Porque: «Árbol que nace torcido,  jamás su rama endereza». 

«La educación no cambia el mundo;
cambia a las personas que van a
cambiar el mundo».
—Paulo Freire

Vuelvo a estas reflexiones movido por la añoranza de una vida más sencilla: esa armonía que la naturaleza parece enseñarnos y que nosotros, por el contrario, convertimos en torbellino. En esa contradicción nace la pregunta que guía este escrito: ¿cómo puede una sociedad aprender la ternura, la convivencia y la decencia cuando reproduce, desde la infancia, la violencia que pretende superar? 

Nos preguntamos cómo alguien puede aprender a ser cariñoso, amigable, sutil o incluso romántico y tierno, si desde que nace, solo conoce la pescozada como respuesta a cualquier hecho fútil. ¿Cómo puede aprender decencia quien se desarrolla entre maldiciones y malas palabras, sin una persona que, por sus modales y su manera digna de vivir, le sirva de referente? 

Resulta difícil comprender la ternura cuando se ha crecido entre la agresividad, la aspereza y la brutalidad. En comunidades donde esas conductas llegan a normalizarse, pedir cuidado personal, limpieza del entorno o convivencia respetuosa sin ofrecer antes ejemplos, educación y condiciones dignas equivale a exigir un aprendizaje que nunca se facilitó. 

En muchos hogares, la función educativa de la familia se ha debilitado y ha cedido terreno a entornos física y éticamente degradados. El menor puede crecer rodeado de ruido excesivo, consumo habitual de alcohol, lenguaje agresivo y modelos de autoridad asociados con la violencia. Cuando esas escenas se vuelven cotidianas y no existe un referente alternativo, terminan enseñando —con más fuerza que cualquier discurso— qué conductas parecen normales y aceptables. 

En un entorno así, la pregunta no es qué «categoría» de ciudadano surgirá, sino qué oportunidades reales tendrá una persona para aprender formas distintas de convivencia y qué responsabilidad asumirá la sociedad para ofrecérselas. 

Esta situación nos mantiene, como sociedad, en una torre de Babel donde convergen múltiples formas de desorden y abuso. Una juventud carente de referentes puede seguir a quien le ofrezca pertenencia o dirección, incluso cuando la conduzca al desfiladero. Se ha atribuido a Nietzsche la idea de que muchos prefieren seguir al rebaño porque pensar por sí mismos exige valentía; habría que añadir que también exige educación. Sin embargo, esa educación se vuelve cada día más difícil de alcanzar cuando quienes están llamados a enseñar arrastran carencias semejantes a las del medio en que se formaron. 

La repetición de estas conductas no termina en el hogar ni en el barrio. Cuando quienes se forman en esos entornos ingresan en instituciones que carecen de mecanismos sólidos de educación, supervisión y rendición de cuentas, las mismas prácticas pueden reproducirse bajo una autoridad formal. 

Pienso, y así lo expreso, que este problema se ha extendido como un cáncer metastásico por numerosos organismos del Estado, como lo es la relación maestros semianalfabetas enseñando en las escuelas lo que no conocen. En el ámbito político, la postergación de reformas permite que las deficiencias se acumulen. La Policía Nacional ofrece un ejemplo visible: con frecuencia, la prioridad parece ser evitar la realidad que consume a la institución en lugar de afrontarla. El clientelismo político ha contribuido a mantenerla saturada de teorías y programas que benefician más a sus creadores que al organismo llamado a aplicarlos. 

En este organismo se percibe con especial fuerza la ausencia de formación social, pues muchos de sus integrantes provienen de entornos donde escasearon los referentes de convivencia y urbanidad. La obtención de un título profesional no basta para superar esas carencias si no está acompañada de lectura, pensamiento crítico y una educación ética sostenida. Por eso, cualquier reforma institucional será insuficiente mientras se acumulen teorías sin transformar la formación humana de quienes deben llevarlas a la práctica. ¡Así nomás! ¡Sí señor!

Rafael R. Ramírez Ferreira

General retirado

Mayor General ® E. N. Nacido en Sto Dgo, D.N., Estado civil: Soltero Tres Hijos: Ramfis Rafael; Rissel y Ramsés Funciones desempeñadas: Director General de entrenamiento; Director del J-2, Inteligencia de las FF.AA; Rector del Instituto Especializado de estudios superiores; Presidencia de la Comisión Permanente de Reforma de las FF.AA. Presidente de la Junta de Retiro, FF.AA Vice-ministro de las FF.AA. Inspector General de las FF.A.A Presidente del Consejo Académico Superior de Educación Presidente de la Dirección Nacional de Drogas (DNCD) En la actualidad Asesor Sobre operaciones y estrategia.

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