La articulación del espacio político en las sociedades contemporáneas exige comprender cómo el malestar social atomizado logra agregarse en una voluntad colectiva capaz de disputar el poder. La emergencia de Podemos en España tras el 15-M de 2011 constituyó una experiencia relevante de sociología política. Un núcleo intelectual procesó la crisis de representación del régimen de 1978 mediante la noción de crisis orgánica de Antonio Gramsci (1971), combinándola con la perspectiva populista de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1985). La apuesta del modelo español residió en romper el repliegue doctrinario tradicional, trazando una frontera antagónica transversal que opuso a “los de abajo” frente a “la casta” (Laclau, 2005). Sociológicamente, la clave de su ascenso radicó en la ocupación de la arena audiovisual masiva. Al convertir las tertulias televisivas en plaza pública deliberativa, sus voceros tradujeron el agravio acumulado por la crisis de 2008 a un lenguaje politizador, transformando la frustración en una eficaz maquinaria electoral que quebró el bipartidismo histórico. Sin embargo, su desgaste posterior evidenció los límites de un esquema hiperelectoralista que priorizó la presencia mediática sobre la densidad organizativa territorial, tal como advirtió Pierre Bourdieu (1980) respecto al campo político.
En la geografía latinoamericana, el ascenso de Gustavo Petro y la consolidación del Pacto Histórico en Colombia abren otra vía de edificación popular frente a bloques oligárquicos atrincherados. En una formación social marcada por la hegemonía terrateniente e industrial, sumada a una larga historia de violencia política, el estallido social de 2019 y 2021 evidenció una profunda fractura de legitimidad en el orden dominante. Frente a la respuesta represiva del Estado, la propuesta del Petrismo consistió en articular una extensa cadena de equivalencias entre identidades subalternas diversas: juventud precaria, comunidades afrodescendientes, pueblos indígenas, sectores sindicales y capas medias empobrecidas (Petro, 2022). El aporte estratégico fundamental residió en desarmar el pánico moral con que los grupos de poder criminalizaban la protesta para instalar un nuevo significante ordenador: la “Potencia Mundial de la Vida”. Al colocar la protección biológica, la transición ecológica y la economía del cuidado en el centro de la disputa hegemónica, el Petrismo ofreció a la sociedad una matriz de certidumbre colectiva frente al desamparo, en sintonía con las tesis de Norbert Lechner (1990) sobre la necesidad de producir certezas para viabilizar la transformación social.
Al contrastar estas trayectorias con la realidad dominicana, emergen bloqueos estructurales que explican la permanente marginalidad de las opciones progresistas locales. La base material dominicana registra una informalidad laboral del 56.2% de la fuerza de trabajo ocupada, acompañada de una pobreza monetaria del 23.4%, según datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE, 2023). En este escenario socioeconómico, la subsistencia diaria no está respaldada por derechos de ciudadanía ni salarios indirectos garantizados por el Estado, sino por la inserción en redes patrimoniales y clientelares que administran la vulnerabilidad popular. En condiciones de extrema fragilidad material, la acción política opera sobre todo como búsqueda de resguardo y certeza inmediata (Lechner, 1990). El sujeto popular dominicano, urgido por la reproducción biológica diaria, desarrolla un habitus de conservación que prefiere la certidumbre mínima del clientelismo frente a discursos de cambio radical percibidos como amenazas de inestabilidad. A esta inercia se suma la frustración de la Marcha Verde en 2017, cuya impugnación quedó atrapada en una lectura ético-liberal centrada exclusivamente en la anticorrupción, permitiendo que su energía fuera canalizada por la alternancia partidaria tradicional sin modificar la estructura distributiva del país.
Este condicionamiento económico se ve reforzado por una transformación radical de la esfera pública dominicana, dominada hoy por el entretenimiento de masas y por la gubernamentalidad algorítmica analizada por Michel Foucault (1979). El impacto mediático de plataformas como Alofoke Media Group funciona como un dispositivo de despolitización popular: adopta la estética, el habla y las vivencias del barrio marginado para convertirlos en espectáculo de consumo masivo vaciado de densidad crítica. Los actores políticos tradicionales no disputan esta degradación, sino que se amoldan a sus formatos para captar atención en la carrera por el rendimiento demoscópico. Al mismo tiempo, el uso de la Inteligencia Artificial y la analítica de datos en campañas electorales introduce un microperfilamiento psicométrico que explota los miedos individuales. Mediante contenidos segmentados, estas herramientas profundizan la fragmentación del tejido social, estimulando el temor a la delincuencia y azuzando el pánico fronterizo. La articulación entre la industria del espectáculo audiovisual y el control algorítmico termina por debilitar la solidaridad de clase, reduciendo la democracia a una transacción defensiva ante la incertidumbre cotidiana.
Para romper este cerco sociopolítico, el progresismo en la República Dominicana debe asimilar las experiencias de Podemos y el Petrismo sin caer en copias mecánicas ni en prédicas doctrinarias desconectadas de la vida real. La primera tarea exige desplazar el acento de consignas institucionales abstractas hacia la garantía de las condiciones materiales de existencia. El proyecto progresista necesita responder a problemas inmediatos del electorado, organizando su discurso alrededor de la estabilidad del ingreso, el costo de la canasta familiar, el agua potable, la salud pública y reforma integral de la seguridad social que neutralice el chantaje clientelar. Asimismo, resulta indispensable construir una amplia plataforma frentista capaz de reunir a movimientos socioambientales, reivindicaciones de género, sindicatos del trabajo informal y organizaciones comunitarias de base. La iniciativa política no puede renunciar a dar la pelea en los nuevos ecosistemas de comunicación; se requiere formar vocerías con solvencia analítica y lenguaje directo, capaces de comunicar con empatía en el terreno digital e intervenir con soltura en los medios masivos donde las familias populares construyen su visión del mundo. La construcción de una fuerza de cambio debe rebasar la lógica electoral mediante la edificación de redes permanentes de apoyo mutuo y protección comunitaria que otorguen seguridad tangible frente al abandono estatal. Frente a sectores conservadores que monopolizan los símbolos patrios, el progresismo está llamado a disputar el sentido del patriotismo, definiéndolo como la defensa de los bienes comunes, cuencas hidrográficas, recursos energéticos y trabajo digno. La síntesis entre la audacia comunicativa del modelo español y la capacidad de concertación frentista de la experiencia colombiana ofrece la clave para transformar el malestar difuso del pueblo dominicano en una fuerza política con vocación transformadora.
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