En el marco de la actual Consulta Nacional para el Futuro de la Educación Dominicana, el debate se ha centrado comprensiblemente en la calidad, la infraestructura, la tecnología y la gobernanza. Sin embargo, existe una dimensión vital que corre el riesgo de ser tratada como un complemento opcional en lugar de un pilar fundamental: la integración sistémica de la cultura y la formación artística en todas las etapas de la trayectoria educativa.
La educación, en su sentido más profundo, es el vehículo por excelencia para la transmisión de la cultura y el fortalecimiento de la identidad colectiva, un proceso que requiere trascender los muros del aula y convertirse en un compromiso de toda la sociedad. Formar personas capaces de crear y de cuestionar no es un lujo que el país pueda posponer. Es la condición para que cada generación herede su cultura sin quedar atrapada en ella, y la rehaga a su manera. A través de este proceso educativo, las sociedades no solo preservan sus valores, tradiciones y cosmovisiones, sino que permiten que cada generación enriquezca su identidad y la adapte a los desafíos contemporáneos. La escuela, al formalizar los elementos simbólicos que definen a nuestra comunidad, asegura la continuidad del patrimonio cultural al tiempo que fomenta la capacidad de los estudiantes para navegar entre la tradición y la innovación.
Es pertinente recordar que nuestra institucionalidad no ha sido ajena a esta visión. La Ley General de Educación 66-97, en su génesis, contemplaba la unidad orgánica de la entonces Secretaría de Estado de Educación y Cultura. Esta unión no era fortuita, pues reconocía que no existe formación de calidad si no está impregnada de los valores que nos definen. El desafío actual no radica en crear nuevas estructuras legislativas, sino en articular con eficacia lo que ya poseemos —como el subsistema de formación artística especializada, la educación artística curricular y la modalidad en artes— y elevarlo a una política de Estado que garantice este derecho humano desde la primera infancia hasta la educación superior.
Para alcanzar esta meta, el sistema educativo debe transformarse en un ecosistema abierto. Una escuela encerrada en sus muros enseña la mitad de lo que podría. Cuando el barrio, la casa y los espacios culturales cercanos entran al aprendizaje, la escuela deja de ser un edificio y pasa a ser parte de la vida cultural del lugar. Esto exige la participación de todos los actores: las familias, como el primer núcleo cultural que garantiza que los valores aprendidos tengan eco en el entorno cotidiano; las organizaciones vecinales y sociales, que ofrecen contextos de aplicación real; y el sector público y privado, cuyo apoyo es indispensable para democratizar el acceso a los recursos culturales y tecnológicos.
El rol del sector artístico es insustituible en esta tarea. Se requiere una integración profunda entre el Ministerio de Educación, el Ministerio de Cultura y los gestores independientes para que el arte deje de ser una actividad aislada y se convierta en un eje transversal de todas las disciplinas. Debemos fomentar mentorías territoriales donde los creadores locales trabajen mano a mano con los docentes, y promover el uso compartido de espacios culturales y comunitarios para la formación formal. Un convenio marco Educación–Cultura que habilite a cualquier escuela a usar el teatro, la casa de cultura o el museo municipal más cercano dentro del horario lectivo, con transporte cubierto.
El futuro de la educación dominicana no se medirá únicamente por los resultados en pruebas estandarizadas, también en cuántas escuelas tienen convenio activo, cuántas horas de mentoría se impartieron, cuántos estudiantes accedieron a un espacio cultural, y como resultado por la capacidad de nuestros egresados de pensar con creatividad, sentir con empatía y actuar con una identidad profundamente arraigada.
Apostar por el arte y la cultura es apostar por un país más justo e innovador. La Consulta Nacional representa una oportunidad histórica para que el arte deje de ser el hermano pobre del sistema y ocupe su lugar central en la formación de los ciudadanos que el siglo XXI demanda.
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