Los amaneceres y atardeceres continuaron su rutina sin "soltar" una triste lágrima. No eras tan importante como creías y ahora, que te vas alejando, lo puedes ver todo.

Puedes ver cómo cada uno de nosotros tiene la capacidad de olvidar, con todo y las tormentas que dejaste al irte. Alguien terminará de mencionarte algún día y ese día será el día "oficial" de tu muerte.

El día que te fuiste también te llevaste tu silencio. Ese vacío natural que ocupamos y al que damos vida entre palabras y sonidos agolpados, o simplemente la mirada que habla más que la lengua.

Sentí un leve frío en la espalda, como si el peso se aligerara. Un extraño gozo agrio y amargo, pero gozo al fin, que chocaba con algún cristal que se rompía en mis adentros.

Así fue el día que te fuiste, caminando entre la niebla, y no sabía si eras ángel o demonio, solo una silueta difusa que no decía ni insinuaba nada. Yo alcancé el abrigo y me cubrí del frío, aunque el calor quemara por dentro.

Una ausencia más, pensaba, mientras el corazón dejaba sus latidos al aire, entre sones y boleros olvidados que, de extraña manera, retumbaban nuevamente en mis oídos.

Son tantas las despedidas que ya se hacen rutinarias e imprecisas. No dejan de asombrar al alma que "dicen" llevamos dentro, ese extraño y viejo conocido que termina por arrancarnos lo que somos.

Sin embargo, son cada vez más tristes las ausencias, porque uno tiene miedo a quedarse consigo mismo en un mundo que se va haciendo ajeno a lo que era. La soledad es la presencia de olvidos.

Pero el día que te fuiste, reconocí que estaba solo desde antes. Nadie dice mi nombre, y si me llaman no hay dulzor en la palabra. Un simple golpe de viento que no trae el fragor ni el abrazo de los principios.

Juzgué mal tu despedida. Pensé que encontraría los fantasmas y los días que perdí en tu compañía; sin embargo, no conté con el tiempo, que terminó por abrazarnos y lanzarnos a los abismos del silencio, donde todo se va muriendo.

Ese día, que te fuiste, me quedé varado entre lo que quise ser, lo que pensé que era y lo que en verdad soy.

Y aquí me tienes, parado en lo alto de la montaña como un Cristo con las manos abiertas, esperando el brutal golpe de clavos con que los hombres, con "sus leyes", suelen crucificar a los que luchan por su libertad sin pensar en los pecados. ¡Salud! Mínimo Fuistero.

Máximo Caminero

Artista

Máximo Caminero; artista plástico dominicano residente en La Florida. Su labor cultural navega ya por más de treinta años entre la pintura y las letras. Sus escritos tocan temas filosóficos, políticos, cotidianos, anecdóticos o como a él le gusta llamar “Todas Las Puertas”. Autor del libro “Patricio, Todas Las Puertas” novela existencialista con pinceladas de humor y realismo mágico.

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