Poco es lo que hay que decir en nuestro medio para introducir este sonado caso, a pesar de las tres décadas transcurridas. Nos luce sin embargo que aún quedan importantes lecciones por derivar para mejor entender los hechos, despejando ciertas falsedades, y para poder quizás prevenir tragedias similares en el porvenir. Al momento de las investigaciones iniciales se nos solicitó servir como asesor adjunto de la comisión evaluadora oficial de tres peritos psiquiátricos-psicológicos por lo que tuvimos acceso oficial a los datos detallados del caso, comisión a la que los dos sujetos imputados (ambos ya mayores de edad) dieron entonces su franco consentimiento; como mis 3 colegas están hoy día muy poco (o francamente in-) accesibles, sentimos la responsabilidad de tomar aquí el relevo. Confesamos sin embargo con honestidad que no dominamos tan satisfactoriamente como quisiéramos todas las informaciones relevantes a este complejo caso de muchas aristas, y con muchos protagonistas intervinientes, pero aún así creemos firmemente poder aportar en este ensayo hipótesis y datos científicos de validez e importancia desde una perspectiva psico-criminológica.

De entrada queremos dejar muy claramente establecidas dos firmes actitudes detrás de nuestra motivación para plantearnos la presente tarea: primordialmente, que toda nuestra simpatía va dirigida hacia la persona que fue –y ya no pudo seguir siendo– el mozalbete José Rafael Llenas Aybar, la inocente víctima de este lamentable homicidio, y por extensión hacia todo su entorno familiar-afectivo (intentaremos hacer la descripción de los momentos mortales lo más fácticamente posible); y segundo, que al analizar las acciones de su principal victimario y primo-hermano Mario José Redondo Llenas no estamos juzgando a la persona que recién fue liberada de prisión al cumplir íntegramente su condena de 30 años (lapso que puede cambiar significativamente el modo de ser de una persona), a quien no conocemos, sino al joven estudiante universitario que conocimos en 1996 con sus amistades y ambiciones del momento quien tomó una terrible decisión que desvió irremediablemente el curso de su destino aparentemente ya bien trazado hasta entonces. En sus propias declaraciones públicas al cruzar el portón de salida del recinto carcelario él mismo reconoció la necesidad de una continuación del análisis científico de los hechos.

Dividiremos nuestras reflexiones en capítulos separados girando en torno a ciertas características relevantes del caso, intentando llegar en cada uno a conclusiones tan válidas como la cantidad de datos disponibles científicamente lo permita (o lo impida). Nuestro marco de referencia teórico-empírico es triple: el Psicoanálisis freudiano clásico (y sus derivaciones szondianas) que ha demostrado ser de significativa utilidad en la investigación criminológica; la psicología proyectiva que da sustento a los tests aplicados (Rorschach, Zulliger, Szondi: cf. Peralta, 2025); y los revolucionarios hallazgos de los perfiladores del equipo de la Unidad de Ciencia Conductual del FBI norteamericano (J. Douglas, R. Ressler, R. Hazelwood, et al.) a partir de sus precisas investigaciones con criminales violentos iniciadas hace aproximadamente medio siglo; las tres perspectivas coinciden constantemente en sus conclusiones, y las nuestras siempre se apoyarán en una(s) u otra(s) de estas bases psicológicas. Todo ello con miras a despejar el elemento de este crimen aún demasiado oscuro e impreciso: su motivo (Quezada, 2026; de los medios y la oportunidad no quedando ya dudas).

Como es sabido, los confesos e inexpertos asesinos fueron identificados mediante sólidas pistas y atrapados casi enseguida, confesando inmediatamente su culpabilidad y alegando que se trató de un intento fallido de secuestro del menor (a la evidencia pésimamente planeado) por el que pretendían exigir un rescate desproporcionado de 10 millones de pesos; al fallar mecánicamente el vehículo que los transportaba y ante la imposibilidad de trasladarlo (ya maltratado, inmovilizado con cinta en el baúl del mismo) al lugar escogido para retenerlo durante las negociaciones (una casa en Jarabacoa) Redondo decide quitarle la vida pues no había manera de que no lo denunciara (“no se iba a joder por nadie”): víctima y asesino eran todo lo opuesto a dos desconocidos sino primos-hermanos cuyas muy unidas familias residían por demás en apartamentos contiguos, y fue este último quien sugirió pedirle el permiso a la madre del primero (su tía política, esposa de su tío que es hermano carnal de su propia madre) para llevárselo de paseo en el vehículo. Ya desde este mismo inicio nos surge enseguida en mente una objeción lógica: si el secuestro hubiese resultado exitoso y este par de cómplices hubiese recibido el dinero completo del rescate, ¿no hubiesen confrontado al final el mismo problema de que el muchacho los identificaría al devolverlo a su familia? ¿O es que acaso su asesinato era desde el principio una decisión tomada?

