Hay vidas que parecen escritas por dos autores distintos. La de Alfredo F. Vorshirm, según la cuenta en De la esvástica a la palmita (1993), es una de ellas, y el libro no intenta reconciliarlas. Las deja una junto a la otra y le toca al lector decidir qué hacer con la distancia.
El primero es un muchacho judío, nacido en Viena y criado en Amberes. Reparte panfletos contra la ocupación nazi, resiste nueve meses de golpes de la Gestapo sin delatar a nadie, deja la seguridad de Suiza para pelear con los partisanos en Italia y termina como paracaidista norteamericano en Berlín, interrogando a los mismos que lo habían perseguido. A sus padres los asesinaron en Auschwitz. Nada de lo que vino después borra esa herida, y el libro lo sabe.
El segundo llega a Ciudad Trujillo en 1947 buscando un país que pudiera llamar suyo. Lo encontró, y con él la palmita. Al principio renunció a un empleo porque no quería fabricar armas; años después, necesitado de trabajo, fue secretario general de la Armería de San Cristóbal, al lado de oficiales húngaros que habían combatido junto a Hitler. Llegó a mayor del Ejército, se inscribió en el Partido Dominicano, fue cónsul en Amberes y acompañó a Ramfis en Bruselas. Se le atribuye que llamó a aquel régimen un nazismo sin antisemitismo, una frase que dice más de lo que quiso decir.
Conviene detenerse en esa comparación. El mismo hombre que conoció la persecución de cerca encontró en una dictadura caribeña un lugar donde trabajar, ascender y ser respetado. No hace falta suponer que olvidó el horror para entender el giro. Basta con que la vida cotidiana, con sus cuentas, su familia y sus oportunidades, fuera más fuerte que la memoria de lo que había padecido. Esa es la parte incómoda del libro, y también la más útil.
Lo que distingue este libro es que su autor no se esconde. Confiesa que su estómago pudo más que sus principios y que no perdió la memoria, sino la conciencia. Esa frase no busca absolverlo ni condenarlo. Describe el mecanismo por el cual una persona que sabe distinguir el bien del mal termina haciendo lo que sabe que no debe hacer, sin necesidad de convertirse en otra persona.
Tuvo también gestos de decencia, y el libro los registra con cuidado. Se negó a conseguir uranio para el SIM, desaconsejó la compra de un reactor atómico, avisó al padre Robles Toledano de lo que le esperaba y escribió, con seudónimo, una declaración de fe en el pueblo dominicano. Son actos reales, y merecen ser reconocidos como tales. Pero lo hizo en voz baja, cuando el peligro ya le tocaba la puerta. La decencia que se ejerce en privado, sin costo y sin testigos, tiene un valor distinto a la que se ejerce cuando el poder todavía escucha.
Caído Trujillo, dedicó su madurez a causas nobles: la Cámara Dominico-Israelí, los Bosques de la Vida, el Instituto Duartiano. Sembró árboles en memoria de sus padres. Fue, a su manera, una reparación. Es justo reconocer ese esfuerzo sin convertirlo en una absolución. Una obra pública posterior no borra el tiempo en que se sirvió a un régimen que perseguía, encarcelaba y mataba a sus opositores. Las dos cosas son ciertas, y el libro las muestra juntas.
Vorshirm no fue verdugo; fue colaborador. Esa distinción importa, porque la historia suele recordar a los crueles y olvidar a los que hicieron posible su trabajo. Su libro enseña algo que la historia repite: las dictaduras no se sostienen solo con los crueles, sino también con los capaces que callan a cambio de un lugar. Sin ellos, el régimen tendría que gobernar con sus propias manos, y muchas veces no le alcanzan.
La lección vale para todos, y no solo para quienes vivieron en tiempos de dictadura. El heroísmo de la juventud no vacuna contra la comodidad de la madurez, y quien combatió a un tirano puede terminar sirviendo a otro. Nadie se vuelve colaborador en un día. Se llega por pasos pequeños: un empleo que se acepta, una firma que se estampa, un silencio que parece prudente. Por eso el libro de Vorshirm merece leerse con atención, no para juzgar a un hombre que ya no puede responder, sino para reconocer en su historia los pasos que cualquiera puede dar sin darse cuenta.
Compartir esta nota