La noche del 28 de febrero Irán fue atacado por fuerzas israelíes y estadounidenses, a pocas semanas de concluir el Ramadán islámico, durante la Cuaresma cristiana y en el inicio de Purim —la conmemoración judía que celebra la salvación del pueblo hebreo— antes de la Pascua. En medio de estas fechas profundamente simbólicas para las tres religiones, Estados Unidos e Israel pasaron de amenazas reiteradas a la eliminación de una de las figuras más emblemáticas de esa nación: el ayatolá Rudolá Jomeini.
El hecho se ha convertido, para muchos, en una distracción momentánea dentro de un escenario político más amplio. Los argumentos para justificar el ataque son los mismos que llevaron a Estados Unidos a declarar la guerra a Irak hace más de dos décadas: impedir el desarrollo de armas de destrucción masiva y nucleares. Esta vez, sin la participación directa del congreso, el presidente Donald Trump hizo uso de la fuerza
Que le confiere su cargo para intentar desmantelar un régimen que, aunque cambie de rostro, mantiene intacta su estructura política. Es importante recordar que Irán es una teocracia de mayoría chiita —una de las corrientes del islam— que además respalda a milicias regionales que han ganado notoriedad desde la Primavera Árabe, el movimiento que buscó el despertar de los pueblos árabes y que provocó la caída o debilitamiento.
De regímenes autoritarios en países como Egipto, Yemen, Libia y Siria. Y a una semana del ataque y del asesinato de su máximo líder, fuerzas aliadas de Israel y Estados Unidos han lanzado operaciones simultáneas en varios puntos de la región. Lo que comenzó como una acción puntual amenaza con convertirse en una peligrosa bola de nieve con repercusiones regionales e internacionales.
Sin embargo, más allá del análisis político, diplomático o estratégico, muchos observadores interpretan que las motivaciones responden también a un intento de crear un escudo de distracción frente a las dificultades en el manejo de las políticas domésticas dentro de Estados Unidos. Y que el resultado inmediato ha sido el agravamiento de la crisis humanitaria ya existente en la región. Los mercados internacionales han reaccionado con nerviosismo, el precio del petróleo y sus derivados.
Ha aumentado y las consecuencias podrían sentirse a escala global. La historia reciente nos demuestra que las intervenciones militares en Medio Oriente suelen desencadenar efectos inesperados. La guerra en Irak, por ejemplo, dejó una profunda crisis regional, miles de víctimas civiles y militares, y contribuyó al surgimiento de nuevas amenazas, como el Estado Islámico.
En este contexto, se espera que actores de la comunidad internacional, como la Unión Europea y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), replanteen su papel en una era donde la resolución diplomática de los conflictos debería prevalecer sobre la confrontación militar. Hoy más que nunca, estas organizaciones deben asumir una posición clara frente a una escalada bélica que pone en riesgo los acuerdos internacionales y aleja las posibilidades de estabilidad en una región que ya ha sufrido demasiado.
El Medio Oriente continúa marcado por la vulnerabilidad política y por el peso de una poderosa industria armamentista. Por ello, resulta imprescindible recordar el principio del derecho de autodeterminación de los pueblos: la capacidad de cada nación para decidir su forma de gobierno y organizarse libremente, sin injerencias externas, con el objetivo de alcanzar su propio desarrollo social, cultural y económico.
La paz en la región debe ser un proyecto colectivo basado en la sensatez y la coherencia política. Durante décadas, muchas sociedades han normalizado sistemas autoritarios mientras el equilibrio geopolítico era dictado por las potencias militares. Pero el mundo ha cambiado, y el contexto internacional también.
La supremacía de las naciones poderosas no debería medirse por la magnitud de su poder bélico, económico o político, sino por su capacidad de promover principios democráticos de cooperación, respeto mutuo y colaboración internacional.
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