Dejando este interrogante inicial momentáneamente de lado, en su revolucionario Manual Clasificatorio Criminal – 3ra edición (CCM-III, en Inglés: Douglas et al. 1992/2013, p. 118) los expertos del FBI dividen los crímenes homicidas en cuatro grandes categorías según su motivo subyacente: 1- el beneficio material (“empresa criminal”), 2- una causa personal conflictivo-agresiva, 3- la satisfacción de un instinto sexual desviado, o 4- una causa ideológica compartida por un grupo. Según lo confesado por los perpetradores en este caso se trataría pues muy claramente, al menos en apariencia, de un motivo de ambición económica (1ra categoría) detrás del rapto que terminó en el homicidio de José Rafael. Pero pasemos a nuestro propio análisis…

34 PUÑALADAS

Una de las características más impactantes del caso, y con sobrada razón, fue el hecho de la ejecución del jovencito inmovilizado por parte de su primo Mario Redondo inflingiéndole una cantidad de heridas punzopenetrantes (apuñalamientos, esencialmente por la espalda) hasta llegar a 34 en número, obviamente muchas más de las estrictamente necesarias para provocarle la muerte. Desde el punto de vista conductual a este tipo particular de homicidio se le califica como ‘rematar en exceso’ o ‘con saña’ (overkill en Inglés; el cómplice –y testigo– Juan Manuel Moliné declaró que en ese momento “él se puso como loco… Mario estaba muy desenfrenado”), y puede revelar aspectos esenciales de la naturaleza del crimen y/o del perpetrador. Un excelente ejemplo de ello (a pesar de las deficiencias en el sometimiento penal) lo es el icónico caso del asesinato Brown-Goldman por parte del famoso exjugador de la NFL O. J. Simpson en Los Angeles en 1994: según lo analiza el legendario Mindhunter John Douglas (& Olshaker, 2019)…

Un agresor que mata a alguien cercano a él habitualmente está motivado por un gran sentimiento de traición percibida, venganza, o rabia, con frecuencia avivado por celos e indignación [como Caín a su hermano Abel, mito modelo retomado por Szondi]. Esto lo vimos con el caso de O. J. Simpson, en el asesinato de su exesposa Nicole Brown Simpson y su amigo Ronald Goldman. En una situación como ésta, esperaríamos ver evidencia conductual de ‘ensañamiento’ [overkill]–mucho más daño y más violencia a la víctima de la necesaria para causar la muerte. Un patrón conductual típico de ensañamiento son múltiples heridas punzantes de patrón ajustado en el cuello o pecho, y daño severo al rostro. Es un asesinato en el cual la meta primaria es el castigo avivado por la ira. Ron Goldman sólo se presentó en el momento y lugar equivocados [a devolver unos lentes, aunque Simpson probablemente creyó que se trataba de una cita romántica]. Simpson no tenía cuenta alguna con él más allá de neutralizar una amenaza inesperada. Nicole fue la elegida para el violento castigo” (p. 160; nuestra traducción, negritas añadidas) pues Simpson sufría de posesivos celos machistas a pesar del divorcio dos años antes y del hecho de ya tener otra pareja propia. Por esos celos ella fue encontrada además con el cuello prácticamente cercenado por un salvaje corte final (para el análisis conductual completo de este caso ver de los mismos autores: 1997 cap. 12, particularmente la p. 341). En el caso de José Rafael la última y decisiva estocada punzocortante fue también dirigida precisamente al cuello.

Este preciso análisis por parte de un consumado experto en la materia nos plantea entonces una nueva alternativa: ¿Se encuentra verdaderamente detrás de nuestro asesinato el confesado motivo de ambición material (dinero) como alegaron los convictos, o más bien el de un conflicto personal oculto (rabia, venganza… tras las 34 puñaladas) según los parámetros del CCM? Estudiando los hechos registrados encontramos muy inverosímil que su primito haya podido generar él mismo tal furor en su verdugo, pero por supuesto que dicho odio puede haber sido desplazado sobre él desde otra persona según el mecanismo descrito por el Psicoanálisis. Si no se trata de un feminicidio por la (ex)pareja como en el caso Simpson, típicamente el objeto de ese desdén suele ser una figura de autoridad que el sujeto experimenta (objetiva o subjetivamente) como aplastante, que lo interpela y coarta, una figura paterna ‘castrante’ por ejemplo (no necesariamente su padre como tal). Una hipótesis prometedora es si en su mente Redondo colocaba a su tío Llenas (padre del jovencito, por tanto sufriente por él) en ese rol: no conocemos lo suficiente de esta dinámica familiar para confirmarlo, pero sí sabemos que efectivamente existían diferencias de importancia entre sobrino y tío al punto de distanciarlos por todo un año antes del homicidio (Lora, 1998). ¿Acaso el victimario con su confesado materialismo envidiaba un estatus económico sentido por él como significativa e injustamente superior al suyo en la vecina familia Llenas Aybar? Ello podría cuadrar, pero no queremos forzar hechos ignorados a la teoría. Sin embargo una breve declaración inicial del mismo Redondo (luego indebidamente relegada por las nuevas ‘teorías’ que fueron predominando) parece confirmarlo: “Yo tenía ciertos resentimientos porque yo sentía que su papá [del menor] –su tío– había engañado a mi mamá… con unas propiedades que son [eran] de mi abuelo… Llenas” (Fernández, 1996). Volveremos a este incisivo punto más adelante.

