto (y el financiamiento es barato), el Estado tiene margen de acción. Cuando el precio cae (y el financiamiento se encarece), el ajuste tiende a ocurrir en la economía real.

Si bien los bonos se pagan vía el sistema financiero que administra el bono, y el dinero llega directamente a la cuenta del inversionista según el calendario del bono, debemos considerar que dado el impacto que estos provocan  socialmente estos se pagan en la calle.

Cuando los bonos de un país se deprecian, los rendimientos suben. Esa subida no se queda en el Estado: suben las tasas hipotecarias, se encarece el crédito para las MIPYMES, se restringe el financiamiento al consumo y entre otros, se desacelera la inversión y el empleo. Así las cosas, una señal negativa en el mercado de deuda termina afectando decisiones tan concretas como comprar una casa, abrir un negocio o financiar estudios.

El impacto de los bonos no es neutro. Cuando el financiamiento se encarece: los hogares de menores ingresos sufren más el ajuste, los servicios públicos se deterioran primero, el gasto social es el más vulnerable y la desigualdad tiende a profundizarse. Por eso, una mala lectura del mercado de bonos termina convirtiéndose en un problema de equidad, aunque el discurso público no siempre lo reconozca.

Una constante en muchas crisis es la negación inicial. Gobiernos que minimizan la caída de los bonos, que acusan conspiraciones externas o que desprecian al mercado terminan pagando un precio mayor. El bono no exige discursos ni conferencias: sencillamente ajusta el precio. Esa señal suele conducir a: ajustes más abruptos, recortes desordenados, pérdida de confianza social y deterioro institucional.

Desde una perspectiva ciudadana, el mercado de bonos puede entenderse como un termómetro de disciplina, coherencia y credibilidad. Este no mide  ideología, tampoco vota en elecciones,  ni opina en redes; sin embargo, evalúa si el Estado gasta con responsabilidad, si las reglas se respetan, si las instituciones funcionan o si el futuro es creíble.

El precio de un bono parece un dato frío, técnico y distante. Pero detrás de cada movimiento hay decisiones humanas, políticas públicas y consecuencias sociales. Cuando el bono sube, no siempre hay buenas noticias. Cuando el bono cae, no siempre es solo un problema financiero y esto ya lo hemos explicado en los artículos precedentes.

El verdadero doble filo está en que los mercados anticipan lo que la política a veces posterga, y lo hacen sin gradualismos ni consideraciones sociales. Por eso, comprender el comportamiento de los bonos no es solo una tarea para economistas o financistas. Es una herramienta de ciudadanía económica.

En ALC los bonos soberanos representan entre un 65% a un 70% de la deuda pública y el porcentaje en bono según su emisión varía según la calificación del país. Países con grado de inversión, es decir, el de mejor calificación crediticia paga entre un 4 a un 5% en cupón. Países de riesgos medio pagan entre 6 y 8% y  mientras más altos es el riesgos más tasas. El cupón de un bono soberano representa el costo contractual de la deuda; el rendimiento refleja el juicio del mercado sobre el riesgo del Estado.Esto significa que un país de alto riesgo, aparta de inconsistencias internas existentes, es una señal urgente de evitar ser penalizado por el mercado, ya que redundará en un daño a los ciudadanos, por el impacto que provoca y por la carta presupuestaria.

Tanto los cupones como los intereses de los demás instrumentos de deudas en América Latina y el Caribe, son una gran carga al presupuesto que limita el margen de libertar de los gobiernos para desarrollar sus políticas pública y promover el bienestar social de sus ciudadanos.

Históricamente, el uso creciente del endeudamiento en bono ha sido la forma de como en la región se sigue financiando el deficit fiscal o la forma en como en determinada época se ha enfrentado una situación de crisis. En este último caso consideremos la Crisis de la deuda (años 80), la del Tequila (1994–95) en méxico, la crisis asiática y rusa (1997–98), la crisis global (2008–09) y la pandemia COVID-19 (2020). Pero como podrán analizar en la mayoría de los casos se ha llegado a esta situación porque los gobiernos de la región no han enfrentado con suficiente responsabilidad los déficits fiscales.

Ramón Nicolás Jiménez Díaz

Economista y profesor

Ramón Nicolás Jiménez Díaz. Doctorado en Negocios Internacionales.. Maestría en Política Económica, con énfasis en Relaciones Internacionales. Maestría en Cumplimiento y Regulación Financiera. Economista, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Profesor Titular y Director de la Escuela de Economía. Facultad de Ciencias Económicas y Sociales – UASD. Conductor del programa de televisión: Retos y Desafíos, día a día con Nicolás Jiménez (Cine Visión Canal 19). Conferencista y consultor en temas de política económica, prevención del crimen financiero, integridad institucional y desarrollo. Áreas de Especialización: Negocios internacionales y comercio exterior. Cumplimiento normativo, gobernanza y prevención del lavado de activos. Macroeconomía aplicada y análisis de políticas públicas. Geoeconomía, riesgos globales y relaciones internacionales. rnjimenezdiaz55@Gmail.com

Ver más