Uno cree que envejecer trae ventajas, ¿no? Preferencia en la fila del banco y en el supermercado, descuentos en el cine, asiento en la guagua y en el Metro. ¿En la medicina? No, sigues siendo un jodido consumidor y te tratan igual.
El gobierno te dice: Oye, adulto mayor, tu licencia cuesta menos. Y uno sonríe, porque RD$1,250 suena mejor que RD$1,900. Claro que suena mejor. Pero nadie te dice el truco. Nadie te dice que ese "descuento" viene con trampa.
A mí, Etzel Báez, conductor con más de cincuenta años encima de este asfalto que me ha visto reír, sudar y maldecir, me tocó descubrirlo a la mala. Porque uno a los sesenta y cinco todavía se siente joven, todavía agarra un guía con ganas. Pero el papelito, ese desgraciado papelito que te autoriza a seguir rodando, te lo renuevan cada dos años. No cada cuatro como antes. Cada dos.
Hagamos cuentas, porque la vida es cuentas, aunque duelan, y más en Dominican Republic. En diez años, el conductor joven —el que no ha sentido la artrosis o la artritis agarrando el guía— paga tres renovaciones de RD$1,900 cada una. Yo, el viejito que ven calvo y de barba blanca, lentes y manos temblorosas, pago cinco renovaciones de RD$1,250.
¿Qué saqué? RD$550 de más. Cincuenta y cinco pesos por año. "Eso no es cuarto", dirán algunos. Pero dense una vuelta por el barrio y pregunten qué se compra con cincuenta y cinco pesos. Una leche. Unos huevos. La tercera parte de un frasco de pastillas para la presión para diez días.
Y eso sí, soy solo yo. Pero no soy solo yo. Somos alrededor de un millón como yo. Pero pongamos cien mil viejos manejando porque necesitamos llevar los nietos a la escuela, porque no hay quien nos lleve al médico, porque el transporte público es una ruleta rusa. Cien mil viejos que, sin saberlo, le regalamos al INTRANT cinco millones y medio de pesos extra cada año. En diez años: cincuenta y cinco millones. ¿Y ese dinero? ¿A dónde va?
No quiero malinterpretación. Entiendo que la vista se cansa, que los reflejos no son los mismos. No estoy pidiendo que me dejen manejar con noventa años como si fuera un Michael Schumacher. Pero sí pido justicia y, sobre todo, respeto. Si me cobran menos, que realmente pague menos. Si me obligan a ir cada dos años, que ese dinero extra que el Estado me saca se vea en algo para mí: exámenes médicos gratis, charlas de seguridad vial pensadas para los viejos, un puto descuento en el combustible. ¡Alguito!
Porque envejecer ya tiene su costo: la soledad, los achaques, el glaucoma, la degeneración macular asociada a la edad (DMAE), las cataratas, la retinopatía diabética y el edema macular diabético…, los amigos que se van yendo poco a poco. ¿Ahora también tengo que pagar más por el privilegio de seguir moviéndome e ir piamente a renovar cada dos años?
Quienes sean jóvenes o no tanto, piensen en sus padres, en sus abuelos. ¿De verdad les parece justo que la vejez tenga este precio oculto, disfrazado de descuento, y de molestar a envejecientes que apenas salimos a la calle a resolver cosas?
Yo, Etzel Báez, sigo manejando, y ahora en carrito eléctrico. Porque no me queda de otra. Pero cada vez que pongo la firma en la renovación, siento que también firmo un recibo de silencio. Un recibo que dice: Señor adulto mayor, usted paga de más por respirar.
Y eso, camaradas… eso sí que no tiene ni mamacita.
Nota: lo de Dominican Republic es por dos vainas: primero, por la propaganda barata de "non problema", como si aquí todo fuera Disneylandia tropical; y segundo, porque ya los nacidos y criados en este pedazo de isla sentimos que somos la periferia anexada de USA, versión beta, sin beneficios ni upgrade.
En resumen: nos venden el cuento de que "estamos en el mapa global"…, pero en la práctica seguimos siendo el barrio anexo del imperio, incluidos los duartistas.
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