La violencia contra sí mismo ya no necesita disfraz, basta con la cara que se tiene.

Sí, donde quiera se cuecen habas, con la ventaja de que si son amargas se desechan. La pregunta: ¿Está una parte del mundo funcionando de esa manera por motivos de no dejarse someter por la locura locuaz de un sector del mundo? Indudablemente que correríamos a esa respuesta hasta descocotarnos.

Este mundo al que le sale el sol y no simultáneamente se ha vuelto intolerante para el que piense y actúe diferente. Disidencia de manera de pensar ocasiona la muerte. El que te manda a matar: feliz de la vida. Está cumpliendo con su cometido tanto para su locuacidad interna como externa. La única palabra de disociación es: o haces lo que te digo o Patria o Muerte para el disidente. Lo que hace pensar que una palabra que hace un tiempo significaba no estar de acuerdo con determinada forma de pensar, tenga otro significado en la práctica de vida. Nos hemos convertido en disidentes de nuestro propio proceder al apelar que el otro, país e individuo, a lo único que tiene derecho es hacer lo que el otro quiere. Hasta donde eso trae problemas, cualquiera no lo quiere saber.

Hacemos daño, destruimos, asesinamos para evitar que nos lo hagan a nosotros; no nos basta con que el otro no ignore que somos fuertes, que piense que no nos pueda “tocar”, sino que primero los tocamos y buscamos destruirlo sin compasión, niños, ancianos y mujeres. El fin es arrasar con fuego inmisericorde e ir a dormir tranquilamente como si nada ha pasado, exagerando nuestro valor al cuadrado. ¡Qué mundo éste! ¿Lo pienso?

Cualquiera, que es nadie, se hace de cuenta que no está pasando nada y hacemos de un acontecimiento personal, como dolerle el futuro, una tragedia que esté por encima de cualquier apellido. Ya no hay forma de exagerar nada personal ante lo que está ocurriendo en este mundo nuestro que ha de arrancar la cabeza a cualquier ser vivo que haga alarde o pirueta pirotécnica o no, que es lo que hace doler la cabeza.

No hay manera de enumerar cómo el hombre, no ya por ideología, sino por gusto a bienestar y recursos ajenos, busca arrancarle la cabeza al que piensa diferente y hasta en nombre del pobre Dios, deseado y deseante no importa que tenga otro nombre. Con echarse a temblar no basta y menos con orar, pues los que profesan o dicen profesar determinada fe, a su nombre y seña, son los que más beben sangre. Cuando el que se representa a sí mismo como el que nada le falta y representa al que todo le falta, ¿a qué conclusión ha de llegarse? El que se abroga ser el mesías de la abundancia y cree serlo, ¡Ay de los vencidos! Hemos perdido la capacidad del asombro ante la impunidad del intolerante, sin importar el tamaño. Mientras más pequeño, más letal su veneno, su capacidad de destruir. ¡Ay del impune, del vencedor! ¿Acaso hay que sentirse orgulloso de tener capacidad de destrucción, de persuadir y como quiera, con tregua o sin ella, destruir? Parece que sí.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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