Con el mismo inicio del siglo se produjo la crisis de las "puntocom", la crisis del Nasdaq, en fin el colapso de empresas de internet. Como se sabe, en la década del noventa del siglo pasado se generó la euforia mundial por el internet, las telecomunicaciones, la tecnología, el comercio electrónico y las empresas digitales, en un contexto de limitadas regulaciones y débiles mecanismos para mitigar los riesgos inherentes de esas actividades.

Esta euforia, expresada en una mayor demanda de estos activos, incrementó los precios, constituyéndose en una burbuja especulativa. Miles de inversionistas demandaron más acciones de internet, de empresas de telecomunicaciones, así como de tecnología y software. Llegó un momento en que el crecimiento de los precios se originaba principalmente en las expectativas y no en un mundo real asociado a ganancias reales, productividad, flujo de caja y capacidad económica efectiva.

Por ejemplo, el índice Nasdaq Composite se incrementó en el período 1995 a marzo de 2000 en más de un 570 %, pero dos años después llegó la caída en picada de alrededor de un 77 %. Según las estimaciones realizadas por expertos, se registró una pérdida superior a 5 billones de dólares en la capitalización bursátil.

Empero, este no fue el único evento registrado en lo que va de siglo. Cuando miramos al primer cuarto del siglo XXI es evidente que han ocurrido grandes eventos que han tenido impactos en la vida humana, algunos positivos y otros negativos.

Uno de ellos fueron los atentados del 11 de septiembre del 2001, los cuales provocaron mayor atención y monitoreo al financiamiento del terrorismo. Durante todo el período han ocurrido guerras y crisis por distintas razones. Por ejemplo, guerras militares en Afganistán e Irak, más tensiones en el Medio Oriente y la creación de convenios internacionales, incluyendo las exigencias para que los países se doten de los mecanismos para evitar el uso de las instituciones financieras en su financiamiento.

La guerra de Afganistán 2001-2021 generó costos billonarios, crisis humanitarias, retorno del Talibán y cuestionamiento a la credibilidad de las estrategias internacionales para garantizar la paz. De su parte, la invasión de Irak en el 2003, bajo débiles argumentos por parte de los Estados Unidos, generó grandes pérdidas humanas, destrucciones, inestabilidad regional, más expansión del terrorismo y otros.

También, el mundo se enfrentó a una gran crisis financiera en el 2008, que provocó caída del nivel de producción mundial, grandes quiebras de empresas, desempleos y aumento de la pobreza global, pero de manera desigual, saliendo con mayores daños humanos los países más vulnerables.

Entre los años 2010 al 2021 se originó la famosa Primavera Árabe, donde surgieron y se proliferaron oleadas de protestas y revoluciones en Medio Oriente y Norte de África, provocando guerras civiles, crisis migratorias, caídas de gobiernos y más expansión de los conflictos regionales.

A su vez, es una época donde se profundizó la crisis climática mundial, caracterizada por olas de calor, sequías, huracanes extremos, incendios forestales y, entre otras, crisis alimentarias.

Posteriormente, en el 2020 nos llegó la pandemia de la covid-19, constituyéndose en el evento global más disruptivo desde la Segunda Guerra Mundial. Colapsó el sistema sanitario a nivel mundial, se produjeron millones de muertes, se produjo una recesión global y una profunda crisis logística y expansión masiva de la deuda pública, aunque esto motivó un aceleramiento de la era digital.

El contexto actual, y en particular con el regreso de la nueva administración estadounidense, la guerra comercial y los conflictos geopolíticos marcan la trayectoria del mundo; esto, unido a que la inteligencia artificial ya no es solo relevante en el plano geoeconómico, sino también en el plano geopolítico, siendo utilizada agresivamente en las guerras y en los delitos financieros.

A la par con estos procesos se produce la emergencia china, desafiando el liderazgo mundial de los Estados Unidos en todos los planos, pero sobre todo conquistando terrenos económicos, tecnológicos, de IA y con profundos avances en las competencias mundiales.

En su naturaleza y alcance, estos eventos del primer cuarto de siglo están afectando la democracia económica, la justicia social, la legitimidad internacional y la cohesión social. Consustancial con esto, se sigue alterando la distribución del poder y la riqueza; pero también, la seguridad económica, la confianza y la capacidad de los Estados para dar respuestas a las necesidades de la población y promover democracia económica y justicia social.

Con la democracia económica se busca evitar que la riqueza, el capital, el aprovechamiento de la tecnología y las oportunidades se concentren en pocas manos. En la realidad actual podemos afirmar que la mejora ha sido relativa, pero con retroceso en muchos países. Además, su deterioro ha sido visible en los momentos de crisis.

Por otro lado, la justicia social es la garantía de oportunidades equitativas para todos y todas. Esto incluye acceso a la calidad de vida, acceso a recursos, dignidad humana y participación económica, entre otros.

En la práctica, significa construir una sociedad en la que las personas tengan acceso a oportunidades para la educación, la salud, empleos decentes, donde tengan algún tipo de movilidad social y donde las instituciones les den espacio a todos y todas sin privilegio alguno. Podemos afirmar que en lo que va de siglo se han producido solo mejoras parciales, en las cuales también han surgido nuevas desigualdades.

El filósofo político John Rawls, citado en gran parte de su literatura —y aún en la academia hoy en día—, propuso una idea central en su obra titulada Una teoría de la justicia: plantear que la desigualdad económica solo es moralmente aceptable si beneficia al sector menos favorecido. Esa visión transformó el pensamiento moderno sobre la democracia y la distribución económica. Rawls creía que una sociedad justa debería ser aquella en la que sus instituciones estén organizadas imparcialmente, sin que nadie sepa qué tipo de posición económica o social asumiría en ella en el futuro.

Una década después, Amartya Sen se incorporó en este debate argumentando que el crecimiento genuino no se determina solo por los ingresos, sino por la capacidad que tienen las personas de vivir bien y con integridad.

Desde esta perspectiva, la pobreza es más que falta de dinero: es una condición de privación material y al mismo tiempo multidimensional que, cuando es un fenómeno estructural y persistente, se convierte en evidencia de injusticia social.

Ramón Nicolás Jiménez Díaz

Economista y profesor

Ramón Nicolás Jiménez Díaz. Doctorado en Negocios Internacionales.. Maestría en Política Económica, con énfasis en Relaciones Internacionales. Maestría en Cumplimiento y Regulación Financiera. Economista, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Profesor Titular y Director de la Escuela de Economía. Facultad de Ciencias Económicas y Sociales – UASD. Conductor del programa de televisión: Retos y Desafíos, día a día con Nicolás Jiménez (Cine Visión Canal 19). Conferencista y consultor en temas de política económica, prevención del crimen financiero, integridad institucional y desarrollo. Áreas de Especialización: Negocios internacionales y comercio exterior. Cumplimiento normativo, gobernanza y prevención del lavado de activos. Macroeconomía aplicada y análisis de políticas públicas. Geoeconomía, riesgos globales y relaciones internacionales. rnjimenezdiaz55@Gmail.com

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