Imaginemos —porque todo indica que hacia allá se encamina esta campaña— que el régimen teocrático y revolucionario de Irán será removido. No “contenido”, no “moderado”, no “reinsertado” en una diplomacia de pausas tácticas, sino desmantelado como aparato de poder: su cúpula, su red coercitiva y su capacidad de exportar guerra por intermediarios.

Si ese es el desenlace, la pregunta decisiva no será qué quiere Washington, ni qué exige Jerusalén, ni qué “recomienda” Europa. La pregunta decisiva será otra, y por fin será iraní:

¿Qué hará el pueblo iraní con Irán, ahora que ya no será rehén de un régimen que convirtió el miedo en sistema?

Antes de mirar hacia el futuro, hay que recordar con crudeza por qué el presente llegó a este punto. Desde 1979, la república islámica no ha sido un Estado “normal” que busca seguridad con instrumentos convencionales. Ha sido un proyecto ideológico sostenido por una práctica: terror, proxy warfare y chantaje estratégico. Ese patrón no empezó ayer; empezó cuando la revolución convirtió el secuestro de rehenes en símbolo fundacional y, con el tiempo, tejió una constelación de milicias y grupos armados que han golpeado objetivos estadounidenses e israelíes, han desestabilizado gobiernos, y han extendido el conflicto regional de forma deliberada. 

No se trata de un debate teórico sobre “intenciones”. El propio discurso político estadounidense —incluyendo declaraciones oficiales de la administración Trump en años previos— describió al régimen como patrocinador de terror, impulsor de misiles, y sostén de proxies en la región.  Y, en estas últimas horas, el salto de tensión se hizo explícito: Israel anunció una ofensiva preventiva coordinada con Estados Unidos, con explosiones reportadas en Teherán y respuesta iraní con misiles y drones, en un choque que enterró —al menos por ahora— la ilusión de que el expediente nuclear podía “administrarse” indefinidamente con comunicados. 

Ahora bien: ¿qué está ocurriendo militarmente mientras se decide el destino político?

Lo que se perfila no es un “golpe de una noche”, sino una campaña sostenida. Reportes recientes de Reuters ya adelantaban que Estados Unidos se preparaba para operaciones que podrían durar semanas y que, en una campaña prolongada, los objetivos podrían incluir no solo infraestructura nuclear, sino también instalaciones del Estado y de sus fuerzas de seguridad —precisamente la columna que sostiene a un régimen cuando empieza a tambalearse.  Y Reuters también ha descrito la coordinación previa y la planificación de meses entre Estados Unidos e Israel, lo que sugiere un diseño por fases y no improvisación. 

En términos simples: se busca quebrar la capacidad del régimen para mandar, para ver, para moverse y para castigar. En campañas de este tipo, el orden importa: primero los nodos de liderazgo y mando; luego las defensas aéreas para asegurar libertad de acción; después la infraestructura coercitiva (cuerpos paramilitares, redes de inteligencia interna, logística); y, en paralelo, el sistema de misiles y drones, porque es el instrumento de represalia más inmediato y el más útil para mantener viva la narrativa del “asedio” externo. Eso encaja con lo que se está reportando públicamente: una ofensiva amplia contra “infraestructura militar”, centros de mando y control, y sitios de misiles superficie-superficie, con continuidad operativa “mientras sea necesario”. 

También se entiende la preocupación naval: el régimen siempre ha coqueteado con la idea de presionar el Estrecho de Ormuz, amenazar rutas comerciales o convertir el tránsito marítimo en rehén político. En una campaña prolongada, es lógico que la dimensión marítima —patrulleras, infraestructura costera, capacidades de hostigamiento— sea parte de la ecuación regional, precisamente porque el caos económico es un arma tan útil como el misil. Y para economías vulnerables a shocks externos —Caribe incluido— el mar no es un detalle: es costo de combustible, flete, inflación importada.

Pero el punto central no es militar. Es civilizatorio.

