Derribamos muros sin aprender a construir mediaciones.

La llamada “vieja ética” no debe leerse como un simple catálogo de virtudes perdidas ni como un ideal moral al que convendría regresar. Fue, ante todo, un dispositivo histórico de reducción de complejidad, una forma cultural de hacer habitable el mundo cuando la incertidumbre amenazaba con disolverlo todo.

No era verdadera en sentido metafísico, ni justa en sentido pleno, sino más bien funcional. Mediante el dogma, la jerarquía y la sanción, ofrecía al sujeto una estructura externa que organizaba la vida antes de que tuviera que hacerlo por sí mismo. El límite no se elegía, se heredaba y esa herencia —asfixiante, a menudo injusta— cumplía una función psíquica fundamental: anclar la identidad.

La vieja ética operaba, así como refugio y no liberaba, pero sí protegía; no emancipaba, pero contenía. Permitía habitar el mundo sin tener que producir sentido a cada instante, sin convertir la existencia en una tarea infinita.

El colapso de esos grandes relatos —religiosos, patriarcales, ideológicos— no nos condujo, como se prometía, a una libertad serena. Nos condujo a una intemperie estructural para la que no desarrollamos mediaciones suficientes.

El refugio. Ética y reducción de la complejidad

Desde la perspectiva de los sistemas complejos, la vieja ética funcionaba como un atractor de estabilidad. Al establecer binarios rígidos —lo correcto y lo incorrecto, lo permitido y lo prohibido— la cultura filtraba la entropía del entorno. Reducía la carga decisional que un individuo debía procesar para mantenerse psíquicamente funcional.

El sujeto no necesitaba inventarse cada día y sabía quién era porque también sabía qué no podía ser. Esa claridad tenía un costo humano alto, pero ofrecía continuidad simbólica. La vida no se experimentaba como una pregunta permanente, sino como un trayecto prefigurado.

La intemperie o cuando la libertad se vuelve patógena

Con la disolución de esas estructuras, el sujeto contemporáneo quedó expuesto a lo que podríamos llamar, sin exageración, una psicopatología de la intemperie. La desaparición de normas externas fuertes no produjo individuos más libres, sino individuos más exigidos.

La carga del sentido se desplazó por completo hacia el yo. Cada sujeto debe decidir quién es, qué vale, qué merece, qué justifica su existencia. Así, ya no sufrimos por desobedecer a un Otro trascendente, sino por no estar a la altura de nosotros mismos.

La libertad, sin mediaciones simbólicas, deja de ser apertura y se convierte en presión constante. El yo se transforma en proyecto permanente, juez implacable y escenario de evaluación continua. Las patologías dominantes de nuestra época —ansiedad por rendimiento, agotamiento crónico, vacío existencial— no son fallas individuales, sino síntomas de un sistema que exige autonomía sin estructura.

No es la libertad lo que enferma, sino la libertad sin amortiguadores.

Hacia una ética de la membrana

El análisis contemporáneo es claro y se reafirma en la idea de que no es posible, ni deseable, reconstruir los muros del pasado. La vieja ética era un sistema cerrado y, como tal, estaba condenada a la rigidez. Pero la alternativa no puede ser la exposición total al vacío.

El desafío ético de nuestro tiempo consiste en transitar de una ética de paredes a una ética de membranas.

Una membrana no clausura más bien regula porque es flexible, porosa, selectiva y permite el intercambio sin disolución, no impone dogmas universales, pero tampoco abandona al sujeto a la intemperie absoluta e introduce mediaciones allí donde hoy solo hay exigencia directa.

Una ética de la membrana no se funda en el miedo al castigo ni en la nostalgia del orden perdido, sino en la comprensión de la interdependencia y en saber que cada decisión se inscribe en redes de efectos que nos exceden.

La responsabilidad sin andamios

La crisis contemporánea no es una crisis de valores, sino de estructura ética. Hemos desmontado los andamios heredados sin haber construido aún formas maduras de sostén y caminamos sin mapas, pero seguimos necesitando orientación.

Tal vez el destino de nuestra época no sea restaurar los viejos templos de la moral, sino aprender a habitar el desierto con responsabilidad. Comprender que la verdadera libertad no consiste en la ausencia de límites, sino en la capacidad ética de elegirlos para que el mundo —y los otros— no se vuelvan inhabitable.

En la intemperie no hay refugios previos, pero todavía es posible construir membranas y en ese gesto —frágil, consciente, situado— se juega quizá la forma más exigente y más humana de la ética.

Pedro Ramírez Slaibe

Médico

Dr. Pedro Ramírez Slaibe Médico Especialista en Medicina Familiar y en Gerencia de Servicios de Salud, docente, consultor en salud y seguridad social y en evaluación de tecnologías sanitarias.

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