La democracia interna no es un trámite estatutario, sino una práctica viva que define la salud de las organizaciones sociales. Cuando las asambleas deciden de verdad y el voluntariado tiene voz real, la gobernanza se convierte en una escuela silenciosa de ciudadanía.

La primera vez que participé en una asamblea verdaderamente abierta de una organización social, era muy joven. No ocupaba ninguna posición de liderazgo ni tenía una trayectoria destacada. Era, simplemente, un voluntario más. Recuerdo con claridad la sorpresa que me produjo descubrir que allí no todo estaba decidido de antemano: se debatían ideas, se cuestionaban propuestas, se votaba con opciones reales y cualquier miembro tenía la posibilidad de postularse para servir en los órganos de gobernanza.

Con el paso del tiempo entendí que esa experiencia, que entonces me pareció natural, no es tan común como debería en el mundo de las organizaciones sociales.

En el sector de las asociaciones sin fines de lucro hablamos con frecuencia de participación, ciudadanía y democracia. Son principios que promovemos hacia afuera, en comunidades, escuelas y espacios públicos. Sin embargo, puertas adentro, muchas organizaciones reproducen prácticas donde la participación se limita a cumplir con la forma: asambleas convocadas para validar decisiones ya tomadas, planchas cerradas, escaso margen para la deliberación real. Cumplir con el estatuto se vuelve el objetivo, aunque el espíritu democrático quede relegado.

La diferencia entre unas y otras no es menor. Hay asambleas que deciden y asambleas que solo confirman. Ambas pueden ser legales. Solo una es plenamente democrática.

Mi trayectoria dentro de organizaciones sociales estuvo profundamente marcada por haber conocido temprano espacios donde la democracia interna se practicaba con convicción. Asambleas donde el voluntariado tenía voz real, donde el liderazgo no se blindaba y donde postularse para servir no era visto como una amenaza, sino como una expresión legítima de compromiso. Esa vivencia no solo permitió mi crecimiento dentro de una organización, sino que moldeó mi comprensión de la gobernanza como un ejercicio de ciudadanía activa.

Conviene precisar algo importante. Las organizaciones no piensan ni deciden por sí solas. Son personas en posiciones de liderazgo quienes, a veces con buenas intenciones, pueden llegar a convencerse de que controlar quién accede a los órganos de gobernanza es una forma de proteger a la institución. Sin embargo, la experiencia demuestra que ese control excesivo suele tener costos altos.

Cuando la democracia interna se restringe, se pierde talento, porque muchas personas con vocación genuina optan por no exponerse a procesos cerrados. Se pierde legitimidad, porque la base social deja de sentirse representada. Y se pierde coherencia, porque resulta difícil promover participación ciudadana hacia afuera cuando, hacia adentro, el voluntariado apenas tiene incidencia real.

Esto es especialmente relevante en las asociaciones sin fines de lucro, donde el voluntariado no es un actor periférico, sino el corazón mismo de la organización. El cien por ciento de quienes las integran lo hacen desde una lógica de servicio. Cuando las asambleas son verdaderamente democráticas, ese voluntariado encuentra un espacio legítimo para ejercer su voz, no solo para ejecutar tareas, sino también para incidir en el rumbo institucional.

Hablar de democracia interna no implica asumir posiciones rígidas ni desconocer la diversidad de modelos de gobernanza existentes. No todas las personas que integran una junta directiva tienen que ser electas obligatoriamente por una asamblea general. Existen prácticas ampliamente utilizadas en la sociedad civil, tanto en la República Dominicana como en otros países, como los procesos de cooptación, mediante los cuales una junta directiva puede designar, bajo políticas y procedimientos claros, a personas que por su trayectoria, competencias o aporte estratégico pueden fortalecer el órgano de gobernanza.

De lo vivido y observado en distintos espacios de gobernanza, he llegado a la convicción de que una combinación saludable es aquella en la que la mayoría de los miembros de la junta directiva es electa por la asamblea, mientras una proporción menor, no más de un tercio, puede incorporarse por mecanismos de cooptación transparentes y bien regulados. Este equilibrio permite preservar la voz del voluntariado y, al mismo tiempo, incorporar capacidades específicas que la organización necesita.

Nada de esto es teoría abstracta. Hay abundante experiencia acumulada, dentro y fuera del país, que demuestra que abrir la gobernanza no conduce al caos, sino a organizaciones más vivas, más legítimas y más sostenibles. Lo que suele faltar no es el modelo, sino la disposición a confiar en los procesos y en las personas.

La gobernanza democrática incomoda. Obliga a escuchar, a ceder control y a aceptar la incertidumbre propia de toda decisión colectiva. Pero también es una escuela silenciosa de ciudadanía. Cada asamblea donde se debate de verdad, cada elección donde existen opciones reales, cada voluntario que siente que su voz cuenta, fortalece no solo a la organización, sino a la sociedad que esta busca transformar.

Tal vez sea un buen momento para que más entidades sociales se pregunten cómo están practicando su democracia interna. No como un trámite, sino como una convicción. Porque cuando las asambleas deciden de verdad, el voluntariado deja de ser solo fuerza de trabajo y se convierte en sujeto político dentro de la organización. Y ese cambio, aunque no siempre sea cómodo, es profundamente transformador.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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