Ignoro si al rey de España le gusta el fútbol. En todo caso, en su país hay un torneo que lleva su nombre y cada año se le ve entregar la copa al equipo ganador. Hablar de monarquías me provoca bostezos (sobre todo desde que se dejó de usar la guillotina), pero creo recordar que Felipe VI era aficionado a las regatas, que le encantaba pasear en su bote de vela en medio del mar, sin nadie más que su conciencia real y los paparazzi.

En unos cuantos días debe ir a Guadalajara a dizque apoyar al seleccionado español, que enfrentará a los recios uruguayos en el marco de la Copa del Mundo. Además, tiene previsto encontrarse con la presidenta de México: «Hay que descongelar las relaciones con ese país hermano», le han dicho sus consejeros. ¿Estará contento o resignado? ¿Pensará acaso que volar doce horas son demasiadas para darle un abrazo (no muy apretado) a doña Claudia?

Como se sabe, en 2019, el anterior presidente solicitó una disculpa al Gobierno de España por las atrocidades de la Conquista, pero dicen por ahí que los monarcas no se equivocan (¿los presidentes tampoco?). Por supuesto que no hubo disculpas y México, de puro rencoroso, mandó a un tridente de delanteros que derrochan cinismo en las canchas del barrio de Salamanca…

Por otro lado, el rey, o mejor dicho su esposa, ¿se acordará de que hace no mucho una chica española y anónima, que aún no conocía a su príncipe azul, estudiaba y trabajaba en la Guadalajara de los años noventa? «Muéstrese simpática con la presidenta Sheinbaum, pero prudencia», le dirán sus asesores de imagen. ¿Ya habrá aprendido a disimular?

Ahora bien, ¿qué tan divertido será eso de echar discursos rebosantes de nacionalismo en la plaza pública, igual o más que ir al estadio a ver un partido del Mundial? A los políticos les encanta referirse a los pueblos originarios en abstracto, como si hablaran de una entelequia y no de ciudadanos que viven en nuestro territorio. Será por eso que no comprenden cuando estos «primeros mexicanos» se quejan de la persistencia del abuso, del saqueo permanente. Culpar al méndigo de Cortés no basta. Que si él empezó el desmadre. Pero la empresa es alemana, suiza, gringa, canadiense. Quieren poner una fábrica de amoniaco (en una bahía solitaria), extraer metales de un cerro sagrado (según los huicholes), producir cerveza en este lado de la frontera, junto al río… Entonces la presidenta, por la que votamos, mira al cielo como si Quetzalcóatl le hablara. ¿Podría hacer más? ¿Más que juntarse con Felipe?

Por divagar en ondas políticas casi me olvido del fútbol. Espero que el partido del 27 de junio sea interesante, que España juegue bonito, que Uruguay haga lo suyo. Que se incorporen en la memoria futbolera uno o dos golazos, de cualquier equipo; que los arqueros realicen atajadas lindas; que los balonazos rasguñen los postes y, lo más difícil, que los tejemanejes de los gobiernos para «normalizar» sus relaciones sean transparentes, que se sirvan del fair play, ese que tampoco suele aparecer en el césped. En fin, no sé qué más agregar, salvo insistir en los lugares comunes: el Mundial es la excusa perfecta para echar relajo y olvidarse de los problemas, y abrazar al de junto cuando cae un gol, y para gritarle «hijo de…» al técnico, al árbitro, a los del VAR, a los forajidos de la FIFA.

Cuentan que Eduardo Galeano ponía un letrero afuera de su casa con la leyenda: «Cerrado por fútbol» para que nadie lo molestara. ¿Ni siquiera los desfiguros de gente como Trump o Infantino, su títere del momento? En Europa, la diferencia horaria juega en contra nuestra y muchos de los partidos comienzan en la madrugada. Por eso, aunque nadie se interese en mi descanso nocturno, llevo una semana insistiendo en que estoy desvelado por fútbol.

Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Abogado y literato

No es sencillo hablar de uno mismo. Qué decir sin provocar bostezos. Que tengo la dicha de estar en Santo Domingo; que antes anduve por México (de donde soy), Francia y España; que estudié derecho y más tarde literatura; que hoy me dedico a enseñar francés (Alianza francesa, Liceo Franco-dominicano), a leer y, en menor medida, a escribir, ir al cine, nadar…

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