Creer o pensar, con la cabeza con la que se fragua todo lo ponderable e imponderable, del mal o del bien que encierran llámese felicidad, fe, alegría, amor y en remolino, lo que se pondera como seguridad, agregándole blindada, a jacho y machete o de altos y de la socorrida paz, interior o exterior, bajo el lema: dejar pasar, dejar hacer o a la brigandina (expresión criolla), en estos tiempos sin atrevernos a decir: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”, se empieza a llegar a la conclusión de que solo existe en la intención de quienes las pregonan como si vendieran algo que pudiera servir para algo, y al efecto podría ser.
Digo paz y seguridad porque son ponderaciones que se hacen o se pronuncian como si contempláramos el amanecer o el anochecer, ambos claves para el vivir.
Amanecer, anochecer que son estados esenciales de este planeta y que unos pocos están locos porque explote, cosa que no va a pasar, digámoslo voz al cuello o lo pensemos y se lo reguemos al mal.
¡Qué tan difícil se ha vuelto pensar tanto en la paz como en la guerra por la seguridad de la nada, que es el fin de todo proceder, tanto en bien como en el mal! Y si no hay escapatoria, ¿por qué no hacerlo por el bien? Entonces llega el sobresalto o nunca se ha ido. Ya es nuestro sexto sentido, que arruina a los otros, que nos sobrecoge postrándonos con palabras susurrantes con cualquier fe entre el pecho y la espalda.
Fingimos la tranquilidad que solo está en nuestra intención de un mundo mejor y aunque pongamos de nuestra parte, en el fondo, cosa que siempre es lo que pasa, pasa lo que tiene que pasar: no ir para ningún lugar. Se vive con una guerra relámpago en nuestras intenciones de subsistir; de seguridad y paz, que es la que proporciona vernos como lo que somos, en esencia, seres violentos, que elegimos y admiramos seres como nosotros, que al igual que los que muchas veces nos dirigen guardamos en nuestro proceder, que nuestras almas guardan violencias vedadas contra el otro, contra nosotros mismos, expresándonos en lenguas de cascabel o mesianismo envuelto en rituales y alabanzas míticas en que decimos representar y al efecto, representamos.
¿Dónde esconder la paz que proporciona el toque del tambor, el toque de diana? ¿En la mudez del paisaje, en los ríos, en la estela de arcoíris que deja el humo cuando desciende desde al cielo la bomba dejando en segundos miembros descuartizados de ancianos, mujeres y niños y la ciudad envuelta en humo putrefacto?
Si la paz que pregonan los que no dicen nada por omisión o admiración y se esconde en la oración de los que oran para que la bomba llegue sana y salva a su destino, bajo el amparo total de su fe, la paz sea con ellos y el dulce sueño en los jardines de delicias de sus almas, al más puro estilo del cuento de Juan Bosch, “La dulce alma de don Damián”.
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