La validación lógica de un argumento es sostenible por la vía progresiva de la formación discursiva. El entramado histórico y simbólico exige el pronunciamiento por medio de las denominaciones intelectuales y conceptuales. La ilustración filosófica admite la dialéctica de las formas lingüísticas a través del sujeto de la cultura, puesto que él mismo se manifiesta en el campo de los significados éticos, científicos y sociológicos, trabajando con fórmulas y pruebas críticas que pronuncian una advertencia y una teoría del interés manifestativo del sujeto.
Tanto la estructura simbólica de la situación comunicativa, como el discurso del signo, se convierten en portadores de significados activos en la dinámica de la acción, entendiendo la tentativa histórica como una totalidad crítica y epistémica. El tipo de pensar anclado en la lógica de la argumentación, hace viable la transparencia del proceso demostrativo de la sociedad, que admite la consideración semántica en tanto que verdad de un mundo socializado por sus actos de habla y enunciados (Austin 1962, Searle 1969 y Ducrot, 1980) en un proceso ininterrumpido de teoría y praxis.
Pero ¿qué es en este sentido una formación discursiva? El antecedente de toda crítica de la racionalidad y el fundamento para una ciencia crítica del lenguaje. A partir de una teoría de los actos enunciativos podríamos señalar la mostración y el uso de los significantes simbólicos y culturales. Entendemos que la tradición del uso lingüístico obedece también a una teoría de la relatividad lingüística particularmente extendida en el movimiento de una nueva teoría del lenguaje y de las acciones discursivas. La intuición pragmática del lenguaje admite las más variadas opiniones sobre la relación lenguaje/praxis. Así, Habermas escribe: "El lenguaje de la praxis cotidiana se enfrenta a otras limitaciones distinta de la resolución de problemas y la apertura innovadora del mundo correspondiente al uso lingüístico especializado de la teoría y del arte" (J. Habermas, Ensayos Políticos, Ed. Península, Barcelona, 1988, p. 194).
En efecto, el trayecto de los actos enunciativos y sus correspondientes inscripciones es la lectura y la crítica del discurso dinámico y especializado. El soporte de la inscripción discursiva es la formación ideológica y las prácticas epistemológicas del lenguaje y el conocimiento. El Universo de discurso revela una semántica de los actos de habla y sus efectos de evidencia simbólica.
En este sentido, Habermas agrega: "Un enunciado es válido cuando se han cumplido sus condiciones de validez. Ahora bien, como ya se ha dicho, el cumplimiento o incumplimiento de las condiciones de validez únicamente puede determinarse con la ayuda de la realización discursiva de la correspondiente pretensión de validez. Por esta razón es necesario explicar el sentido del cumplimiento de las correspondientes condiciones de validez en función del procedimiento de realización de las correspondientes pretensiones de validez. La teoría del discurso de la verdad emprende este intento de procesamiento en la medida en que se vale de conceptos, de un presupuesto pragmático universal para la introducción discursiva de un acuerdo racionalmente motivado acerca de lo que significa realizar una pretensión de validez. Esta teoría de la verdad sólo proporciona una explicación del significado, no proporciona criterio alguno. Al mismo tiempo socava sin más la distinción clara entre significado y criterio". (op. cit. p.195).
Se puede confirmar en Habermas (1988, p.196) el siguiente argumento sobre la teoría discursiva de la verdad como formación intelectual significante: "La teoría discursiva de la verdad aspira únicamente a reconstruir un conocimiento intuitivo del sentido de las pretensiones universales de validez de las que dispone cada hablante competente. La situación ideal de habla es una expresión quizá demasiado concreta para la cantidad de presupuestos comunicativos universales e imprescindibles que tiene que respetar todo sujeto capaz de hablar y de actuar si quiere participar seriamente en una argumentación". (Ibídem, p.196).
Toda la problemática del lenguaje y sus correspondientes formaciones está anclada en la realidad cotidiana de los actos de habla y la cotidianidad misma. Hablar y actuar son operaciones argumentativas y demostrativas de una lógica de lo social. Ciertamente esta lógica promueve una dinámica de las formas cuyo límite es la relación pensamiento lenguaje/pensamiento/realidad. La reconstrucción del conocimiento intuitivo provoca también una reconstrucción epistémica del sentido crítico de la realidad y del entorno. ¿Recesividad epistémica? El hablar de los sujetos en un contexto comunitario domina la escena de lo social y sus traductores se convierten en agentes de mediación y representación de lo dicho y lo escrito. Alcanzar la situación de habla no es necesariamente lograr la situación ideal de habla que en este caso sería la instauración plena del sentido.
