Todo indica que FITUR, el magno acontecimiento del turismo internacional llevado a cabo en Madrid, se ha establecido como una peregrinación anual de la clase gobernante. Acuden, junto a voceros, comilitones y comelones, quienes de una manera u otra rigen nuestro país. La promoción del turismo dominicano es la actividad principal del conclave recién concluido, razón originaria del evento. Pero es mucho más que eso.
Detallando la asistencia al encuentro, a través de entrevistas, reportajes, comunicados de prensa, y actividades sociales, concluyo que es una semana de encuentros gozosos y fructíferos para quienes ¨cortan el bacalao¨; y vacaciones pagadas con roce extraoficial para comunicadores y periodistas. Tanto así, que algunos han pensado añadirle un inciso al nombre del evento: Peregrinación del poder. Algo a tener en cuenta…
Como es sabido, conforman la clase dirigente políticos, gobernantes, militares, empresarios, religiosas, intelectuales y medios de comunicación; elites que controlan las instituciones clave de una nación, gobiernan o influyen en la gobernanza. De acuerdo al renombrado sociólogo del siglo diecinueve George Mitchel, y otros académicos estudiosos del poder, es una minoría organizada de la cual depende la mayoría. Grupo de enorme influencia en el destino colectivo.
Precisamente, es esa enorme influencia la que supone ciertos deberes: guiar a la nación con integridad, legislar y ejecutar políticas que beneficien a todos, facilitar cambios favorables a la mayoría, mantener la armonía social y la estabilidad. Obligaciones de las cuales depende la salud de una democracia.
Esos deberes serían consustanciales a la multiplicación de capitales, búsqueda de nuevas oportunidades y a la defensa de sus intereses. Cuando ambos cometidos quedan equilibrados todos debemos celebrar y esa cúpula festejar en Europa o donde les venga en gana; incluso aquí si les acomoda. De paso, aprovechar y gratificar a sus colaboradores. Entonces, si parte de la fiesta de FITUR es un festejo a los deberes cumplidos, pues bendito sea.
Hasta aquí vamos bien y despreocupados. Pero sucede, y es preocupante, que se cuestiona el compromiso de la clase gobernante para con el resto. Se tiene por verdad que toman -con angurria y poca generosidad- más de lo que entregan. De ahí la razón por la cual la gente, a medida llegan las noticias del conclave de Madrid, frunzan el ceño. En lugar de alegrarse se molestan y critican.
En necesario cambiar esa percepción y lograr que los de aquí celebren con los de allá. Por eso, no es descabellado proponer que dediquen algunas tardes en la capital española a seminarios de reflexión; sentarse a pensar, saboreando chocolates con churros, acerca de los deberes que no se han cumplido. Un cuestionamiento grupal en el que no podría faltar lo advertido, en su brillante discurso de Davos, por el primer ministro canadiense Mark Carney. El veterano economista y hábil político llamó la atención sobre el cambio sufrido en el orden mundial y señaló: si no tenemos una gran política no seremos nada». Propone «construir algo mejor, más fuerte y más justo. ¨
De forma sencilla y concreta, quien se ha establecido como el principal contestatario internacional de Trump señala que el liderazgo democrático no puede seguir ignorando la realidad y postergando indispensables cambios estructurales, porque se arriesgan a perderlo todo.
Sugerencias y teorías aparte, está claro que mis compatriotas, al igual que yo, ven en FITUR –a pesar de lo provechoso que ha sido para la empresa turística- un encuentro que no les corresponde. Y no es que haya algo pecaminoso en esa espléndida reunión; el problema es que la gente no ve aliados en la clase gobernante.
Si llegasen a sentirse cómodos con esas elites, estoy seguro que en el futuro también celebrarán FITUR a través de la distancia; como cuando disfrutan unas finales de fútbol frente al televisor.
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