Este último mes, el calor se siente como fuego. No hay brisa ni nubes, solo sol. Al leer las noticias internacionales, vemos países con una gran cantidad de personas en estado de gravedad, incluso fallecidos, debido a la ola de calor.

Pienso que es hora de dejar de tratar el calor como un tema puramente meteorológico. Ese reporte que escuchamos sobre grados y humedad se ha quedado corto. La realidad es que el calor ha dejado de ser un fenómeno atmosférico para convertirse en el gran protagonista de nuestras vidas: un reorganizador de nuestro comportamiento, un administrador —a veces tirano— de nuestra paciencia y, en los días más pesados, dictador emocional al que todos terminamos obedeciendo sin querer.

En nuestros hogares, el calor se comporta como un jefe. El sol, que este año parece tenernos un rencor personal, nos ha obligado a hacer cambios en las rutinas. Gastamos más agua, acumulamos más ropa sucia y la logística doméstica se vuelve una carrera de obstáculos. De repente, nuestra casa se siente como un reality show donde la tensión está a flor de piel.

Hace unos días compré unos pepinos, los coloque en el compartimiento para vegetales de la nevera y se marchitaron como flores; aún lo entiendo, llegué a la conclusión de que la nevera hizo un pacto con el sol para dañar la comida más rápido. Y mejor ni hablar de la factura eléctrica: esta llega a niveles que nos hacen pensar dos veces si encendemos o no una bombilla, nos cuestionamos si están cobrando hasta la luz divina. Ante esto, el aire acondicionado se vuelve un objeto de deseo, casi un lujo que solo nos permitimos a cuentagotas. Si Buñuel estuviera entre nosotros, tendría material para tremenda película.

La situación empeora cuando añadimos la sensación de asfixia globalizada. El polvo del Sahara, ese turista que visita el Caribe y otras zonas cada año, llega sin invitación para traernos problemas respiratorios. Ni hablemos del humo de los incendios forestales, que se cuela en nuestros pulmones recordándonos que, aunque estemos en casa, el mundo exterior siempre encuentra la forma de entrar. Este año hubo un invitado especial: el humo proveniente del Canadá. Respirar, en estos días, se siente como un esfuerzo adicional.

Pero lo más serio, y lo que realmente debería preocuparnos, es el efecto que todo esto tiene en nuestra capacidad de convivir. Durante años, creímos que el aumento de la violencia con el calor era solo un mito urbano o una superstición. Sin embargo, las estadísticas confirman lo que muchos hemos sentido en el tráfico o en la fila del supermercado: no existe un número mágico, pero sí una tendencia clara. Cada grado que sube el termómetro, sube también nuestra irritabilidad. La paciencia se vuelve un recurso escaso y, lamentablemente, las estadísticas en países como EE.UU. nos muestran que el estrés térmico desborda nuestro autocontrol, traduciéndose en conflictos reales.

Es el momento de dejar de ver el calor como un fenómeno pasajero que se soluciona con un abanico. Necesitamos entender que estamos ante una variable crítica de nuestra salud mental, del cuerpo en general, y por supuesto, la social. El calor, efectivamente, derrite nuestra paciencia colectiva. El cambio climático no es solo una preocupación para el futuro. Ya está sentado en nuestra mesa. 

Merliz Rocio Lizardo Guzmán

Aprendiz de la conducta humana. Merliz Rocío Lizardo Guzmán. Hija del escritor y profesor universitario Luis F. Lizardo Lasocè y de la doctora en medicina Idaliz Guzmán Suárez. Licenciada en psicología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, con estudios relacionados en la Universidad de NYU y Hackensack, New Jersey donde cursó estudios en PTSD, además, Maestría en Sexualidad Humana. Actualmente es Profesora, por más 15 años en el área de psicología de la UASD y Terapeuta del Hospital Marcelino Vélez Santana. Asesora de estrategia de Marketing empresarial de grandes empresas nacionales y multinacionales.

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