En efecto, la perspectiva lógico-semántica del lenguaje cotidiano se construye en la interpretación y la sustitución. Si la primera tiene su anclaje en el decir oral y el decir escrito, la segunda es su complemento semántico y pragmático. Interpretar un enunciado es la operación semiótica mediante la cual el mundo construido a través de la relación intersigníca, admite la opinión (doxa) del intérprete. Dicha operación fundada en el ónoma y la crisis es indicadora de un tema y un rhema, ambos conocidos a partir de la tradición simiótica aristotélica.
Sustituir un enunciado (como segunda operación) implica verificar su sistema de verdad y su función dentro de la actualización epistemológica. Las metáforas del conocimiento cualifican y permanecen en la determinabilidad de la interpretación, revelando en su movimiento la actitud sintética y nomotética de la actuación sujetal. Tanto como sustitución y legibilidad de opinión, la sustitución opera, sistemáticamente de la ciencia empírica y formal del lenguaje.
Dentro del análisis de las formaciones discursivas, el conjunto llamado escritura y sociedad despierta un interés especial, dado que sus funciones determinan un orden de selección, adopción conjunción, presentación, lectura y consenso. Este conjunto crea en la historicidad algunas dificultades cuando sus movimientos y razones producen algunas opacidades del significado. De ahí que una semántica lógica de términos tendría su determinabilidad evaluativa para las soluciones propias de la relación ideología y lenguaje en el contexto de las formaciones sociales.
El telos epistémico y la razón crítica se originan en la práctica o proceso de contradictoriedad o "conflicto de las interpretaciones" según Ricoeur, para asegurar la productividad nocional en el metalenguaje científico. La verdad consensual y la inexpugnabilidad del trámite conceptual, garantizan un estado definicional de los complejos ideacionales que se motivan fundada en el consenso. El problema de la autoridad epistemológica según Bochesnsky (1979, pp.44-75 y passim.), recorre toda una tradición de enunciados sobre el saber y las prácticas del significado. Pues lo que el pensamiento filosófico intenta revelar es la esencia y la forma manifestativas del lenguaje teórico y práctico. La legibilidad y la pertinencia de los enunciados científicos se articula en la subjetividad del lenguaje cotidiano.
La intersubjetividad promovida aquí tiene el texto redactado y corregido de la imagen: cualitativamente como espacio, donde los sujetos piensan y deciden a través de sus enunciados, es el lugar de las asimetrías, temas y contraejemplos, así como de verificarse en el transporte de significado que presenta el signo político e ideológico. Para que dicho signo sea funcional, el lector o selector debe participar (y de hecho participa) de toda una práctica de exégesis y sustitución cuyo punto fuerte es el metalenguaje de la lectura textual, así como la manipulación entendida en el orden autoritario de la ideología y el postulado científico.
El concepto de autoridad que emana del lenguaje del poder tiene su fundamento en la voluntad del poder y la racionalidad política, que responde a un tipo de formación ideológica y discursiva cuya marca-huella se inscribe en la relevancia lingüística. El vocabulario político será en este sentido el espacio construido por la legibilidad y la legalidad del aparato de poder creando las condiciones de manipulación y uso en los límites de la función política emergente.
Por supuesto, la formación discursiva admite el fundamento de la representación y la antirrepresentación, en tanto que estos significantes pueden interpretarse en el ritual de las formas políticas y simbólicas de la sociedad. Un ejemplo de esto es el diálogo, el llamado a diálogo, el acuerdo y el pacto utilizado por el Estado a los Estados intervencionistas. La representación es el espacio de estas formas históricas y burocráticas. A éstas se oponen los términos siguientes: de la antirrepresentación: Paro-huelga, huelga-negación del Estado impuesto, espacio de la posibilidad, Golpe de estado-sustitución material del gobierno, no del Estado utopía: Tiempo de la esperanza y la ejecución de las idealidades, etc.
El vocabulario político se conoce en una analítica del significante que hemos propuesto en, Odalis G. Pérez (1986 a, 1987a, 1987b, y 1989a). Las formas históricas de lo político se instauran en el orden de las publicaciones y la publicidad, pues estas actuaciones constituyen el recurso accional y segmental de la representación y la anti-representación que se produce con el ritual simbólico, así como la huella de la socialidad y el signo. La estructura simbólica de la sociedad tiene su fundamento en la estructura simbólica del poder, en el sentido de Harry Pross: Estructura simbólica del poder, Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 1980. Las formaciones discursivas e ideológicas integran su movimiento en el sujeto y la semiosis social, siendo así que la estructura de la persona jurídica representa la seguridad histórica de la lengua y el significado del discurso.
Compartir esta nota
