Acercarse a Frank Rainieri es imantarse de algo raro. Te sale lo adulador que eres, lo seducido por tanto brillo, lo del tipo que siempre estará aferrado a un vaso de lo que sea aunque ya esté vacío y super caliente en cualquier fiesta mientras nadie le hace caso.
Me topé con Frank en Librería Cuesta. Como era natural, tuve que darle mis credenciales: que durante cinco años consecutivos nos habíamos dado unos tragos en la ITB, cuando yo trabajaba en la Embajada Dominicana. Le recordé lo más importante: “Frank”, le dije, con toda la confianza de algunos de sus amigos de colegio, “¿recuerdas tu respuesta cuando te pregunté por el momento más feliz en tu vida?” “No”, me contestó. “Oye: me dijiste que el momento más importante era a las diez de la mañana de los domingos, cuando podías meter un pedazo de pan en tu café de desayuno”. “Bueno”, fue su respuesta: “el médico me ha quitado las harinas y otras cosas”. Cuando quise responderle “que entonces había otros momentos felices” ya Don Frank Rainieri había sido arrebatado por algunos de los presentadores que lo esperaban, perdiéndose en la multitud, como si fuese una sardina que irá a parar a cualquier lata para cualquier rincón del cosmos.
Qué pena que Frank no pueda ya ser feliz como lo fue durante más de 70 años de su vida.
Pero así son las cosas. Todo tiene su tiempo, como nos recuerda El Eclesiastés. Puedes tenerlo todo, pero tu cuerpo ya no podrá degustar lo que te hizo feliz.
Compartir esta nota