Con el régimen fuera, Irán deja de ser la caricatura en la que lo encerraron: “Irán” como sinónimo de clérigos, policía moral y Guardia Revolucionaria. Irán volvería a ser lo que siempre fue: un país con identidad nacional fuerte, memoria histórica profunda y capital humano considerable. Lo que venga no dependerá de quién “administre la victoria” desde fuera, sino de si los iraníes logran convertir el derrumbe del miedo en arquitectura institucional: tribunales, partidos, medios, economía y fuerzas armadas subordinadas al poder civil.

Aquí es donde conviene decir algo que muchos temen por corrección política: nadie puede liberar a un país si su pueblo no decide hacerse cargo de la libertad. La caída de una teocracia no garantiza una república. La historia ofrece bifurcaciones: el camino de la ciudadanía adulta o el camino del vacío que nuevas facciones intentan ocupar. Esa es la hora más peligrosa: cuando cae el opresor y aparecen los oportunistas.

Sin embargo, el pueblo iraní llega a ese umbral con un activo moral raro: coraje cívico acumulado. Protestas repetidas, regreso a las calles tras masacres, desafío a un aparato represivo que gobernaba como si la nación fuese propiedad de una secta armada. Ese coraje, si se traduce en orden político, puede producir una transformación histórica: Irán como Estado normal, no como exportador de guerra.

Y aquí aparece el efecto dominó que muchos, incluso en el Caribe, deberían mirar con atención. Un Irán post-teocrático cambia los incentivos regionales:
• Debilita —o desarticula— el patrocinio estatal de redes armadas que han hecho de la violencia un negocio. 
• Reduce la presión multi-frente sobre Israel y, con ello, abre espacio para acuerdos imperfectos, pero posibles, entre Estados que desean normalizar relaciones sin estar bajo amenaza constante. 
• Reconfigura el cálculo de grandes potencias que han usado a Irán como proveedor, socio táctico o distracción estratégica. 

Esto no promete utopía. Promete algo más raro y más valioso: la posibilidad de una paz menos saboteada.

Porque la paz en Oriente Medio no muere por falta de conferencias. Muere porque existe un actor —hasta hoy— que ha vivido de sabotearla: financiando proxies, alimentando guerras laterales, disparando el precio del compromiso y premiando al maximalismo armado. En ese modelo, cada tregua es una pausa logística; cada “diálogo” es una manera de ganar tiempo; cada crisis es un instrumento de control interno.

Removido el régimen, ese modelo pierde su patrocinador. Y cuando el sabotaje pierde patrocinador, la violencia deja de ser rentable.

Así que el cierre de esta historia —si efectivamente termina con la caída del régimen— no será un “final feliz” garantizado. Será algo más serio: una oportunidad histórica.

El futuro de Irán quedará en manos de los iraníes. El mundo externo podrá ayudar con comercio, reconocimiento, acceso a mercados, cooperación técnica. Pero no podrá —ni debe— escribir la constitución emocional de una nación: eso lo escriben los ciudadanos cuando deciden si quieren vivir como súbditos o como responsables de sí mismos.

Después de casi medio siglo, Irán podría recuperar lo que el régimen le robó: el derecho a ser un país normal.

Y si Irán elige esa normalidad —si convierte la caída del régimen en Estado y no en revancha— entonces el Medio Oriente, por primera vez en décadas, podría dejar de girar alrededor del caos.

Ese sería el verdadero “resultado preventivo”: no solo evitar una amenaza inmediata, sino evitar que el futuro siga secuestrado por quienes necesitan la guerra para existir

Ronald L. Glass

Diplomático

Exdiplomático estadounidense | Líder de Desarrollo Internacional | Experto en Gobernanza, Seguridad Nacional, Estado de Derecho y protección de los Derechos Ciudadanos | Impulsando los intereses estadounidenses y la resiliencia institucional en Centroamérica. Ronald Glass es analista especializado en asuntos internacionales y amenazas emergentes, y autor galardonado del guion de ciencia ficción sobre inteligencia artificial “The Realms – Samsara.”

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