En tiempos no muy remotos, el Barcelona FC se ufanaba de que su camiseta estaba exenta de publicidad. Más tarde, en un desplante solidario, anunció las siglas de la UNICEF. Supongo que lo hacía sin recibir nada a cambio, aunque no dejaba de ser un tanto arrogante: Mírenos, mientras otros promueven sitios de apuestas, nosotros apostamos por la infancia. Ahora, desde hace un par de años, exhiben un circulo enorme en el centro de la camiseta, que a su vez, contiene tres rayas como ondas: el distintivo de una plataforma de música.
Para colmo de males, de tan grande, la mentada imagen opaca el escudo del equipo, que debería de ser lo más sobresaliente de la casaca. En efecto, la Cruz de San Jordi por un lado y las barras rojas y amarillas por el otro, que aluden a Cataluña y en general el resto, pasan desapercibidos ante las ondas que transmiten melodías y diversión.
En un ejercicio absurdo, imaginemos a un alien aterrizar en la Ciudad Condal para ver un partido, ¿qué le resultaría más difícil, descubrir cómo se juega el futbol o distinguir el emblema barcelonés del logo del patrocinador? Es sabido que patear una pelota no es cosa del otro mundo, pero adivinar el nombre de un equipo, a partir de lo que vemos en su uniforme, podría volverse un acertijo.
Es más, al legendario Camp Nou, llamado así desde los años cincuenta, le han puesto el apellido de dicha aplicación. No obstante, ¿habrá alguien que use este nuevo apelativo? No imagino a Carles Ferrer, aficionado de hueso blaugrana en este diálogo: «Madre que me voy ya pa´l Spoty. Vale hijo, abrígate y que haya suerte». Acaso, lo único factible sería su despedida: «iVisca Barca, collons!», con los brazos alzados. Una forma de anticipar el festejo de los goles que gritará más tarde.
Ahora bien, si en algún lugar el ingenio está al servicio del lucro es en Estados Unidos, donde nació esta moda de bautizar campos con nombres de pizza, coches, bancos o lo que sea, que se ha expandido por todos lados. Otro ejemplo sería el del Atlético de Madrid, cuya casa por años se llamó Vicente Calderón, en recuerdo a uno de sus directivos históricos (¡gracias Wikipedia!), pero desde que estrenaron estadio –uno de los más modernos de Europa–, éste ha tenido distintas denominaciones y hoy se llama como una compañía de aviación.
¿Será por eso qué cuando la directiva del club tuvo que renovar el estadio, no encontró mejor solución que agregarle un apéndice ocioso al Nou Camp? Supongo que la aplicación aludida fue la que propuso mejores condiciones; esto es, más dinerito.
En fin, otras ligas de menos renombre, como la mexicana, exhiben obscenamente tanta marca que parecen ronchas de sarampión, pues aparecen no sólo en el frente de la camiseta, sino también en mangas y espalda. Cualquier espacio es bueno para promocionarse; en especial, el musculoso trasero del futbolista, me imagino que afirman dueños, directivos, publicistas…
Si el fútbol es fuente de emociones, como apunta Galeano, pocos testigos tan privilegiados como el Nou Camp, que ha visto la magia de futbolistas inolvidables: Kubala, Cruyff, Maradona, Ronaldinho, Iniesta, Messi, Yamal… Emoción que no se explica sin poder ni fama, continúa el uruguayo. En efecto, a este poderío económico con tal de hacerse visible, no le importa manchar la gloria de la camiseta del Barca ni los recuerdos de su cancha. Sin embargo, en un lugar perdido, casi invisible, en los dorsales de la casaca, podemos leer: «UNHCR/ACNUR», un guiño a la oficina de la ONU que ayuda a los refugiados…
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