EEUU se encuentra en un momento de su ciclo político en el que expresiones como "corriente a favor" y "pérdida de control" nos envuelven en olas históricas. ¿Quién de nosotros no disfrutaría un cambio radical en las elecciones? Sin embargo, llama la atención la ausencia de cualquier consenso sobre lo que significará la inminente derrota republicana. La respuesta no es tan obvia como parece. Las actuales circunstancias son muy diferentes a las que rodean a las típicas elecciones de mitad de período, incluyendo las del primer mandato de Donald Trump. Nuestro vocabulario no ha evolucionado al mismo ritmo.
La pérdida del control del Congreso —el cambio a un Gobierno dividido— solía significar que el margen de maniobra del presidente se reduciría aproximadamente a la mitad. Bill Clinton después de 1994, George W. Bush después de 2006 y Barack Obama después de 2010 intentaron encontrar un punto medio con el otro partido. La excepción fue Trump en 2018, quien dijo: "Mi nombre no estaba en la boleta electoral". Él no hizo esfuerzo alguno por encontrar terreno común con los demócratas. Pero se necesitan dos para bailar el tango. Fue entonces cuando comenzó la era de la "guerra jurídica" contra Trump.
Es solo ligeramente exagerado decir que, dado que los legisladores republicanos no tienen el control del Congreso, en realidad no pueden perderlo. Aunque Trump trata al Congreso como si fuera una duma obediente, un número suficiente de republicanos se ha unido a los demócratas para bloquear algunos de sus deseos; el ejemplo más destacado de ellos es un proyecto de ley para imponerles requisitos de identificación draconianos a los votantes.
Sin embargo, en términos generales, el Congreso ha sido irrelevante durante los últimos 20 meses. El discurso que el rey Carlos III pronunció ante él a principios de este año fue un reflejo de mutua majestuosidad: la parte digna de la constitución británica dirigiéndose a la parte digna de la estadounidense.
Incluso si aceptamos la extrema hipótesis de que los demócratas puedan hablar con una sola voz, no está claro qué pueden hacer para impedir que Trump continúe con su agenda, y mucho menos para hacer que pierda el control. Pero eso es lo que muchos están prometiendo. Los demócratas se verán obstaculizados por el hecho de que las acciones más dramáticas de Trump —sus guerras económicas y militares elegidas— tienden a eludir la supervisión del Congreso. Cualquier ley que intente bloquearlo también puede ser vetada por él. Imaginar que dos tercios del Senado condenarían a Trump tras un juicio político sería tan quijotesco como lo fue en las dos ocasiones anteriores.
Eso deja la política. Los demócratas han hecho bien en no prometer una lista de deseos que probablemente no se convertirán en ley. Pero contarán con una nueva oportunidad para dirigirse al público estadounidense con sus ideas.
La opinión pública se ha vuelto fuertemente, y quizás decisivamente, en contra de Trump. Su índice de aprobación negativo —la diferencia entre quienes aprueban su gestión y quienes no— actualmente es el doble de desfavorable de lo que era en vísperas de la aplastante derrota de su partido en 2018. También es peor que el de cualquier otro presidente, salvo Richard Nixon cuando se estaba ahogando en el escándalo de Watergate. La base de Trump también se está reduciendo. Apenas uno de cada cinco estadounidenses lo "aprueba firmemente"; en algunas encuestas, es tan solo uno de cada siete.
¿Le importa esto a Trump? La señal más clara de que no es así proviene de su mayor promesa electoral: un dividendo de US$5,000 para cada estadounidense adulto. Este dividendo en efectivo solo se activaría si los republicanos ganan las elecciones de mitad de período. Se supone que las elecciones sirvan para que los votantes evalúen a sus representantes. La estrategia de Trump consiste en ofrecerles a los votantes una bonificación por desempeño.
Su enfoque con respecto a la Operación Furia Épica también va en contra de lo que dicta el sentido común. Trump insiste en que Irán solo se sentará a la mesa de negociaciones después del 3 de noviembre. La mayoría de los demás presidentes se apresurarían a ponerle fin a la guerra antes de que la nación vaya a las urnas. Para ser justos con Trump, probablemente él no estará en una posición mucho más ventajosa para negociar un armisticio después de las elecciones de la que tiene hoy.
Una suposición más acertada es que él no desea revelar el tipo de concesiones que tendría que hacer para reabrir el estrecho de Ormuz. Las derrotas estratégicas no movilizan a la base electoral.
Entonces, ¿qué es lo que le importa a Trump? Aparte de su conjunto de monumentos, él quiere protegerse a sí mismo, a su familia y a su dinero de la ley, además de, indudablemente, aumentar su fortuna aún más. La lealtad absoluta es clave para ambas cosas. Peter Thiel, su patrocinador más antiguo de Silicon Valley, la semana pasada dijo que a Trump lo rodeaban "personas no muy inteligentes, pero sí muy leales". La mayoría sobrevivirá al escrutinio del Congreso. Otros pueden solicitar un indulto.
El hecho de que el tan anunciado reajuste del electorado tras la victoria de Trump en 2024 ya se esté desmoronando representa una señal de alarma para los republicanos electos. Los votantes jóvenes y de minorías raciales están abandonando el partido en masa. Esto sugiere que la política más intrigante surgirá del seno de la administración Trump, no del otro extremo de la Avenida Pensilvania en el Congreso. Trump y quienes lo rodean querrán seguir como si nada hubiera cambiado. Aquellos que desean sucederlo, como JD Vance y Marco Rubio, se enfrentarán a una imposible elección entre Trump y sus propias ambiciones.
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