El 15 de septiembre de 1974, con apenas veinte años y la convicción juvenil de que la justicia siempre triunfa, conocí por primera vez una cárcel. Aquel día, bajo un cielo gris y sofocante, comprendí que bajo regímenes autoritarios la justicia suele llegar esposada.
Me dirigí a las oficinas de la Central General de Trabajadores (CGT) para marchar en defensa de los empleados cancelados de la Refinería Dominicana de Petróleo. Su único delito: organizar un sindicato. Nuestra consigna era pacífica: «Libertad sindical y aumento salarial». Sin embargo, nunca llegamos a recorrer las calles.
Al intentar avanzar, un férreo cerco policial nos interceptó. Sin mediar palabra, el aire se llenó de disparos, bombas lacrimógenas y una represión desmedida. Cuarenta y un dirigentes fuimos detenidos, incluyendo a veteranos como Francisco Antonio Santos y al joven periodista José Rafael Vargas, quien recibió un brutal culatazo simplemente por identificarse como prensa.
A los detenidos nos embutieron en un vehículo diseñado para ocho personas. Éramos más de cuarenta hombres, una sola masa comprimida por el miedo y la impotencia. Mientras los agentes intentaban forzar la puerta para cerrarla, un teniente ordenó con frialdad: «Al que no quepa… mátenlo». Medio siglo después, esa sentencia sigue resonando en mí.
Fuimos trasladados al Palacio de la Policía Nacional y arrojados a un foso hediondo, cubierto de orina. Al día siguiente pasamos a la cárcel preventiva del Ensanche La Fe. Allí, veintiuno de nosotros fuimos privados de libertad durante nueve agónicos días, sin haber cometido delito alguno. Esas fueron mis primeras ergástulas bajo el régimen balaguerista, pero no serían las últimas en mi vida sindical.
A pesar del trauma, lo que más recuerdo de aquella primera vez no son los golpes ni el miedo, sino la infinita sabiduría de mi madre, Esperanza Valdivia. Esa mañana dominical, con su insondable intuición maternal, presintió que la jornada no terminaría bien. Me puso en las manos un pedazo de arepa de maíz y una taza de chocolate. Con la prisa de la huelga, quise marcharme sin desayunar, pero ella se plantó frente a mí: «Cómetelo, que tú no sabes cuándo vas a volver a comer».
Ese fue mi único alimento. Gracias a ese bocado, mi cuerpo resistió, pues no volví a probar comida ni agua hasta la tarde del lunes, cuando nuestras familias lograron ubicarnos. Es un testimonio íntimo sobre el alto precio que muchos pagamos para forjar la democracia dominicana.
Días tras ser liberado, fui enviado de vuelta al destacamento para reclamar documentos incautados y 7,000 pesos robados al sindicato. Aunque me expuse enormemente a ser encarcelado de nuevo, el destino fue benévolo: devolvieron unos folletos prometiendo investigar el robo. El dinero jamás apareció, pero aquella audacia juvenil reafirmó nuestro compromiso con la CGT.
Esa primera madrugada de encierro la pasé en vela, tarareando mentalmente a Ramón Leonardo: «No es cierto, señor gobierno, que una idea pueda estar presa». Y es verdad. Mis ideas no se asfixiaron en prisión; germinaron, convirtiéndose en el motor vitalicio de mi lucha por la libertad y el progreso social.
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