A propósito, un dato sumamente interesante es que estos afectos ‘groseros’ de los que hablaba explícitamente Douglas en la cita anterior (en negritas), y a los que alude indirectamente el CCM cuando plantea el 2do motivo o ‘causa personal’ conflictiva, pasional tras ciertos homicidios (‘domésticos’ por diferencias intrafamiliares tipo Caín-Abel, o en medio de airadas discusiones, o el matar a una autoridad como en el mítico parricidio de Edipo, o literalmente por ‘venganza’ o ‘extremismo’ incluso religioso, o a contrario por piedad o afectos similares…), son exactamente los mismos que Szondi (1969/1975, pp. 9-19) asoció al instinto de matar que llamó “paroxismal” y que explotan con el furor de una crisis aguda irrefrenable: ¡tal como Moliné describió el insaciable apuñalamiento por Redondo! Y el diagnóstico instintivo-experimental szondiano del caso así parece confirmarlo: no que Redondo mostrara un perfil homicida pasional (‘caínico’) unos 4 meses después del crimen cuando fue finalmente evaluado por la comisión, pero sí a posteriori uno reactivo exagerada y desequilibradamente redencionista (sufrida culpabilidad, infame vergüenza, expiación forzada: P +!O en 1er plano, O−!! en el trasfondo, siendo esto último típico de los criminales ya en prisión; este vector instintivo se reveló como el más disociado de todos en sus componentes); en las palabras de uno de los colegas evaluadores en el informe del peritaje “…al ser confrontado con la parte más dura de los hechos, cierra fuerte los puños, golpea el escritorio, aprieta los músculos de la cara, la apoya entre los puños, el rostro se enrojece y los ojos se humedecen; expresa que no debió dejar que pasaran esas cosas, pero, aún así, parece más bien una intelectualización, no una auténtica reacción emocional” (cursivas añadidas).

En esta misma línea de confrontación de dos alternativas motivacionales sugeridas por los hechos de nuestro caso, el CCM nos proporciona guías conductuales adicionales:

“Resultados forenses que no cuadran con el [tipo de] crimen deberían motivar al investigador a pensar en un montaje. La presencia de una agresión de tipo [causa-]personal… cuando el motivo inicial de la ofensa parecía ser por beneficio material debería despertar sospecha. Este tipo de agresión también incluye… trauma excesivo más allá del necesario para causar la muerte (overkill). Por lo general, mientras más evidencia haya de rematar excesivo, más cercana es la relación entre la víctima y el agresor.

“Los homicidios sexuales y los domésticos [o intrafamiliares] muestran hallazgos forenses de este tipo: una agresión a corta distancia, personalizada. La víctima (no dinero o bienes) es el foco primario del agresor. Este tipo de agresor con frecuencia intenta hacer un montaje para que un homicidio sexual o doméstico parezca motivado como empresa criminal… habitualmente el agresor por empresa criminal prefiere una muerte rápida y limpia que reduzca el tiempo en la escena” (Douglas et al. 1992/2013, cap. 2 Forensic Red Flags; nuestra traducción, cursivas añadidas);

sin embargo y siendo objetivos, el mismo Manual da espacio para otra interpretación al tocar el tema de las dificultades para la justa calificación del hecho como ‘odioso, atroz, y cruel’: “Mientras las cortes han sostenido la distinción de los crímenes por su severidad, algunos desafíos confunden a la justicia en esta tarea. Cualquier acto de matar, se podría argumentar, es emocionalmente doloroso para la víctima. O considérense los casos que reflejan rematar excesivo; quizás los mismos involucran a un agresor ingenuo [inexperto] en cuanto a qué tan pronto matan estocadas que son letales. El asesino no es un médico legista, y puede dejar una escena del crimen de overkill que por tanto sugiere un crimen odioso en comparación a otros” (op. cit., p. 97). De acuerdo, nos inclinamos ante la insuperable experiencia de los autores del manual; pero aún así el hecho de abusar terminando por matar, y rematar, a su propio primito más que cercano con tal malicia e insensibilidad hacia sus padres (próxima sección), con la alegada meta final de hacerse rico, inclina demasiado la balanza en el sentido anterior para nosotros a pesar de su inexperiencia: un motivo pasional personal predominante.

Alberto A. Peralta

Psicólogo clínico

Psicólogo Clínico, Psicoanalista, Perito Forense, especialista en evaluación psicológica proyectiva. Doctorado en Bélgica, creador y 1er Director de la carrera de Psicología PUCMM, miembro Academia de Ciencias de R.D., en práctica privada (Psicociencia) con decenas de publicaciones nacionales e internacionales en 3 idiomas sobre la evaluación proyectiva (incluyendo su libro 'Retorno a Rorschach': Paris 2022, Buenos Aires 2025).

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