Habitamos un espacio, un dilema, un tiempo de unidad invariablemente segura, tierna, caliente, sin contaminación y con conciencia cósmica de sentidos agudos. Todo lo exterior es amplificado y excitante. Las madres lo percibimos desde nuestro ser, intuyendo que las mismas son las manifestaciones sentidas del propio feto, atento al mundo que le tocará.
Cuando el nacimiento se produce, este ser consciente de sentidos desarrolla sus instintos, que aparecen como por arte de magia. Son perfectos mecanismos automáticos de supervivencia. Sabemos oler, chupar, sonreír, manipular, gritar y llorar. Todo un sistema que activa la razón, que en algún momento percibiremos; luego se asomará la conciencia del presente y nos daremos cuenta de que existimos.
Mientras a mamá le asalta y aprende maneras ancestrales de usos e interpretaciones automáticas, con decisiones precisas en momentos determinados, el bebé toma de ella solo lo que necesita para su conservación y supervivencia. Allí es donde se marca la diferencia entre el amor maternal y el amor condicional de la cría. Son dos situaciones muy distintas del ser y, por eso, nuestro apego depende del rol en el que nos coloca el ejercicio de la vida: cuando somos padres o cuando somos hijos.
La madre, a mi juicio, ha de ser el dios real en este universo de la Tierra. Solo la mujer crea la humanidad; sin ella y su útero es imposible el ser humano en nuestro planeta. Pero, además, su cuidado, su entrega neonatal y el misterio de la intuición maternal, sin preparación ni estudios previos, la hacen merecedora de esta distinción de diosa que todo lo puede.
Solo ella sabe de necesidades, peligros, deseos, lenguajes y señales, y del amor más puro e inagotable de la especie humana y del reino animal. La comunicación más intensa que emana del amor de la madre permanece hasta que la muerte se convierte en verdad. Los lazos de apego, tanto biológicos, es decir, físicos, como emocionales, son de un extremo mágico y esotérico, tan intensos que puede decirse que las madres vivimos varias vidas: las de nuestros hijos. Y heredamos sus propias muertes cuando desaparecen antes que su progenitora.
Podemos decir que, cuando los hijos se destetan y se despegan de la madre, a modo de independizarse del núcleo que los desarrolló y los sostuvo para su crecimiento vital, para luego convertirse en perpetuadores de la especie, tan pronto sucede esto arranca la próxima conquista de la segunda fase del ser humano: la búsqueda del amor existencial que una vez tuvo o existió desde la no conciencia, para quedar instalado en su psiquis y perpetuarse como razón de vida hasta la muerte.
Entonces aparece un hueco emocional que necesita ser ocupado por otro ser…
Perseguimos aquel sentimiento inmediatamente después de crecer y separarnos de la madre. Es por esto que tenemos como referente aquello que experimentamos como sublime, sincero, tierno, lleno de éxtasis; lo consideramos tan real y nos creemos merecedores de ese sentir porque sí. Esos hilos conductores de felicidad que, sin demandar, están a nuestra disposición y que creemos merecer por siempre.
En esa búsqueda sufrimos toda clase de sinsabores, contradicciones, maldad y escaseces, y la mayoría de las veces jamás logramos el cometido de amar o de recibir amor. Así pues, nuestra teoría es que solo hay un amor, el más grande de todos, el que puede más: la energía maternal.
No superamos ese deseo insatisfecho de amor. Lo exigimos hasta la muerte, lo celamos e, inconformes, vamos por el mundo en búsqueda de alguien que nos quiera de verdad, así, igual, como lo vivimos una vez en el primer hogar que acogió nuestra psiquis y nuestra alma.
Andamos por el mundo ocupando nuestros espacios de vida, ejerciendo nuestra voluntad de novedades y un querer ser y estar, ocupados e insatisfechos, sin dejar nunca de lado ese menesteroso impulso de dar amor y recibirlo aún más.
El grandilocuente sentimiento del amor solo puede ser valorado y sentido desde el mismo momento de la concepción. El instinto de la madre, cuando inicia ese intercambio celular y emocional intrauterino, jamás encuentra una comunicación más perfecta, directa y trascendental que la que se da en ese momento puntual, y definitivamente permanecerá a través del tiempo, hasta que ocurra la misma muerte.
El alumbramiento es un hecho de la naturaleza para la perpetuidad de la especie. Ningún ser alumbrado sabe qué es el amor, ni conoce sus implicaciones ni su don específico y extraordinario que, de manera espontánea y mágica, se manifiesta en la madre. Solo ella sabe que, más allá de cuidar, proteger y transmitir, es capaz de arriesgarlo todo por la supervivencia de ese ser que está bajo su única y manifiesta responsabilidad. Repito: única responsabilidad.
El lazo íntimo que estos dos seres desarrollan después del alumbramiento, con el dolor previo y el llanto como llamado a la vida, el amamantamiento —una acción netamente instintiva—, conlleva conexiones tan íntimas entre esos seres que, de manera profunda, biológica y espiritual, entrarán en una sinergia mutual, protectora y demandante, natural, sin necesidad de nada externo entre ellos. Es pura perfección.
Jamás olvidaremos de nuestra madre su olor, su calor, su caricia, su mirada. Es la diosa de todos.
Somos todos capaces de amar muchas veces y de continuar la búsqueda por siempre; de acostumbrarnos a tratos, costumbres, rasgos y hasta quedarnos para siempre con alguien. Los dichosos son aquellos que se atan a las bondades de algo que una vez fue sutil, bueno y seguro. Los demás andan como corderos sin dueño, errantes, suplicando por un poco de aquella ternura que una vez conocieron.
El amor es la clave de la existencia, es la inspiración más perfecta. Recibir la vida y, de la mano con el amor, encontrar el sentido por excelencia para estar conformes en esta Tierra.
Sin embargo, el amor de madre es la poderosa herramienta con que contamos para que sea el referente esencial del poder de la bondad, de la compasión, de la entrega, del sacrificio, de la humildad y de la solidaridad.
El amor de madre es sumisión.
Compartir esta nota